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la estación fantasma

27 febrero 2005

El horror, el horror...


Fred y Rose, como castañuelas

Anunciamos hace unos días la publicación de la fastuosa portada final de Cyberdark.net antes del cierre (snif). Portada que alberga, entre otros, la última de las tres listas de fundamentales, la dedicada al terror. El caso es que, cuando Nacho, (santo varón, coordinador, corrector y "manipulador extremo" de los artículos que regularmente aparecían en Cyberdark) me pidió que eligiera una novela fundamental para iniciarse en el género, una de las primeras que se me vino a la cabeza fue "El adversario" de Emanuel Carrére, la estremecedora novela-documento criminal sobre la inverosímil pero real historia de Jean-Claude Romand, un hombre que consiguió durante un largo período de su vida mantener la ficción de ser quien que no era (todo su entorno pensaba que trabajaba como médico en la OMS cuando ni siquiera había acabado la carrera, mantenía a su acomodada familia a base de sangrar a sus propios padres). Y cuando todo su tinglado montado a base de mentiras, frío cálculo, sablazos a diestro y siniestro y tremenda cobardía disfrazada de victimismo amenazaba derrumbarse, no vislumbró otra salida que asesinar a su mujer y dos hijos. A grandes males, remedios absurdos.


Pensé en incluir dicha novela porque su lectura me había llevado a un estado de desasosiego y mal rollo angustioso como no había disfrutado/sufrido con otra novela de terror moderna. No por lo morboso y real del caso, sino por el estilo empleado por Carrere para hacer verosímil esta increíble historia. Acertado híbrido de subjetividad novelesca y objetivismo periodístico, la novela destaca en los terrenos clásicos del género de terror; el pánico existencial reflejado en actos terribles que no parecen albergar lógica alguna salvo la reprimida extrañeza casi alienígena que habita en el interior de nuestros cerebros,la minuciosa reconstrucción del enloquecido personaje central y las inolvidables imágenes, como cuando Romand pasaba las horas en las que supuestamente trabajaba en su oficina de Ginebra en el interior de su coche estacionado en aparcamientos desolados y vacíos, absorto en su espacio interior. Ofreciéndonos de paso un acertado análisis de la hipocresía moral y el deterioro de la vida en la sociedad occidental moerna. En fin, la vida supera al arte, y el arte necesita de un nuevo lenguaje para ponerse a la altura de la vida. O, como en este caso, de la muerte, el terror y la oscuridad final.

Al final preferimos escoger para la lista "La Cámara Sangrienta" de Ángela Carter, que también daba para mucho lucimiento y de quien hablaremos otro día, porque proponer la novela de Carrére para inciarse al género sólo se le ocurre al que asó la manteca. Pero seguí dándole vueltas al concepto de terror moderno, ¿tenían sentido ahora mismo las exageradas fantasías gore, los engendros de otro mundo, las historias de glamourosos psicópatas?, ¿dan miedo o son ya como las caducas historias de fantasmas?, ¿es este estilo empleado por Carrere el nuevo modelo para una novela de terror del siglo XXI?. Como rayo divino directamente enviado hasta mi cabezón me vino la respuesta a estas importantes cuestiones al toparme en la biblioteca con otro ejemplo de novela-reportaje sobre criminales, esta vez de la venerable tradición británica de asesinos en serie, la brutal "Felices como asesinos" de Gordon Burn. Y de nuevo reviví aquella sensación asfixiante, de terrible suciedad y opresión vivida con "El adversario". Y además brillantemente resuelta, creando un universo propio, malsano, artístico, como en las mejores novelas de terror.


Al igual que "El adversario" la novela que nos ocupa es heredera del clásico "A sangre fría" de Capote. "Felices como asesinos" es el crudo relato literario-periodístico que examina con doloroso detalle las vidas del matrimonio formado por Fred y Rose West que asesinaron, violaron, torturaron, descuartizaron y enterraron a varias mujeres (incluida su propia hija) en los sótanos de su casa de Gloucester. Dos personajes desquiciados cuya enfermiza existencia seguía un horroroso ritual de perversiones sexuales de todo tipo, incesto, secuestros y violaciones, abusos infantiles, snuff movies, aleatorias y constantes explosiones de violencia irracional, estado de terror hogareño y bricolaje obsesivo.

A pesar del exahustivo análisis de la psique de Fred y Rose, Burn es incapaz de encontrar un motivo coherente para el creciente catálogo de atrocidades que va desgranando poco a poco, como si los West fueran anomalías escupidas por otra dimensión donde reinara una lógica atroz según la cual las personas serían meros objetos para el placer de uno, no más importantes que las herramientas a las que Fred profesaba un afecto casi fetichista. Así que, periodista pero también literato, Burn escoje la confusión y el caos, la fragmentación temporal y espacial, el intercambio de la voz narradora, (a veces el propio autor, a veces Fred, a veces otro personaje) como monólogos integrados en el texto, rompiendo a golpes la estructura de los hechos y acabando por convertir la lectura en una experiencia estremecedora y casi alucinatoria. Los lectores vamos recorriendo la secuencia de acontecimientos como si siguiéramos las circunvoluciones de una sangrienta marca dactilar, acompañados por un ritmo obsesivo marcado por frases cortas y secas, como el incansable martillear de las herramientas de Fred al construir y construir en su casa contínuas ampliaciones para ocultar los cadáveres; el reflejo arquitectónico y miserable de su repugnante mundo interior. No se me podrá olvidar jamás la imagen de un Fred medio sonámbulo, vagando por los subterráneos del manicomio de cuyo mantenimiento se ocupaba, como un alucinado minotauro vagando por el laberinto sombrío de su propio subconsciente.

Y como toda buena novela de terror, debajo del espanto palpita la cruda realidad, el descarnado retrato del mundo rural y el lumpen británico, la decadencia y caos de las grandes urbes cuyo anonimato da alas a todo tipo de perversiones criminales que no importan a nadie mientras trabajes, tengas hijos, una casa y mantengas una apariencia de normalidad. Y cuando al fin la terrible verdad se revela ante nosotros el resto no hacemos otra cosa que mirar, no podemos dejar de mirar.

24 febrero 2005

L´Alpha Art


Niñoooooooo, ¿ande has metío la escaleraaaa?

Pues sí, para acabar de espantarles admitiré que en La estación gusta mucho el arte, entendiendo como arte eso que se exhibe en los museos y salas de exposición y distinguible de lo que no lo es porque lleva un cartelito debajo o al lado. Me produce placer estético, me hace pensar e imaginar, me divierte, me cabrea y hasta me da mucha risa. Así que no puedo evitar recomendarles las obras del dúo suizo Peter Fischli y David Weiss incluidas en la exposición Comtemporánea de la Fundación Juan March en la calle Castelló 77 de Madrid.

Impagable es la obra "Como funcionan las cosas" una filmación de uno de esos mecanismos de reacción en cadena tipo "tiro del cordel, dispara el dardo, explota el globo, baja la pelotita, golpea la pieza de dominó y saltan las tostadas" llevado al extremo. Trabajando con materiales de desecho, estos dos pajeros, pitagorines del bricolaje de vertedero (me los imagino con sus primeros experimentos infantiles, pobres madres), se curran un mecanismo como el antes narrado pero que dura nada menos que media hora. Absolutamente hipnótico y no exento de sentido del humor, no tengo ni idea de lo que quiere comunicarnos, pero es tremendamente divertido de ver y hasta arranca un par de carcajadas.

Asimismo son recomendables los otros dos montajes de la pareja. En "Sin título" (qué obvio) se expone una instalación de doce televisores proyectando grabaciones robadas a la vida cotidiana, desde el entretenido proceso de cotillear cómo se cocina en un restaurante a contemplar un plácido gato dormitando o el relajante panorama de los suburbios industriales de una ciudad suiza vista desde el tren. La obra incluye un dispensador de agua y sillas para comodidad del visitante. Y en "Canal-Vídeo", se proyecta el viaje de una cámara automatizada por un estrecho túnel del alcantarillado, eterno como estar perdido en una cinta de Moebius pero con un puntillo terrorífico.

El resto de la exposición tiene sus cosas buenas, malas, incomprensibles y hasta ridículas, pero eso se lo dejo a su exquisito criterio.

Ah, y es gratis, hasta el 4 de abril. Así que ya tienen una excusa cultural para salir a pasear al sol y tomar un café mientras leen el periódico, que es lo que realmente tiene importancia un domingo por la mañana.

23 febrero 2005

Cuentos de hadas


El ídolo

Una de las influencias decisivas en la (de)formación de quien les escribe es Oscar Wilde, el referente literario de cualquiera que aspire a ser fino y cool pero en un nivel más de mid-culture que plenamente elitista. Sin embargo, no fueron sus agudos aforismos, ni las obras de teatro, ni la Balada de Reading, ni las pintas que gastaba, ni su condición de icono mártir gay, ni nada de lo que le hizo famoso lo que me marcó. Lo que más contribuyó a convertirme en un renglón torcido fueron sus cuentos de hadas, aquellas emotivas historias tremendamente malrollistas, de gran carga emocional e incluso religiosa, el reverso frágil y delicadamente irlandés de un tipo siempre deseoso de mostrarse brillante, ávido de éxito, dinero, fama y lujo y que parecía no tomarse nada demasiado en serio. En concreto, mi primer contacto con Wilde fueron dos pases televisivos de las adaptaciones animadas de "El gigante egoísta" y "El príncipe feliz", de cuya visión creo que todavía no me he recuperado, dos narraciones de una tristeza infinita y un dramatismo exacerbado que no creo nadie supere.

Posteriormente, releyendo en mi ya lejana adolescencia la completa edición Austral de los cuentos del ídolo (que les recomiendo ya mismo), me reencontré con unos hermosos relatos maravillosamente escritos, que no esquivaban las preocupaciones sociales o la ironía. Y de un juguetón y delicioso sentido del humor como en las maravillosas "El fantasma de Canterville o una de mis favoritas, "El crimen de Lord Arthur Savile".

Así que cuando se publicó en España el primer volumen de las adaptaciones de los cuentos de Wilde por P.Craig Russell, fue una noticia estupenda. Por aquella época Russell era un dibujante que me encantaba tras el impacto que supuso para mí su majestuosa adaptación de "La ciudad de los sueños" de Michael Moorcock. Influenciado por los prerrafaelitas, el Art Noveau en general y Aubrey Beardsley en particular, era un dibujante imaginativo de trazo y entintado exquisitos, logrando preciosas composiciones de viñeta y página, no exentas de fuerza. Además de ser un narrador fluido y original. Aunque las adaptaciones de óperas que se estaban publicando por aquella época no me estaban gustando demasiado precisamente; empezaba a detestar su abuso del modelo fotografico y cierta obsesión por ser tan delicado, tan bonito y tan "artístico" que caía en lo relamido en ocasiones. Preciosismo que se convertía en ramplonería en sus trabajos más alimenticios (el "Hot House" para el Batman Legends, por poner un ejemplo). Y lo peor de todo; el esplendoroso mullet con bigotón a lo descargador de muelles ucranio o trabajador del metal alemán que lucía en las fotos, cosa que hizo tambalearse los cimientos de mis más firmes convicciones estéticas.

Pero vale de desvaríos. Aquel primer volumen contenía dos deliciosas adaptaciones;"El gigante egoísta" y "El niño estrella", con un Russell más libre y menos mazacote de lo que solía acostumbrar en sus òperas (salvando la maravillosa "Salomé" sobre libreto de, vaya, Wilde, originalmente ilustrado por, vaya, Beardsley). En esta ocasión empleaba un estilo más suelto y juguetón sin dejar de ser preciosista, estilo que le venía al pelo a los cuentos de Wilde aún siendo éstos narraciones extremadamente malrollistas como comentamos antes. Un enfoque escogido quizá porque la obra era un proyecto enfocado al público no habitual del tebeo, ya se dice en contraportada con mucha ilusión: "What better way than beautiful comic art to get kids excited about reading!", que podríamos traducir como "intente meterles algo de aprecio a la lectura en el cabezón de las bestias pardas de sus hijos con este libro de simpáticos dibujitos". Me imagino yo a un par de niños que conozco si les regalara esto..., excitarse se iban a excitar un rato largo.


Pero en fin, parece que en USA la cosa coló y apareció un segundo volumen con la adaptación de uno de mis favoritos; "El joven rey". Relato paradigmático de uno de los temas recurrentes en los cuentos wildeanos; el de los jóvenes más o menos irresponsables que traban conocimiento del dolor, el sufrimiento y la muerte y como este hecho cambia sus vidas. La adaptación resulta un pequeño tropezón donde, por momentos, se confunde decadentismo con kitsch (esos colores informáticos chillones, esos corazones atravesaos o esos angelotes, ¡angelotes, por dios!). Pero se impone la habilidad narrativa de Russell que esquiva el habitual síndrome "corta y pega" tan extendido en las adaptaciones literarias a historieta, evitando que los textos abarroten las viñetas entorpeciendo la narración y logrando que el tebeo no sea un "Narraciones Ilustradas", sino una historieta por derecho propio (incluso se permite el lujo de prescindir del texto de apoyo y el diálogo en secuencias enteras brillantemente resueltas). Porque uno de los méritos más sobresalientes de Russell, por encima incluso de sus habilidades como dibujante, son sus virtudes como narrador, que habitualmente quedan ocultas por la pirotecnia. No es en absoluto una adaptación defenestrable pero sí algo desaprovechada y quizá por ello doblemente frustrante. En "El famoso cohete" aparece más caricaturesco que nunca, aunque es, quizá, mi cuento menos preferido de Wilde.


En el tercer volumen encontramos la adaptación de "El cumpleaños de la infanta", uno de los cuentos más tristes y desoladores de toda la colección, la historia de un enano deforme e inocente que se enamora de una infanta en la corte española del Siglo de Oro. Y el resultado es una mejora respecto a "El joven rey". De nuevo, quizá por tratarse de un cuento en el que son los niños los protagonistas, Russell vuelve al trazo ligero y la caricatura, empleando hábilmente un estilo más realista cuando es necesario (las secretas y sombrías habitaciones del rey), pero viéndose obligado a echar más mano de los textos de apoyo. En el debe únicamente que la paleta de colores no acaba de convencerme en absoluto (qué le vamos a hacer, a uno el color informático, por muy disimulado que esté como que no...).


Y, finalmente, hace muy poco y casi de casualidad me topé con el cuarto y último tomo hasta ahora de la serie. En él aparecen adaptaciones de "El amigo fiel" y "El ruiseñor y la rosa". Una de cal y otra de arena. Mientras "El amigo fiel" resulta satisfactorio e incide en las constantes de "El gigante egoísta" o "El famoso cohete", seguramente por tratarse de un cuento que imita en estructura a la narración popular y la fábula, en el hermosísimo y amargo "El ruiseñor y la rosa" Russell opta por el modelo fotográfico y un diseño de página más convencional, rayando muchas veces lo cursi. Por no hablar del pixelado evidente en la reproducción de un par de viñetas, cosa que tiene delito en una edición de qualité de una editorial de cierto prestigio (NBM, editores entre otros de multitud de autores europeos en USA: Prado, Juillard, Blain, Trondheim, Mattoti...). Para que luego nos quejemos, esta visto que en todas partes cuecen habas.

21 febrero 2005

¿A que te meto?


Podría ser portada de Mondo Brutto en otro contínuum espacio-tiempo

Acaba de aparecer el nuevo Mondo Brutto Especial Macarra y supongo que todos los habituales del fanzine, que lo leen, hojean o simplemente gustan de llevar visible bajo el brazo, ya se habrán abalanzado sobre su distribuidor favorito y la impactante portada de este nuevo número lucirá coquetamente en su mesita del café como ya lo hace en la mía.

A pesar de afirmarse en la bruttolista que este es el mejor número de toda la historia del fanzine, yo lamento disentir; en mi trastornada opinión se continúa en esa línea de perfil bajo que se viene siguiendo últimamente (brevemente interrumpida por ese destello que fue el sensacional Especial Punk). Continúan los habituales, gloriosos y necesarios artículos sociológicos de sátira humorística marca de la casa que no se pueden leer en ninguna otra parte, como ese extenso y divertidísimo artículo del dúo Galactus/Grace Morales dedicado a un tema tan entrañable y tan nuestro como es el macarreo en todas sus facetas. O el de la violencia de género a cargo de Grace, la única reflexión de entre todo lo que he leído, visto o escuchado sobre el tema que está escrita con inteligencia y metiendo el dedo en la llaga. Asimismo aparecen biografías impagables de figuras ilustres de los setenta/primeros ochenta (época macarra por excelencia) como la de Encan-na Sánchez o el boxeador Dum Dum Rodríguez y entrevistas ya de clamor popular como la realizada al Mariskal Romero. Junto este despliegue encontramos la ración habitual (últimamente) de artículos "de relleno" que ya no leo porque me resultan de poco interés o simplemente fallidos como el dedicado al anime gay "Caballeros del Zodíaco", el del Dr. Zovek, macarras del mundo, Los Barnin, Bill Hicks...

En general lejos de la irrepetible época dorada del fanzine que para mí se encuentra en la docena o así de números a partir del nº 5 (aquel "Los peores grupos de la A a la Z" es una biblia en esta bitácora), que me leía de cabo a rabo y que no tuvo uno, sino varios momentos cumbres; el Especial Movida, el Especial Gay o mi favorito, el Especial Infancia. Etapa que se extendió felizmente hasta el punto de inflexión que supuso el flojísimo Especial Políticamente Incorrecto, sobre todo por lo que prometía el avance y lo mucho que el tema hubiera dado de sí en manos de unos mondosbruttos en plena forma. Especial cuyo tono no me extrañaría que hubiera sido moderado por la propia redacción dado el clima de malestar social que se iba formando alrededor de la Mesa Nacional de MB (los redactores responsables).

Quizá el síntoma más grave de esta situación fuera el desproporcionado pleito interpuesto contra la Redacción por Carlos Galán, dueño de la discográfica independiente Subterfuge, a causa de un artículo de crítica humorística centrado en su persona. Pleito del que finalmente los redactores fueron declarados inocentes pero que tuvo que desgastar lo suyo. A esto se deben sumar enfados con antiguos colaboradores y amigos como el Zurdo o Nacho Canut por absurdos malentendidos o artículos publicados. Y que, en general, el tono crítico del fanzine debía granjear multitud de enemistades y quebraderos de cabeza. Lo que motivó un acertado cambio de dirección, dejando un poco de lado la pulla sarcástica a conocidos personajes del mundillo alternativo, enfilando hacia una línea más "seria" y sólida. Incluso, desde un punto de vista más objetivo y con más criterio que el mío, aún mejor.

A estos problemas habría de añadirse el más importante en mi opinión: la sangría de firmas que han ido desapareciendo de las páginas del fanzine (Musgo Man, David Glamour, Dildo de Congost, y últimamente se echan de menos los artículos de Joe D´Allessandro) siendo sustituidos por un baile de colaboradores que, salvo en contados artículos y excepciones, no me acaban de convencer. Así que acaban llevando el peso los dos fundadores restantes, Grace y Galactus, que por mí podrían escribir todo el fanzine pero tampoco es cuestión. Aunque quizá la razón más importante para mi cansancio sea que me subí en aquel mítico nº 5 y lo bien que me lo pasaba con aquellos números es algo que ningún futuro Mondo Brutto podrá igualar. Imagino que es la misma sensación que tendrán los que se hayan enganchado hace relativamente poco cuando relean esos primerizos números, quizá les parezcan flojos, titubeantes. La puñetera nostalgia es lo que tiene.

Pero a pesar de todo Mondo Brutto sigue siendo una lectura enriquecedora, aguda, divertida y grata, de exquisito buen gusto. Donde se pueden encontrar todavía temas inéditos en cualquier otro medio, tratados desde puntos de vista totalmente alejados de la papilla mediática que insulta continuamente nuestra, ya de por sí, maltrecha inteligencia. Me sigue haciendo ilusión que salga un número nuevo, peregrinando religiosamente a comprarlo en cuanto me entero que ya está a la venta (maniáticamente siempre lo tengo que comprar en Madrid Comics). Y, gustos aparte, el espíritu fanzinero sigue ahí, que es muchísimo más que lo que pueden decir otros. Porque lo más importante es que, después de más de diez años, el fanzine sigue siendo el fin en sí mismo, no un medio para pillar del goloso pastel mediático o de cualquier otro tipo. Y al acabar un número de MB a uno se le queda la inevitable sensación de que cualquier plumilla con dos dedos de frente a lo máximo que debería aspirar es a escribir en Mondo Brutto, ¿que no?.

18 febrero 2005

Sexo, drogas y dragones



A lo tonto a lo tonto llevamos una semanita posteando en La estación y se encontrará usted intranquilo removiéndose ante el ordenador pensando entre bostezos: "pos van ya un mazo posts y venga con la nostalgia y que si se fue a ver una película con la churri y canciones raras y el tío que no recomienda ni un libro, ni un tebeo, ni una miserable hoja parroquial. ¿Y la cultura, qué?, ¿eh?, ¿eh?, ¿¡EH!?". Tranquilo amigo lector, como bitácora con vocación de servicio nos adelantamos a sus inquietudes intelectuales poniéndole aquí en bandeja el primer tochito literario de la temporada. Así que, sabiendo como se las gasta un servidor cuando se pone y se gusta, añada un par de cojines más a su silla de ordenador favorita, aprovisiónese de comida y bebida y hala, a leer.

Michael Swanwick es uno más de los escritores surgidos en la deslumbrante y fugaz explosión cyberpunk que, una vez superado el acné literario, produjo sus mejores obras. Tras un comienzo titubeante con "En la deriva" y la más afianzada "Vacuum Flowers" (su novela más accesible y plenamente cyber, muy deudora del "Schismatrix" de Sterling), abandonó, como casi todos sus compañeros de chip, las coordenadas habituales del movimiento pero portando consigo el espíritu, la parte punk de la palabreja maldita.

Resultado de una admiración rendida por Gene Wolfe y un atracón de las obras del maestro (en especial "La quinta cabeza de Cerbero") fue su siguiente novela, la extraña y embriagadora "Estaciones de la marea", una tremenda empanada mental que a un servidor le tuvo fascinado durante años. A ver sino donde han visto ustedes en la misma novela un protagonista sin nombre que se tira casi todo el libro puesto de hongos (y encima es el narrador de la historia), instrucciones precisas para la práctica del sexo tántrico, un maletín contestón o un rabioso y esotérico avatar de la Madre Tierra, ansiosa de "arrancar pollas a mordiscos" y encadenada por traicionar a la raza humana. Todo ello en un planeta exótico que parece sacado de una novela ambientada en el decadente Sur estadounidense. Son majaderías como ésta las que me recuerdan porqué me gusta la ciencia ficción.

Tras este logro, Swanwick se tomó un tiempecito para componer su siguente novela. Cuidadoso en la elección de temas y ambientes, procurando evitar la reiteración, la emprendió con el fantasy en "The Iron Dragon´s Daughter", una fantasía de actitud punk; la dragonada para acabar con todas las dragonadas.

El dickensiano arranque es sencillo y extremadamente atractivo. Jane es una muchacha humana de doce años que trabaja en una fábrica de dragones de hierro en regimen de esclavitud junto a otros niños de las diversas razas que pueblan las novelas de fantasía. Dragones que vendrían a ser bombarderos de alta tecnología (tecnología mágica, se entiende) empleados en guerras nebulosas y distantes. En dicha fábrica los capataces son trolls y ogros, los enanos currantes y los altos elfos ocupan los puestos ejecutivos y visten trajes italianos. Y todo ambientado en un mundo fantástico donde la ley física imperante es la magia. Pero que no funciona a capricho o a fuerza de invocaciones, se ha de usar la tecnología como interfaz para manejarla; los manuales y programas informáticos son grimorios y los rituales mágicos siguen su particular lógica y se estudian como cualquier otra ciencia en nuestro mundo

Por supuesto el mayor deseo de Jane es escapar. Y claro, lo consigue con la ayuda de un dragón de hierro en estado de semidesguace que establece con ella una especie de unión tele(m)pática. Así, liberados de la esclavitud del trabajo no asalariado, huyen al prometedor mundo de ahí fuera. Y aquí, de nuevo, Swanwick se la juega. Cuando el lector espera el típico relato iniciático-aventurero en plan epopeya épica, enésima variación del "Héroe de las mil caras" o "El emperador de todas las cosas" (elijan ustedes), te llevas un chasco desconcertante que, sin duda, Swanwick había preparado aposta. No, no, aquí no hay exóticas aventuras para escapar de una realidad fea e injusta. En el mundo de Jane el dragón queda dormido y hay que ir al colegio, soportar las puñaladas de la amistad, el primer amor y el primer polvo, las drogas, el absurdo sistema educativo, la alienación y, en general, lo que supone sufrir la angustia juvenil en éste o cualquier otro mundo.

El resultado es como leer una novela de un primerizo Easton Ellis ("Menos que cero" o "Las leyes de la atracción") pero en clave fantástica. Aquí no hay escapismo de ningún tipo, no hay salida posible a la angustia existencial, no puedes perder, ganar, ni siquiera dejar de jugar. Así, asistimos al duro proceso de aprendizaje y maduración de Jane como persona; el colegio, la universidad, la entrada en el lamentable mundo adulto y la constatación de que las cosas no mejoran según pasan los años. Los reveses de la vida van socavando la autoestima de Jane, aumentando su impulso autodestructivo y su odio hasta que la frustración provocada por la rabia reprimida vuelve a surgir cuando el dragón despierta... Para descubrir demasiado tarde que el nihilismo suicida tampoco tiene sentido cuando uno se enfrenta al auténtico libre albedrío; Dios está muy ocupado y la realidad no se rige por ninguna clase de reglas, salvo las que nos autoimponemos. Reglas que no son más que las justificaciones de nuestros propios errores vitales, errores que no queremos ver o reconocer.

Mediante esta inteligente vuelta de tuerca la novela funciona a dos niveles: en uno se cachondea de las novelas de la alta fantasía más escapista ofreciendo generosas raciones de crudo "fantasismo" sucio despojado de glamour élfico (a destacar los métodos anticonceptivos mágicos), mostrando el poso conservador, reaccionario y clasista de la mayoría de ellas. Y situándose paradójicamente más cerca de los cuentos de hadas de toda la vida que de sus herederas; las descafeínadas n-logías de fantasía que tenemos todos en mente. Es hurgar en las raíces para volver con algo nuevo mediante el clásico método back to the basics punk, pero esta vez en el género fantástico.

Y por otro lado, Swanwick saca a la palestra temas de la vida cotidiana evitados en las novelas de fantasía antes mencionadas. Realidades de las que no podemos huir re-contextualizadas en un entorno de fantasía: las diferencias de clase, la pobreza, el poder del dinero, las oligarquías, el control social mediante drogas, religión, sexo, consumo, tecnología. O cuando todo lo anterior falla, la siempre sencilla y eficaz fuerza policial.

En fin, un arriesgado y raro novelón que frustra continuamente las expectativas del lector menos paciente pero que, a mí, para variar, me ha encantado. Estupendamente escrito, se lee en un pispas una vez superado el desconcierto inicial, demostrando que la fantasía más convencional da para muchísimo más que entrenimiento escapista y fugaz si se arriesga uno a navegar por ella sin el piloto automático puesto. Eso sí, negro, muy negro. Y muy poco comercial, por lo que temo no se verá en España a no ser que uno de nuestros intrépidos editores se anime...

17 febrero 2005

Te ríes de aquel verano en que todo era pop


King & Goffin: jóvenes, guapos y con talento. Rematadamente pop.

Suena ahora mismo en el rato de placidez hogareña post-cena y pre-piltra, el disco "Music has the Right to Children" de unos luminarias de la electrónica, Boards of Canada. No ha llegado la tercera canción (¿en la música electrónica de vanguardia se puede decir "canción"?) y estoy deseando quitarlo, es tan monótono como pasear por los pasillos de mi oficina. Y eso que a este disco le atizaron un diez los iluminados del Pitchforkmedia. Esto me pasa por memo; soy como un Paco Martínez Soria musical queriéndose poner al día con el moderneo. En mi descargo sólo puedo alegar que me acabo de meter entre pecho y espalda un tocho gordísimo sobre música electrónica que le "tomé" prestado a mi hermano ("Loops" de varios autores en Reservoir Books. Es que leo cada cosa queeee...). Y los hiperbólicos adjetivos dedicados a los artistas que salen ahí han sido como anzuelos para mi curiosidad, que cuando se suelta tiene mucho, mucho peligro. Los sinuosos y pre-punkarras experimentos de Neu!, los ritmos alienígenas de Aphex Twin o la geometría melódica de Autechre se pueden oír, pero me temo que, en general, no estoy entendiendo nada. Desgraciadamente, en esto de la música me tengo que reconocer conservador, a mí lo que me gustan son las canciones. De pop.

Lo cual me viene de perlas para poner por las nubes la que seguramente fue la mejor canción del año pasado y que se ha convertido en una pequeña y agradable adicción como el café, internet o el queso feta en ensalada; el glorioso single "You are the generation that bought more shoes and you get what you deserve" (gracias a dios que existe el copypaste) del dúo británico Johnny Boy Enorme canción que comienza robando el inicio a "Be my baby" de las Ronettes y continúa como si el mismísimo Phil Spector se hubiera dedicado a la canción protesta punk con la historia de una muchacha sola y alienada, ahogada entre la multitud consumista. El efecto producido es como de flotar sobre el barrio, Madrid y el mundo rodeado por un coro de oompa-loompas. Un efecto sólo comparable a ese momento de realización absoluta, como de haber alcanzado el nirvana, que se siente tras haber arrasado con una tarrina entera de helado de chocolate.

Y cuando acaba te despiertas de nuevo donde estabas antes de ser transportado a un lugar mejor, sonriente y feliz, deseoso de escuchar esa canción una y otra vez, no importa nada más. Porque "You are..." demuestra que teníamos razón todo este tiempo, que la verdad y el sentido de la vida se encuentra en una canción de Jerry Goffin y Carole King, en un éxito de la Motown, en Gershwin, Porter y Berlin, en la voz diminuta de Joao Gilberto. En las canciones que tarareas cuando paseas por el Madrid de los Austrias con la novia. En la maravillosa intrascendencia pop. Pa-pa-raaaaa!

15 febrero 2005

Viajando dirección Iglesia miras por la ventana


Ejemplo típico de piso madrileño en alquiler: semiamueblado, interior luminoso, muy bien comunicado.

Cuando era muy pequeño y nos mudamos de la buhardilla del barrio de las letras de Madrid a un piso de Alcobendas en el extrarradio nos convertimos en habituales de la línea 1 del metro. Era la que cogíamos para ir al centro o a visitar a mi abuelo que aún habitaba otra buhardilla en la calle Amor de Dios donde nosotros habíamos vivido hasta entonces.

Subíamos en Plaza de Castilla y mi madre entretenía el trayecto enumerándome las estaciones que tendríamos que recorrer hasta Antón Martín: Valdeacederas, Tetuán, Estrecho, Cuatro Caminos..., yo sólo era capaz de memorizar hasta ahí. Y cuando el tren salía lentamente desde Iglesia dirección Bilbao, mi madre me avisaba:

-¡Asómate, mira!, ¡la estación fantasma!

Entonces yo aplastaba la nariz contra la ventanilla del vagón, haciendo sombra con las manos manteniendo los ojos bien abiertos no fuera a perderme algo, mientras pasaba el andén desierto a toda velocidad. Recuerdo que todavía se veían los marcos de los carteles ennegrecidos, los baldosines sucios que recubrían las paredes, los bancos, la cabina, el familiar rombo emblemático del Metro de Madrid que envolvía el nombre de la estación; Chamberí. Era mágico, un lugar fuera del tiempo, que ofrecía millones de posibilidades a mi imaginación, ¿habría gente allí?, ¿qué se escondería en los pasillos?. Otro mito más que afianzaba mi obsesión por el metro, y que venía a añadirse a otras preguntas que me rondaban la cabeza; ¿dónde acababa el metro?, ¿y dónde guardaban las locomotoras?. ¿A qué lugares secretos darían aquellos huecos que se abrían en algunos túneles y que dejaban entrever la luz del día?, ¿que habría más allá?. Era fascinante, la de veces que habré soñado con el metro, para mí era un lugar lleno del sentido de la maravilla. De lo cual se deduce que la infancia es un lugar peligroso donde toman forman nuestras obsesiones.

A medida que iban pasando los años la fisonomía de la estación fantasma iba cambiado; los carteles y los baldosines iban desapareciendo víctima del vandalismo, o cubiertas con cemento. A veces parecía que la utilizaban como almacén; hierros, andamios, sacos, un generador de gasoil que creo se tiró años allí, se convirtió en refugio de vagabundos, aparecieron las pintadas... Cuando iba en metro con los amigos y más tarde con la novia siempre les daba la paliza con la dichosa estación; "miramiramiramiraaaa". Y ejercía el mismo hechizo sobre todos, la extraña atracción que producen los lugares abandonados. Como si supiéramos que allí hubo gente que iba y venía con sus cosas igual que nosotros ahora, intentando vislumbrar sus fantasmas, anticipando lo que seríamos nosotros en el futuro.

Más adelante me fui dando cuenta del estatus "de culto" del que gozaba la estación. No pude evitar la sonrisa cómplice al escuchar la fantástica y terrorífica versión de "La estación fantasma" de Los Coyotes a cargo de Intronautas; Lovecraft y el metro de Madrid felizmente unidos a ritmo de psychobilly castizo. O su aparición estelar e inverosímil como refugio de inmigrantes en "Barrio" de Fernando León. Incluso recuerdo una novela policíaca ambientada en el metro de Madrid durante la transición en la que un psicópata fascista comete diversos asesinatos al amparo de la red de metro en la cual la estación tenía cierto protagonismo. Lamentablemente la perdí, olvidé el título y autor y quizá la memoria me traicione y no tenga nada que ver.

Finalmente conocí la historia de la estación en un reportaje de El País Semanal y otro de Telemadrid, cuando se especulaba con construir un museo del metro allí. Las fotografías del lugar eran hipnóticas, submarinas, como bucear en el tiempo pasado conservado en el aire estancado y polvoriento de un sepulcro egipcio. La estación de Chamberí se abandonó por lo poco rentable que resultaba dada su situación entre Iglesia y Bilbao, demasiado cerca de ambas. Así que en 1966 simplemente se cerró y se tapió la boca del metro. Con que abajo quedaron como el último día las taquillas, tornos, carteles, papeleras y hasta cuadernos con últimas anotaciones. Todo se abandonó allí por lo que yo supongo fue una mezcla de negligencia, tristeza, fatalidad y dejadez tan españolas; ¿para qué recoger?, total si pa´l caso...

Ahora no sé que pasará con la estación fantasma, hace tiempo que no viajo dirección Iglesia o Bilbao. En un Madrid cada día más inhóspito, faraónico, especulativo y absurdo, me temo que no se hará nada para recuperarla. Así que seguirá en un rincón de mi memoria para siempre, un recuerdo deformado e inexacto, como un símbolo del tiempo de la infancia en el que todo parece nuevo, mágico y misterioso.

14 febrero 2005

My funny Valentine



Escuché por primera vez esta canción una noche de insomnio ante la tele hace muchos años, en la maravillosa animación de Oliver Harrison que cerraba el último capítulo de Liquid TV a modo de despedida. Y nunca se ha desprendido de mí, como si fuera un aroma cálido, agradable y familiar. Hoy es un día tan bueno como otro cualquiera para escucharla de nuevo (esta vez en la voz de Jula de Palma). Y dedicarla, claro.

Amore baciami
1947, C.A.Rossi - G.Testoni.

Amore baciami, baciami, baciami
e forte stringimi, stringimi, stringimi.
Mi piace star racchiuso in te nel tuo tepor...
Sento allor
che tremi un po',
ti batte forte il cuor.
Amore guardami, guardami, guardami,
quegli occhi dicono languidi: "Sì"
Ma baciami, stringimi, non farmi più parlar.
Son troppo innamorato di te...

La última portada



Gracias a la enorme currada que se han pegado Nacho, yarhel, kenset, Sisko, dgonzalod y todos los responsables de la página en general, acaba de salir la nueva y última actualización de la portada de Cyberdark (snif, snif) antes del cierre, con la esperadísima lista de los veinticinco fundamentales de terror y misterio, en mi opinión la más equilibrada de las tres (las anteriores se dedicaron a la ciencia-ficción y fantasía). A ver si esta vez nos llevamos menos ostias...

Se incluye también un estupendo artículo de Julián Díez dedicado a los ensayos sobre ci-fi aparecidos en castellano, ya publicado en el Gigamesh pero ampliado para la ocasión. Además de toneladas de interesantes reseñas que gracias al empeño y esfuerzo de los anteriormente mencionados han podido ver la luz un par de semanas antes del cierre: "Los increíbles", "Muerto hasta el anochecer", "American Apocalypse", "El libro de los hombres lobo", "La clave del laberinto", "La invasión divina", "Fabricantes de sueños 2004" y "Milenio negro", borroncete de este mismo que les escribe sobre la última novela del ídolo, James Ballard. Y, finalmente, un bonito escrito de blackonion como despedida de la página; "Desde el amor y el dolor: pasado, presente y futuro de cYbErDaRk.NeT". Emocionante artículo para todos los que estuvimos allí. En fin, broche de oro para una página que marcará un antes y un después en el fandom español, el mejor ejemplo del nuevo rol de internet en la relación entre los lectores y su afición.

13 febrero 2005

7:35 de la mañana


Un café con leche y un croissant. De ida y vuelta.

Ése es el título del musical trágicorromántico castizo dirigido por Nacho Vigalondo y candidato al Óscar de este año en el apartado de cortometrajes. A mí me ha encantado, todos los tímidos que en el mundo somos nos identificamos con su protagonista. A ver quien no se ha sentido como una bolsa de confetti estallando cuando, tras haberte tirado días y días ensayando mentalmente, eres incapaz de decirle nada a ella. Además que el fascinante mundo de las cafeterías madrileñas me pierde. Pueden verla en la página de su director, Nacho Vigalondo, aquí. Una página que, por lo demás, está requetebien (atención a la coña sobre "Uzumaki").

Y esto me ha recordado que mañana a las 7.35 paso por la cafetería Narcea, camino del autobús de la empresa. Siempre me dan unas ganas terribles de entrar a desayunar y compartir ojeras con los currantes que allí paran. Y sobre todo, lo que me gustaría es que el tiempo se parase en el rato que dura esa ración de cuatro churros mientras al amanecer brilla Venus como un lunar sobre los labios de la calle Cartagena.

12 febrero 2005

La memoria del comepecados



Sabedor de mi mala sombra escogiendo película, aproveché el día del espectador para arrastrar a mi sufrida novia a la proyección del film canadiense "Memoria de los muertos" de Omar Naim, atraído por un argumento que me recordaba al grandioso relato "Aprendiendo a ser yo" de Greg Egan. Que debe ser uno de los mejores cuentos que he leído sobre lo que significa ser humano y el peso de los recuerdos tienen en nuestro concepto de identidad, en lo que nos define como individuos.

En fin, que desbarro. "Memoria..." es una cinta que está pasando con discrección por la cartelera después de la presentación en Sitges; no en vano la vimos en una sala absolutamente vacía, que es una cosa así comodísima pero un poco de mal rollo. Con que, preveyendo la segura presencia de algún cinéfilo psicópata agazapado entre las butacas que no pudiera evitar la tentación de rebanarnos el pescuezo, nos trasladamos a la última fila, repanchingados y con el cuello a salvo.

"Memoria de los muertos" ("The Final Cut" en el original) cuenta la historia de Alan Hackman, el más reputado de los montadores de películas Zoe, grabaciones extraídas de un implante cerebral (normalmente regalo paterno) que registra toda la vida del sufrido implantado. Digo sufrido porque que te pongan un implante de estos es una putada como la copa de un pino, imagínense estar actuando continuamente por miedo al que dirán las veinticuatro horas del día, como si viviéramos eternamente en Gran Hermano, una reunión familiar en casa de los suegros, la puta oficina o publicando un blog mismamente. Qué estrés, joder... Ejem. Dicha grabación es modificada por el montador, eliminando los momentos "impublicables" y dejando como resultado una película hagiográfica para la familia del finado, blanda y sensiblona, como el vídeo del bautizo o la boda, el tipo de cosas que le hacen a uno después de muerto (por el amor de Dios, espero que a mi entierro no vaya nadie).

Alan es un hombre triste, socavado por la dura tarea de contemplar miles de actos despreciables en las grabaciones que manipula, una especie de apestado social despreciado porque conoce todos nuestros secretos. Obsesionado y atormentado por el sentimiento de culpabilidad provocado por un acontecimiento de su infancia, Alan es incapaz de llevar una vida propia. Lo que le convierte en una persona ideal para editar vidas ajenas; contemplando y devorando las bajezas de los demás, perdonándolas para que el muerto realice el tránsito al otro mundo con el alma limpia. La intriga se desata cuando Alan recibe el encargo de realizar la edición de la película final de un importante cargo de Eye Tech, empresa creadora del implante Zoe.

El filme resultante es un modesto y pausado drama de ciencia ficción sin estridencias ni fuegos de artificio, muy lejos de aparatosidades estruendosas como "Yo, robot". Una cinta en la que, como ocurre en la buena ciencia ficción, prima la reflexión, en este caso sobre la naturaleza y privacidad de los recuerdos, la exactitud o no de éstos y como los deformamos para justificar las decisiones tomadas a lo largo de nuestra existencia, incluso si esas decisiones han llegado a arruinar nuestra vida.

Situada visualmente en el sendero recorrido por el clasicismo de M. Night Shyamaladindon, es una película que se deja ver y probablemente gustará a los que disfrutaron de "Gattaca", por ejemplo. Mención especial para un Robin Williams que ya lleva unas cuantas películas de actor "serio" y contenido (sus buenas sesiones de electroshock le habrán costado) en un proceso semejante al sufrido por Jim Carrey y abundando en la odiosa idea según la cual un actor de comedia no es reconocido como bueno hasta que no se tira al menos dos películas poniendo cara de pena. Aunque está incluso bien sigue siendo esclavo de los tics; su método interpretativo podría condensarse en "ahora pon cara de mucho sufrimiento", "ahora pon cara de intensa vida interior", "ahora pon cara de que te están retorciendo el escroto".

En el debe se pueden apuntar ciertas casualidades hábilmente situadas para hacer avanzar la trama, y un leve efecto de aburrimiento general por lo moroso del ritmo, que acabó provocándome cierto desinterés por lo que se estaba contando. Pero en fin, dénle una oportunidad en DVD de alquiler, al menos se arriesga e intenta ser algo diferente. Y si les apasiona perdónenme, ya se irán dando cuenta de que soy un cascarrabias al que no le gusta ninguna película.

10 febrero 2005

Omnia vanitas


Échale la culpa a Cyberdark
Sí, todos lo sabemos, lo último que internet necesita es otra bitácora donde un desconocido les cuente lo que lee, escucha, piensa o digiere. A mí también me parecía absurdo y sin embargo aquí estoy, ansioso de pintar la mona. Contradicciones. Total, sólo somos 34 millones, uno más no se va a notar. Háganse con un sitio cómodo y bienvenidos.