<body><script type="text/javascript"> function setAttributeOnload(object, attribute, val) { if(window.addEventListener) { window.addEventListener('load', function(){ object[attribute] = val; }, false); } else { window.attachEvent('onload', function(){ object[attribute] = val; }); } } </script> <div id="navbar-iframe-container"></div> <script type="text/javascript" src="https://apis.google.com/js/plusone.js"></script> <script type="text/javascript"> gapi.load("gapi.iframes:gapi.iframes.style.bubble", function() { if (gapi.iframes && gapi.iframes.getContext) { gapi.iframes.getContext().openChild({ url: 'https://www.blogger.com/navbar.g?targetBlogID\x3d10751976\x26blogName\x3dla+estaci%C3%B3n+fantasma\x26publishMode\x3dPUBLISH_MODE_BLOGSPOT\x26navbarType\x3dBLACK\x26layoutType\x3dCLASSIC\x26searchRoot\x3dhttps://estacionfantasma.blogspot.com/search\x26blogLocale\x3des\x26v\x3d2\x26homepageUrl\x3dhttp://estacionfantasma.blogspot.com/\x26vt\x3d-7853745699398551358', where: document.getElementById("navbar-iframe-container"), id: "navbar-iframe" }); } }); </script>

la estación fantasma

23 febrero 2005

Cuentos de hadas


El ídolo

Una de las influencias decisivas en la (de)formación de quien les escribe es Oscar Wilde, el referente literario de cualquiera que aspire a ser fino y cool pero en un nivel más de mid-culture que plenamente elitista. Sin embargo, no fueron sus agudos aforismos, ni las obras de teatro, ni la Balada de Reading, ni las pintas que gastaba, ni su condición de icono mártir gay, ni nada de lo que le hizo famoso lo que me marcó. Lo que más contribuyó a convertirme en un renglón torcido fueron sus cuentos de hadas, aquellas emotivas historias tremendamente malrollistas, de gran carga emocional e incluso religiosa, el reverso frágil y delicadamente irlandés de un tipo siempre deseoso de mostrarse brillante, ávido de éxito, dinero, fama y lujo y que parecía no tomarse nada demasiado en serio. En concreto, mi primer contacto con Wilde fueron dos pases televisivos de las adaptaciones animadas de "El gigante egoísta" y "El príncipe feliz", de cuya visión creo que todavía no me he recuperado, dos narraciones de una tristeza infinita y un dramatismo exacerbado que no creo nadie supere.

Posteriormente, releyendo en mi ya lejana adolescencia la completa edición Austral de los cuentos del ídolo (que les recomiendo ya mismo), me reencontré con unos hermosos relatos maravillosamente escritos, que no esquivaban las preocupaciones sociales o la ironía. Y de un juguetón y delicioso sentido del humor como en las maravillosas "El fantasma de Canterville o una de mis favoritas, "El crimen de Lord Arthur Savile".

Así que cuando se publicó en España el primer volumen de las adaptaciones de los cuentos de Wilde por P.Craig Russell, fue una noticia estupenda. Por aquella época Russell era un dibujante que me encantaba tras el impacto que supuso para mí su majestuosa adaptación de "La ciudad de los sueños" de Michael Moorcock. Influenciado por los prerrafaelitas, el Art Noveau en general y Aubrey Beardsley en particular, era un dibujante imaginativo de trazo y entintado exquisitos, logrando preciosas composiciones de viñeta y página, no exentas de fuerza. Además de ser un narrador fluido y original. Aunque las adaptaciones de óperas que se estaban publicando por aquella época no me estaban gustando demasiado precisamente; empezaba a detestar su abuso del modelo fotografico y cierta obsesión por ser tan delicado, tan bonito y tan "artístico" que caía en lo relamido en ocasiones. Preciosismo que se convertía en ramplonería en sus trabajos más alimenticios (el "Hot House" para el Batman Legends, por poner un ejemplo). Y lo peor de todo; el esplendoroso mullet con bigotón a lo descargador de muelles ucranio o trabajador del metal alemán que lucía en las fotos, cosa que hizo tambalearse los cimientos de mis más firmes convicciones estéticas.

Pero vale de desvaríos. Aquel primer volumen contenía dos deliciosas adaptaciones;"El gigante egoísta" y "El niño estrella", con un Russell más libre y menos mazacote de lo que solía acostumbrar en sus òperas (salvando la maravillosa "Salomé" sobre libreto de, vaya, Wilde, originalmente ilustrado por, vaya, Beardsley). En esta ocasión empleaba un estilo más suelto y juguetón sin dejar de ser preciosista, estilo que le venía al pelo a los cuentos de Wilde aún siendo éstos narraciones extremadamente malrollistas como comentamos antes. Un enfoque escogido quizá porque la obra era un proyecto enfocado al público no habitual del tebeo, ya se dice en contraportada con mucha ilusión: "What better way than beautiful comic art to get kids excited about reading!", que podríamos traducir como "intente meterles algo de aprecio a la lectura en el cabezón de las bestias pardas de sus hijos con este libro de simpáticos dibujitos". Me imagino yo a un par de niños que conozco si les regalara esto..., excitarse se iban a excitar un rato largo.


Pero en fin, parece que en USA la cosa coló y apareció un segundo volumen con la adaptación de uno de mis favoritos; "El joven rey". Relato paradigmático de uno de los temas recurrentes en los cuentos wildeanos; el de los jóvenes más o menos irresponsables que traban conocimiento del dolor, el sufrimiento y la muerte y como este hecho cambia sus vidas. La adaptación resulta un pequeño tropezón donde, por momentos, se confunde decadentismo con kitsch (esos colores informáticos chillones, esos corazones atravesaos o esos angelotes, ¡angelotes, por dios!). Pero se impone la habilidad narrativa de Russell que esquiva el habitual síndrome "corta y pega" tan extendido en las adaptaciones literarias a historieta, evitando que los textos abarroten las viñetas entorpeciendo la narración y logrando que el tebeo no sea un "Narraciones Ilustradas", sino una historieta por derecho propio (incluso se permite el lujo de prescindir del texto de apoyo y el diálogo en secuencias enteras brillantemente resueltas). Porque uno de los méritos más sobresalientes de Russell, por encima incluso de sus habilidades como dibujante, son sus virtudes como narrador, que habitualmente quedan ocultas por la pirotecnia. No es en absoluto una adaptación defenestrable pero sí algo desaprovechada y quizá por ello doblemente frustrante. En "El famoso cohete" aparece más caricaturesco que nunca, aunque es, quizá, mi cuento menos preferido de Wilde.


En el tercer volumen encontramos la adaptación de "El cumpleaños de la infanta", uno de los cuentos más tristes y desoladores de toda la colección, la historia de un enano deforme e inocente que se enamora de una infanta en la corte española del Siglo de Oro. Y el resultado es una mejora respecto a "El joven rey". De nuevo, quizá por tratarse de un cuento en el que son los niños los protagonistas, Russell vuelve al trazo ligero y la caricatura, empleando hábilmente un estilo más realista cuando es necesario (las secretas y sombrías habitaciones del rey), pero viéndose obligado a echar más mano de los textos de apoyo. En el debe únicamente que la paleta de colores no acaba de convencerme en absoluto (qué le vamos a hacer, a uno el color informático, por muy disimulado que esté como que no...).


Y, finalmente, hace muy poco y casi de casualidad me topé con el cuarto y último tomo hasta ahora de la serie. En él aparecen adaptaciones de "El amigo fiel" y "El ruiseñor y la rosa". Una de cal y otra de arena. Mientras "El amigo fiel" resulta satisfactorio e incide en las constantes de "El gigante egoísta" o "El famoso cohete", seguramente por tratarse de un cuento que imita en estructura a la narración popular y la fábula, en el hermosísimo y amargo "El ruiseñor y la rosa" Russell opta por el modelo fotográfico y un diseño de página más convencional, rayando muchas veces lo cursi. Por no hablar del pixelado evidente en la reproducción de un par de viñetas, cosa que tiene delito en una edición de qualité de una editorial de cierto prestigio (NBM, editores entre otros de multitud de autores europeos en USA: Prado, Juillard, Blain, Trondheim, Mattoti...). Para que luego nos quejemos, esta visto que en todas partes cuecen habas.