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la estación fantasma

16 octubre 2006

Es usted un méme (musical)

Me veo reclamado del interior de mi caverna, donde se está calentito y cómodo y nunca pasa nada hasta que viene un méme y te saca de la cama. ¿Qué coño es un méme?, se preguntará usted, recio caballero castellano a carta cabal y ajeno a mariconás modernas. Pues un méme es una idea vírica que va circulando por nuestra sociedad de la información, ahí como una mosca cojonera, impregnando nuestras débiles mentes con opiniones ajenas que acaban cristalizando en "verdades establecidas". Vamos, una pijada que emboba a los más impresionables con frases del tipo "ahhhh, la información, que funciona como un ser vivo" y moñadas de esas que le molan a Punset. Pero lo de los mémes no deja de ser una cosa tan vieja como adoptar una serie de valores u opiniones ajenas para ahorrarse el esfuerzo de pensar por uno mismo pero en moderno y como meta-científico. Seguro que a usted le ha pasado que ha leído en una crítica literaria u opinión forera algo parecido a esto: "es todo estilo sin sustancia, vacuidad posmoderna" y luego, al cabo de los meses, eso de "vacuidad posmoderna" lo ha visto en diez blogs diferentes y se lo ha escuchado repetir como papagayos al compañero de la oficina, al conductor del autobús, a su novia, a su madre, al repartidor del pan y al trastornado que llama a los programas nocturnos, a cuenta de cualquier libro que se le pueda pasar por la cabeza, desde la Biblia hasta el Calendario Zaragozano.

En el mundo bloguero un méme es una cosa muy útil para rellenar esos días en los que a uno no le ha pasado nada que merezca contarse (casi todos) o esos en los que no le han mandado un link cachondo o un vídeo del tútubo para poner en el blog. Se trata de una serie de preguntas más o menos ingeniosas que hay que responder también con más o menos ingenio, según pueda el cacumen de cada uno. Luego, de ahí la semejanza con el dichoso méme, hay que citar a otros blogs para que continúen la cadena (si quieren claro), para que el méme se extienda como si de una gonorrea se tratase.

En este caso sigo el méme porque Nacho me lo pide y si lo pide Nacho uno escucha y obedece como un djinn de las Mil y Una Noches. Y otra razón es porque el tema me mola. Se trata de definirse a uno según las canciones de su grupo favorito, o al menos, ése que le marcó en las acampadas o que sonaba en las ferias cuando embestía a sus semejantes con los coches de choque. Ah, el mundo de la música, tan afín al méme. En fin, ahí vamos.

¿Eres hombre o mujer?

The Last Of The Famous International Playboys

I never wanted to kill
I am not naturally evil
Such things I do
Just to make myself
More attractive to you
Have I failed?


Descríbete

Satan Rejected My Soul

Satan rejected my soul
As low as he goes
He never quite goes this low
He's seen my face around
He knows Heaven doesn't seem
To be my home

¿Qué sienten las personas cerca de ti?

Why Don´t You Find Out For Yourself?

Don't rake up my mistakes
I know exactly what they are
And ... what do YOU do ?
Well ... you just SIT THERE
I've been stabbed in the back
So many many times
I don't have any skin
But that's just the way it goes


¿Cómo te sientes?

Maladjusted

When the gulf between
All the things I need
And the things I receive
Is an ancient ocean
Wide, wild, lost, uncrossed
Still I maintain there's nothing
Wrong with you
You do all that you do
Because it's all you can do

¿Cómo describiría su anterior relación sentimental?

Last Night I Dreamt That Somebody Loved Me

Last night I dreamt
That somebody loved me
No hope, no harm
Just another false alarm

Last night I felt
Real arms around me
No hope, no harm
Just another false alarm


Describe tu actual relación con tu novio/a o pretendiente

Whatever Happens, I Love You

Names, secret names
But never in my favour
But when all is said and done
It's you I love

¿Dónde quisieras estar ahora?

There Is A Place In Hell For Me And My Friends

There is a place
Reserved
For me and my friends
And when we go
We all will go
So you see
I'm never alone


¿Cómo eres respecto al amor?

Will Never Marry

I'm writing this to say
In a gentle way
Thank you - but no
I will live my life as I
Will undoubtedly die - Alone

¿Cómo es tu vida?

Everyday Is Like Sunday

Hide on the promenade
Etch a postcard :
"How I Dearly Wish I Was Not Here"
In the seaside town
...that they forgot to bomb
Come, Come, Come - nuclear bomb
Everyday is like Sunday
Everyday is silent and grey

¿Qué pedirías si tuvieras sólo un deseo?

I´d Love To...

I'd love to...
(But only with you
Only with you)


Escribe una cita o frase famosa

"Don't talk to me, no
About people who are "nice"
'Cause I have spent my whole
in ruins
Because of people who are nice"
- Disappointed

Ahora despídete

I Don´t Mind If You Forgive Me

I don't mind
I don't mind if you forget me
Having learned my lesson
I never left an impression on anyone




Por supuesto el escogido es el simpar Mozzer, ídolo absoluto en esta estación, cosa que supongo no dice nada bueno de mí. Personaje que carga con alguno de los clásicos mémes del mundillo de la música pop como ése que afirma que Morrissey sin Johnny Marr -su ex-compañero en los Smiths- no es nada. Imagino que será por la esplendorosa carrera de Marr en solitario. Y ahora tocaría enviar éste méme a cinco compañeros. Pero yo sólo lo voy a hacer a uno, y porque hace tiempo que no le veo por estos mundos internáuticos de dios. Llosef, despierta hombre.

04 julio 2006

Miedo a las cosas normales
















Existe cierta historia secreta del pop español, una melodía apenas perceptible pero firme a pesar de todo, una distorsión hermosa que continua sonando debajo del estruendo de los Cuarenta Principales y la lista del AFYVE. Que florece al margen incluso de las emisoras "minoritarias" que, como Radio 3, comercializan como indie o alternativo esa música española que peor imita las modas de fuera. Es esa luz que nunca se apaga, entre lo sublime y lo esperpéntico, de sutil humor negro que no podría existir en otro lugar que no fuera España, embelesando a unos pocos elegidos, convencidos de haber descubierto un secreto único y reservado sólo para gente cuyos oídos y cerebro funcionan en una distinta longitud de onda. Son los herederos de Augusto Algueró, Jaume Sisa y Chicho Sánchez Ferlosio, y de Vainica Doble sobre todo; Kiki d´aki y el Zurdo, Aventuras de Kirlian, Le Mans e Ibon Errazkin, Carlos Berlanga, Terry IV y Meteoro, Parade, TCR (sin Felipón), Los Caramelos... Y ahora Espanto.

Espanto son Teresa y Luis, un dúo de Logroño últimos vástagos de esta tradición musical oculta. Sabia destilación de todo ese pop español vainiqueño que mezcla en sus canciones retratos de personajes disfuncionales y situaciones cotidianas de masoquismo y hastío existencial visto a través de la óptica cotidianamente absurda y grotesca, dolorosamente cercana y de una poética particular de un Ferreri o un Berlanga o una Calle Mayor. Espanto es la tristeza del oficinista enamorado haciendo el ridículo en la cena de la empresa, un niño berreando en un parque de atracciones vestido de marinerito el día de su comunión, la chica gorda rechazada en los bailes de las verbenas. Son la mosca zumbando durante las tardes de hastío veraniego en el pueblo, algo inquietante, algo que no está del todo bien en un paisaje placentero, en una playa que acabará abarrotándose de gente corriendo en chancletas. Espanto es, finalmente, el grupo español más inteligente, más sutil y más exquisito en referencias, el que hace las canciones más bonitas, como de comedia de Tati, de esas que resuenan en la memoria, que parecen escritas para ti, que aún no habiéndolas escuchado antes parecen la banda sonora de tu vida. En definitiva, son los que más molan. Y molan pero mucho.

Por supuesto en estos modernos tiempos de internet podéis disfrutar de la segunda maqueta de Espanto en el engendro de Rupert Murdoch (hasta que el Espanto ocupe su merecido espacio propio). Cuatro canciones como cuatro soles; Daltonismo o la perplejidad ante el fracaso de quien creyó que lo suyo en la vida sería diferente: quien te iba a decir/que serías así/que lo azul era blanco/lo blanco era negro/lo negro era gris. Miedo a las cosas normales, sobre el pavor cotidiano al mundo y a la gente cercanas, el único miedo cierto y mezquino. Don Juan, la canción de desamor que guarda la mejor definición de esa sutil inquietud que provoca Espanto; el vaso de leche tiene una mosca/tu tiempo se acaba/pasan las modas. Y Mantas, la necesidad de amar en clave de metáfora textil, quién no se ha sentido como una manta de perro muchas veces.

Pueden pedir la maqueta o el fanzine "El optimista" a los propios Espanto en la casilla de optimistaoptimismo@hotmail.com y podrá disfrutar en la comodidad de su hogar de lo que es ya objeto de culto.

16 junio 2006

Museos


Si una cosa tengo que agradecer a mis padres (aparte de minucias como criarme, darme de comer, educarme, soportarme, quitarme la mierda, etc, etc, etc...) fueron esos primeros cuatro años en la buhardilla de Amor de Dios que ahora recuerdo como los más extraños y fantásticos, una época pasada en un mundo no del todo real. Ya saben, esos años de la infancia en que todo es tan nuevo y maravilloso que, con la distancia, parece vivido en algún país imaginario u onírico ya cerrado para siempre.

Lo malo que tenía residir en una callejuela del barrio de Huertas de Madrid era que a ver dónde sacabas al jodío niño a que se desfogase pegando carreras o liándose a cantazos con los otros críos. A veces, en las mañanas de invierno, mi madre me tapaba de pies a cabeza y me sacaba a hacer el cabra por el Retiro. Me gustaban especialmente los vetustos triciclos de ruedas enormes que se podían alquilar allí o ir a ver a los patos en el estanque del Palacio de Cristal y tirarles miguitas. Pero los domingos era otra cosa, los domingos tocaba museo.

Sí, en casa de toda la vida se nos ha llevado a museos. No tengo idea de dónde salía la afición, supongo que mis padres tenían la peregrina idea de que algo de cultura calaría en mi cabezón y el de mis hermanos y al final daría su fruto convirtiéndonos en personas de provecho. Pobrecillos...

El caso es que hubo un museo entre todos los de Madrid que me dejó absolutamente marcado para los restos y que aún hoy marca algunos de mis gustos; el Museo de Ciencias Naturales de Madrid junto a la Castellana. (Inciso, también me encantaba el Museo del Ejército, sobre todo por aquella deslumbrante colección de soldaditos de plomo, pero esto sólo me llevó a jugar compulsivamente a Call of Duty y poco más, ni wargamero, ni nada. Ni siquiera hice la mili...).

Recuerdo perfectamente el primer día que visitamos el Museo. Mi padre me había prometido todo tipo de bichos, que me encantaban; tigres, rinocerontes, cocodrilos, un elefante (mi animal favorito de la época). Y, sobre todo, ¡¡dinosaurios!!, habría dinosaurios en toda su terrible majestad. Como devorador de todo tipo de libros que caían en mis manos sobre los terribles bichos eso era algo que no podía resistir (aclaración, yo era tan cool que les hablo de muchísimos años antes de Parque Jurásico). Así que tan contento, casi ni dormí esa noche pensando en lo que me esperaba.

Cómo explicar el puro asombro nada más entrar..., aquel suelo de madera que crujía, las vitrinas de madera oscura donde se exhibían los animales, evocadoras como cajas de Cornell, bajo aquel techo que me parecía imposiblemente alto y el corredor que rodeaba toda la sala principal. Y los animales, claro. Leones atrapados en el tiempo y el polvo, surgiendo entre la hierba alta y seca, aquel impresionante elefante, la jirafa, los inquietantes chimpancés y gorilas, que parecían fuera de lugar allí, como si hubiera algo malo en disecarlos. Paseaba entre las vitrinas reconociendo a mis animales favoritos; el elefante, los rinocerontes, los leopardos, la majestuosa pantera negra (espera, ¿había una pantera negra?. Yo la recuerdo pero...). con una sensación extraña, acobardado casi ante las miradas de plástico que te dirigían.

Después de los mamíferos pasábamos a la sala de aves, que reconozco no eran lo mío, exceptuando las grandes rapaces que me impresionaban por su enorme tamaño, sobre todo el búho real. Subíamos arriba, donde los reptiles y los peces. Recuerdo que los reptiles estaban expuestos en una galería elevada que recorría toda la sala central de los mamíferos, el hall de entrada. Caminaba con cuidado mirando hacia abajo, con aquellos preocupantes crujidos en la madera, más ocupado con la altura que por los bichos expuestos. Abajo la gente deambulaba entre las vitrinas.

En la sala de los animales marinos la imagen se difumina, la realidad mezclada con una niebla de fantasía y hechos construidos y reconstruidos una y otra vez en la memoria, deformados, embellecidos, terribles; fetos de tiburón en frascos de formol, una manta raya que brillaba como el cuero colgada de una pared enorme, caparazones de tortuga carey en el techo, ¿o quizá el esqueleto de una ballena?. Recuerdo expositores que soñaba abrir, donde estarían clasificadas todas las conchas marinas del mundo, todas las mariposas, todos los escarabajos de caparazones iridiscentes como joyas de otro mundo pulcramente alineadas bajo los cristales, huevos moteados, azules o blancos inmaculados, ordenados por tamaños y colores entre pedazos de papel roto en los que aún se podían leer anotaciones a carboncillo...

Y al fin, pasando a otro pabellón llegaron los dinosaurios. La réplica de un alargado y pequeño diplodocus de huesos negros que se elevaba sobre mí (intenté tocar uno de los pequeños huesecillos de la cola). Un ictiosauro con una cría en su interior atrapados en la piedra y el tiempo. La cabeza y los maxilares de un mamut que, creo recordar se había encontrado en la sierra de Madrid (me los imaginaba bajando en manadas a pastar en las planicies de Atocha). Y finalmente algo que me fascinó, el esqueleto de un Megaterio americano, una especie de oso perezoso gigante que solía ir a cuatro patas y alcanzaba los tres metros cuando se erguía. A mí me parecía imposiblemente enorme. Lo más fascinante es que se trataba de un fósil que llegó a Madrid a finales del siglo XVIII traído desde Argentina vía Galicia y luego en carreta hasta la capital. Con el tiempo, ya más mayor, me gustaba imaginar el revuelo de maquillajes y pelucas de las personalidades de la época alrededor del gigante en el gabinete de curiosidades de Carlos III, contemplando admirados a uno de los gigantes que poblaban el mundo antes del Diluvio, uno de los bocetos de Dios.

He de reconocer que la sala de dinosaurios me defraudó, es decir, ¡¡¡sólo había esqueletos!!!, ¿¿¿donde estaban los ojillos terribles del Tiranosaurio de los libros que devoraba, la piel rugosa como una pelota de baloncesto, las garras brillantes desgarrando la cresta de un Triceratops, los dientes húmedos de sangre???. Un timo, hombre...

Con el pasar de los años el Museo de Ciencias Naturales se fue convirtiendo en un lugar mítico que yo iba, más o menos, construyendo en alguna parte de mi memoria a base de recuerdos que quizá no eran ciertos pero que eran aún más poderosos, porque el Museo dejaba de ser un lugar real para pasar a ser una creación interior y totalmente mía.

Así que imagínense el chasco cuando hace un par de años me llevo a la novia a verlo un brillante domingo por la mañana como manda la tradición de visitas museísticas (después de meses y meses de darle la paliza con lo impresionante que era el museo y los prodigios que guardaba). Lo que en mi infancia era un atractivo ambiente decimonónico y un pelo decadente, se había trocado por un triste quiero y no puedo, intentando ponerse a la altura de la modernidad museística interactiva. Un espantoso modelo gigante de poliexpán nos daba la bienvenida a una triste exposición multimedia sobre dinosaurios (el elefante de mi infancia arrinconado en una esquina junto a una triste tienda de regalos). La zona marina era ahora un caos apocalíptico de neones azules y amarillos, plásticos, gráficos, pantallitas y auriculares. En el piso superior una exposición sobre plantas con una máquina demencial tan cutre que no hubiera servido de atrezzo ni en un capítulo de Dr. Who. En los sótanos, una especie de pozo de hormigón desde cuyas alturas colgaban multitud de cabezas de grandes ungulados, felinos, morsas y demás feroces bestias que daba un vértigo y un mal rollo considerable. Y, en el centro de ese pozo, intentando evocar los "gabinetes de curiosidades" que dieron origen a los museos de ciencias naturales en el Siglo de las Luces, habían habilitado una emulación del Real Gabinete de Ciencias Naturales de Carlos III, germen del Museo y que, originalmente, estaba expuesto en la Academia de Bellas Artes de San Fernando (era una colección comprada a un naturalista ecuatoriano de Guayaquil). Una vitrina conteniendo una irónica e ingeniosa recreación de Adán y Eva en el Jardín del Edén al estilo de Joseph Cornell creada con parte del fondo de la colección del Museo era el centro de una pequeña recreación de época; huevos clasificados, conchas, pieles, instrumentos científicos, documentos, un carrillón y un par de muebles.

Al menos, en el área de paleontología los fósiles más importantes no han sido movidos aunque sí rodeados de más parafernalia multimedia, qué plaga. Pero allí, al fondo, aún se puede contemplar el gran Megaterio y asombrarse. Y a pesar de que soy consciente de ser injusto con el Museo por mi resistencia a los cambios y la fidelidad que guardo a un recuerdo seguramente falso, no podía evitar volver a sentir la mano de mi padre al contemplar aquellos restos milenarios y, aferrado a aquella sensación, comprendí que recordar era básicamente engañarse, un acto desesperado con el que reorganizar la realidad, darle sentido y encontrar la paz. Pero yo sentía todavía aquella mano, la presencia de mi padre, confortándome. Y al final, eso es lo único que cuenta.

04 junio 2006

Salón del Comic 2006: Lista de la compra

Nacho me convoca con motivo del Sarao del Cómic de Barcelona y yo aparezco, escucho y obedezco, como los djinn de las Mil y Una Noches. Porque soy como los burros, si no me pinchan no produzco.

La cosa es hacer una lista de la compra que no supere los cien euros, por si tienen una calderilla y quieren invertirla en tebeos en vez de telfónicas o metrovacesas. Una pequeña guía para navegar por los procelosos mares de los puestos, las novedades, las tiendas y las listas de los blogs de internet. O mejor, si están parados como yo o viven en un cajón de una céntrica calle de la gran ciudad ganándose la vida mendigando, será una lista de gran utilidad para escoger qué leer en Agosto cuando se vayan a pasar las tardes en los frescos pasillos de la FNAC.

Esta vez en mi lista hay que diferenciar dos cosas, una son los tebeos que recomiendo y otra los tebeos que voy a comprar que no llegan a los cien euros ni de coña. Paradoja muy sencilla de resolver; hay tebeos que ya adquirí en su día en inglés y no voy a volver a comprar ahora. Y segundo, puesto que a partir de agosto me quedo sin subsidio, no tengo trabajo, hay multitud de facturas por pagar y dado el hecho de que tendré que subsistir a base de ahorros hasta que pasado el verano me incorpore al fascinante mundo del telemárketing vendiendo móviles desde un sótano encandenado con otros infelices por setecientos y pico euros/mes, voy a pasar de bastantes novedades que, en otras circunstancias sí compraría.

Por orden de aparición en la utilísima lista del abnegado Álvaro Pons, novedades que compraré con toda probabilidad mediante el tradicional recurso de malvender tebeos viejos para comprar otros nuevos:

Magic Boy, de James Kochalka. 6,95€. Éste si cae, por fin algo del prestigioso Kochalka en castellano, valor del undergraun americano del que he oído hablar mucho pero del que no he tenido el placer de leer nada, así que tampoco voy con muchas expectativas. Pero por un talego que cuesta...

Caricatura, de Daniel Clowes 14€. Uno de mis obligados. A pesar de que lo último que he leído del famoso autor no me ha gustado demasiado y que ser fan de Clowes ya huele un poco a moderno revenido, no voy a poder evitar picar con lo que es su recopilación de historias cortas definitiva. Lo que no acabo de entender son esas ciento y poco páginas por 14 euros cuando el Locas, siendo un tochopáginas cuesta 12. Misterios.

Locas 1, de Jaime Hernández. 12€. Si hiciera una sola compra en el Saló sería ésta. Y seguramente tanto en este volumen como en el siguiente se incluya buena cantidad de material inédito, así que quien ya tenga lo editado por La Cúpula haría bien en agenciarse ésta nueva edición (de portada horrible).

Posyastá. Chupao, treintaypocos leuros en novedades, es mi mejor marca de todos los tiempos. Y ahora, para no hacer más el ridículo, va la lista de tebeos que recomiendo porque ya tengo o que compraría si tuviese trabajo, dinero y esas cosas:

Aritmética ilustrada. Ilustraciones y selección de problemas: Juan Berrio. Pues esto seguro que es una monada de libro, Berrio es uno de mis ilustradores preferidos seleccionando problemas de añejos libros de texto e ilustrándolos con su infalible buen gusto. Pero claro, además es una pijada del catorce, un objeto de lujo más que otra cosa; un libro de aritmética por cuatromilquinientas lúas de nada (cualquier día sale la cartilla o los cuadernos de caligrafía ilustrados por Frazetta a doscientos euros). Así que me conformaré con ver su exposición en el Espacio Sinsen tido de Madrid que es gratis (hasta el 24 de junio, yo me pasaré el 22 o 23, por si alguien quiere invitarme a unas cañas).

STUCK RUBBER BABY (Un mundo de diferencias), de Howard Cruse. Premiadísima obra de temática gay (que uno no sabe si tanto premio es por la calidad intrínseca del tebeo o por lo de la temática de marras) que Dolmen lleva anunciando durante años. Como tiene una pinta políticamente correcta que tira para atrás, y no estoy para historias sensibles, profundas y muy, muy humanas, esta vez creo que paso. Y con lo que cuesta me hago la compra de fruta y verdura de la semana y me sobra para unos cafés.

EX MACHINA 1. ESTADO DE EMERGENCIA, de Brian K. Vaughan y Tony Harris. HÉROE AL CUADRADO 1, de Keith Giffen y J.M. DeMatteis y Joe Abraham. CONCRETE 1. LAS PROFUNDIDADES, de Paul Chadwick. Tres títulos de superhéroes que no son superhéroes con muy buena pinta, de esos que todo el mundo habla para bien pero de los que pasaré porque soy pobre de solemnidad (a un paso de pobre de pedir). Si me pierdo algo, me lo decís y hago un esfuerzo.

STRATOS, de Miguelanxo Prado. Soy muy fan de Prado desde que me deslumbró con "La enciclopedia délfica" (maravilloso tebeo de cf que jamás me cansaré de recomendar). Si pudiera me pillaría "Manuel Montano", e, incluso "Tangencias", que reedita Norma para la ocasión, pero únicamente recomendaré "Stratos", el reverso sucio de "La enciclopedia...", un tebeo muy Toutain, de sólida ciencia ficción social que tanto se llevaba en la época (lagrimita nostálgica). Del resto pueden agenciarse "Manuel Montano", un entretenido ejercicio de noir ejpañol. Pueden pasar de "Tangencias", historias cortas sobre parejas pijas y aburridas, bellamente dibujado pero que, en definitiva, es un rollete a lo cine francés de qualité que da ganas de salir a la calle a liarse a ostias con los novios de la primera boda que encuentren.

VALERIAN, AGENTE ESPACIOTEMPORAL 2, de Christin y Mézières. Las historias de Valerian son maravillosas y esta edición es estupenda, pero dada mi situación económica y que ya tengo varios números de la serie, iré por las tiendas de segunda mano con mi manoseada lista (manchada de café y grasa de churro) de los mejores álbumcitos antiguos e iré completando mi colección poco a poco a base de libritos a cuatro euros. Ni se les ocurra hacer lo mismo, yendo por delante de mí y jorobándome el plan.

Superman: Aventuras 1: ¡Arriba, arriba y fuera!, de Mark Millar, Aluir Amancio y Terry Austin. Un competente tebeo de superhéroes al nivel de las "Aventuras de Batman" con el que comparte miniformato. Escritas por un Millar menos capullete de lo habitual, más en la línea de "Red Son" que de "Ultimates". Correcta actualización de las historias clásicas y sencillas de los tebeos Novaro de mi infancia. El único pero es Aluir Amancio, sospechoso nombre bajo el cual se oculta un dibujante con bochornosa tendencia a insertar banderitas USA de fondo en los momentos más épicos, pero como sigue a rajatabla los patrones cartoon que impuso Bruce Timm en su día, se le soporta. Por cierto, lo de "Arriba, arriba y fuera" como traducción de "Up, Up and Away", es otra razón para darse a la nostalgia Novaro.

El derrotista, de Harvey Pekar y Dean Haspiel. La peli de "American Splendor" me gustó mucho, el tebeo no tanto (y como dice mi novia, "¿para qué voy a leer el tebeo si ya tengo la película?", la sabiduría popular en todo su esplendor). Además tiene el hándicap de que viene muy bien avalado por Álvaro Pons, con lo que seguramente posponga su compra para cuando haya ganado mi primer millón vendiendo móviles.

El Show de Cowboy Wally, de Kyle Baker. Un descojono, se sale, compradlo sin dudar, mucho mejor que el famoso y fallido "Por qué odio Saturno".

KING, de Ho Che Anderson. Gráficamente tiene una pinta majestuosa aunque el tema a tratar no me interese demasiado en un principio (biografía de Martin Luther King). De nuevo la lujosa edición me va a obligar a dejarlo pasar. A ver si desvalijando turistas que vayan vagando en coma etílico por el Húmedo reúno la pasta...

Ah, por supuesto quien no tenga o quiera renovar los cuadernitos de Agujero Negro de Charles Burns, puede aprovechar y comprarse el tomo que también publica la Cúpula.

20 marzo 2006

The Algebraist, de Iain M. Banks



Ya conocéis la sensación de enfrentarse a una saga. O la de coleccionar tebeos. Por muy bonito que te lo pinten, somos una panda de vagos redomados y como una colección ya vaya por el número 26, uno no se sube al carro. Cuando se trata de una saga como La Cultura (que tiene 7 libros que se leen en más tiempo que en todas las sagas de la Patrulla-X de Claremont) ya ni te cuento. Por muy buena que sea, lo tiene un poco crudo para que los lectores se armen de valor y se atrevan con ella. ¡Pero no temáis, queridos amigos de la estación fantasma! El señor Banks tiene la solución: The Algebraist.

Como todo buen punto de partida y libro accesible con una calidad mínima, Banks tira al lector en medio de un océano para que se entere bien de qué va todo esto. El lector poco entrenado se sentirá bastante perdido al comienzo del libro (como cuando juegas tu primera partida de ajedrez, que te barren del mapa mientras perplejo te preguntas cuándo comenzaste a errar), pero es algo que se agradece; la táctica para "educar al lector" que emplea Banks no es explicar todas las reglas, sino aprender jugando: el primer capítulo no es un libro de historia sobre el universo en el que se enmarca The Algebraist, por lo que al principio la sensación de extrañamiento es mayor, es difícil entender lo que está pasando. Por un lado tienes la típica descripción del prota y de sus cosillas; en otra secuencia describe una especie de supervillano de teleserie más feo que pegar a un padre con un calcetín sudado y más malo que una partida de Risk sin dados; poco a poco se introducen las peculiaridades de la sociedad imperante en la galaxia, la Mercatoria; para al final darte un poco de acción y sobre todo, razones para pasar la página.

Así que tienes al protagonista de turno, que esta vez es un tal Fassin Taak, un humano que a pesar de haberse corrido sus juergas terminó haciendo lo que la sociedad esperaba de él, ser una suerte de investigador/documentalista que se encarga de estudiar e interactuar con los Dwellers (los Moradores), una raza de excéntricos alienígenas matusalenes que viven en los gigantes gaseosos perdidos por las galaxias, y que han sobrevivido a todas las demás razas. Ulubis, el sistema en donde vive, tiene uno de los centros de investigación de Moradores más importantes, y Fassin ha conseguido labrarse su fama haciendo un buen trabajo, revolucionando también la manera de llevar a cabo su trabajo.

Por otro lado, el malo malísimo de la historia, al Archimandrite Luseferous (más malo que Lucifer, el Luciferoz este) le encomiendan que se dirija al sistema Ulubis a realizar unos asuntillos (y ya de paso arrasarlo). Pero claro, los pobres habitantes de Ulubis están alejados de la mano de Dios, porque el agujero de gusano que los conectaba con el resto de la civilización se lo cargaron unos desalmados que viven en la periferia, así que lo de pedir ayuda está bastante difícil.

Sin embargo, la Mercatoria (que así se llama la sociedad imperante) ya se ha enterado de lo que está pasando, y va a poner las medidas necesarias para defender Ulubis. Pero claro, toda defensa tiene un precio, ninguna acción es desinteresada, etc. etc. Y lo que quiere la Mercatoria es el acceso a una información secreta que supuestamente tienen los Moradores, la clave para viajar a mayor velocidad que la de la luz sin necesidad de los molestos agujeros de gusano. Y encima la clave está en los estudios que llevaron a la fama a Fassin, así que al pobre del prota le recae ser el elegido de la historia.

Y con esa historia y con una inmensa cantidad de giros argumentales ropias de una maxi-serie de 12 números con cliffhanger al final de cada uno, Banks labra una novela en el que cuenta la historia que le apetecía en ese momento. Fuera de los límites marcados en La Cultura, este universo destaca por la diferencia entre las especies lentas y las rápidas, y la capacidad de desincronizarse con el mundo rápido para sincronizarte con el lento. El modo de ver la vida, el modo de producir historia viene diferenciado por el estilo rápido o lento, y lo que para unos puede suponer el apocalipsis, para otros es una mera trifulca entre mosquitos sin importancia.

También destaca el papel de la Inteligencia Artificial como gran enemigo. La Mercatoria tiene su guerra declarada, y el miedo a las IA de los pueblos adscritos a su modo de vida es similar a cualquier enemigo imaginario al que tenga la guerra declarada los EE UU. Entre Luciferoz y las IAs podría quedar una historia muy maniquea, pero Banks sabe introducir la escala de grises en la propia Mercatoria, su jerarquía y su política, como reflejo de la sociedad neoliberal en la que nos vemos envueltos; Fassin en su juventud vive con esos jóvenes anti-glob... anti-Mercatoria, que se manifiestan en contra de su sistema por sus acciones marginalizadoras de aquellos que deciden vivir apartados, los Beyonders.

Poco a poco, la historia e historias van tomando forma, enredándose y desenredándose una a una, mientras el lector se entretiene con las aventuras de Fassin y el misterio que queda por resolver; es fácil describir a The Algebraist como una novela de aventuras con estructura detectivesca, sobre todo cuando ya queda poco para cerrar el libro y el lector pide a gritos que todo se solucione. Al final, todo el embrollo se resuelve (con muchas explosiones para deleite de los que les guste la acción), todo queda bien atado, y la novela queda cerradita en su justa medida.

Sólo cabe esperar que publiquen esta novela en castellano para que todos aquellos que no se atrevan con la Cultura piquen y prueben qué es lo que pueden encontrar en ese autorazo que es Iain M. Banks. Pero claro, siempre teniendo en vista a la Cultura, obra mayor de Banks. Y mientras los editores se deciden, y para seguir abriendo boca (o cerrarla ya del todo) en xootablog! podréis encontrar otra visión de la novela.


13 marzo 2006

Tebeos que me convirtieron en lo que soy: La Patrulla-X



Sí, la Patrulla-X, nada de X-Men ni anglosajonas mariconás peliculeras. Para mí los X-Men serán toda la vida la Patrulla-X, la creativa solución de ediciones Vértice a un título en principio con tan poco gancho como "Hombres-X". Aunque a mí me gusta imaginar que dicha traducción Vértice es una ironía castiza de la quinta dimensión sobre el título DC que inspiró la Patrulla-X original de Marvel (creación de Stan Lee y Jack Kirby), la extraña Patrulla Condenada.

En mi memoria los primeros recuerdos sobre La Patrulla-X se remontan al grupo original, asociados a un frágil Profesor X y su escuela para Jóvenes Talentos mutantes donde el Cíclope, el Ángel, la Bestia, el Hombre de Hielo y la Chica Maravillosa aprenderían a manejar unos poderes que apenas podrían comprender. Aquellos muchachos uniformados, siempre huyendo del populacho que los odiaba, con esa sempiterna sensación de fracaso o de haber metido la pata en la misión, circunspectos y tristes, incluso con un punto cool, como un grupo indie donostiarra de universitarios tímidos. Aquel misterioso Cíclope que nunca podía enseñarnos sus ojos, serio, distante, agobiado por la responsabilidad de liderar el equipo, incapaz de expresar sus sentimientos a la mujer que amaba y, que para más inri le correspondía. O aquellos pasillos futuristas de la guarida de Lucifer, patrullados monótonamente por Ultra Robots o los maravillosos diseños retro sixties de Steranko para la Ciudad de los Mutantes. Aquellos tebeos que siempre estarán unidos al aséptico estilo del dibujante Werner Roth y a amarillentos volúmenes de Vértice que cambiaba en un kiosco cuando iba a La Adrada de vacaciones. La Patrulla era el tebeo, por encima de Spiderman, 4 Fantásticos o Vengadores que más me atraía, el más misterioso y más extraño de entender para mí. O quizá el secreto de aquel misterio era únicamente que siempre tenían poquísimos ejemplares de una colección que era la que más costaba encontrar. Lo que la convertía en un difícil rompecabezas que uno recomponía como buenamente podía poniendo mucho de mi propia imaginación. Pero daba igual, con tal de que la historia "acabara" y no continuara en otro tebeo imposible de encontrar, que nunca leería. Que fácil es localizar los traumas de un coleccionista de tebeos, ¿verdad?.

Pasaron los años y perdí contacto con la Patrulla. A veces, mi padre me traía de Mieres, donde estuvo trabajando una temporada, más tomitos de Vértice que encontraba en una tienda de segunda mano; la maravillosa historia en la que el Capitán América y Cráneo Rojo intercambian cuerpos (mente limpia, mente limpia), del robot Archie, alguno suelto del Hombre de Hierro (contra el Guardián). Pasaremos de puntillas por la época Marvel-Bruguera hasta que, mi padre, de nuevo, apareció por casa con el número 1 de Spiderman edición Fórum que aún conservo en algún rincón del armario de la habitación en casa de mis padres. Ese tebeo marcó el principio de mi carrerón como coleccionista y lector de tebeos como Dios manda, a partir de entonces guardaría los tebeos en vez de tirarlos cuando ya desbordaban el hueco de la mesita de noche. Ese tebeo es mi atávica moneda Número Uno, como la del Tío Gilito. Después de Spiderman vinieron Daredevil o los 4 Fantásticos que continuaban aquella historia de la Esfinge y Xandar con unos 4F que morían de vejez y que Bruguera nos había dejado colgada en Spiderman (los 4 Fantásticos venían de complemento en el Spiderman de Bruguera, pa que luego os quejéis de Planeta o de Panini...). Era el Año Uno de la nueva edición Marvel en España, aquello sí que fue una Transición del tebeo de superhéroes que marcó mi vida y no la del paripé democrático.

Ahora me permitirán un pequeño inciso. En aquella confusa época, había otra editorial que todo el mundo habrá olvidado ya; Surco, la heredera de Vértice (un recuerdo desde aquí a Rom, Motorista Fantasma y otros tebeos serie B que me salvaron la vida). Durante unas aburridas vacaciones en Jadraque donde mi único entretenimiento era ir a por tebeos, leerlos y copiar los dibujos en un cuaderno, compré el primer número de la Patrulla-X de Surco. Aquello fue una hostia en toda la frente, arrojado al atronador fragor de una batalla descomunal contra Proteo en Escocia. No tenía ni idea de quienes eran aquellos personajes que respondían al viejo y evocador título; un tío ruso de acero, una negra macizorra con el pelo blanco, un bicho azul, la Chica Maravillosa ahora se llamaba Fénix. Por lo menos salía el Cíclope. Y aquel dibujo estaba de puta madre.

Así que de vuelta a Madrid me dediqué a buscar como loco por los quioscos la Patrulla de Surco donde Chris Claremont a los guiones, John Byrne al dibujo y ambos al argumento, enfilaban el tramo final de su legendaria colaboración de la manera más espectacular posible. Grabado a fuego tengo el asalto al club Fuego Infernal con aquella Patrulla derrotada y ese final impactante de Lobezno surgiendo del agua de una alcantarilla, rabioso y desafiante, con aquella mirada que prometía adrenalina, sangre y venganza en satisfactorias cantidades industriales que culminarían en el mítico y seminal Lobezno solo. Y, finalmente, el número 6 de la edición Surco, Fénix Oscura, que nunca pude encontrar. Y se acabó Patrulla-X. Me leí aquellos tebeos cienes y cienes de veces, me cargué hasta las cubiertas. Para que luego digan de la continuidad y blablabla, apenas te enterabas de las referencias de aquellas historias y los disfrutabas que daba gloria, lo que pasa es que el que nace predestinado para leer tebeos se queda así de tarado toda la vida y punto.

Por otro lado, en los correos de las colecciones Fórum, los sufridos y veteranos lectores que andaban más al loro reclamaban la edición de la Inombrable-X como la llamaba Pérez Navarro. Nos arrojaron algunos caramelos en aquellos entrañables Extra Superhéroes; la miniserie de Lobezno de Claremont/Miller y La Patrulla-X vs los Micronautas (plagada de personajes y situaciones que no se verían en la colección madre hasta pasados unos cuantos años, en aquellos tiempos no había tantos escrúpulos). O la fastuosa novela gráfica Dios ama, el hombre mata. Hasta que finalmente Surco cerró el chiringuito y Fórum se hizo con los derechos de la Patrulla y alguna colección más, poniendo las bases de lo que sería luego la más larga edición de tebeos Marvel en España. Así, el tebeo más esperado por los fans apareció como la Segunda Venida de Cristo, el nº1 de la edición Fórum de la Patrulla-X; Segunda génesis se titulaba, con la reedición del anual americano de 1975 que narraba el inició la nueva Patrulla y ya, enlazando con la edición Surco, los últimos episodios dibujados por un Byrne post-muerte de Fénix (cosa que me fastidió enormemente, pensé que no leería aquella Muerte de Fénix nunca jamás).

Así que mi vida tebeística se encauzó y normalizó en una cómoda rutina durante unos cuantos años. Ahora parecerá increíble pero por aquella época ha los tebeos se compraban en quiosco. Sí, salías de casa, un paseíllo de diez minutos y a rebuscar a la caseta de la quiosquera mientras la vieja cabrona te vigilaba con desconfianza, siguiendo con ojo de lechuza cada uno de tus movimientos, la mano crispada sobre el bastón, por si acaso. Tampoco salías de tu moderna tienda favorita cargando con bolsas abarrotadas de álbumes, figuritas, calendarios, cromos y suputamadre después de haberte dejado doscientos créditos de una sentada. No, no, no. Podías gastar los duros arduamente sisados durante la semana si tenías una tarde de suerte y había salido el Spiderman, que era quincenal. Mucha suerte era ya que hubieran salido también los 4 Fantásticos o Thor. Si había sido una semana fructífera en el arte del siseo hasta me permitía un Zona 84. Y lo que ya suponía un acontecimiento era que hubiera salido la Patrulla-X. Y a ver si tenías cojones de preguntarle a la quiosquera-esfinge que si había salido el "Deerdívol". Luego ya irrumpieron en mi vida las tiendas de tebeos que ponían tenderete en el Rastro y el pirado aquel que echaba la bronca a los chavales que compraban Secret Wars en vez de aquella cosa tan rara de Watchmen que tenía el título de lao y con un esmiley en la portada... Pero esa es otra historia.

Y aquí entramos por fin en el meollo de este artículo, que ya iba siendo hora. La cuestión era; ¿por qué me fascinaba tanto la Patrulla-X?. Sin duda el responsable fue su famoso y orondo guionista durante más de veinte años; Chris Claremont. Porque mi momento de mayor adicción no aconteció en la archinombrada etapa Byrne de la que sólo pude disfrutar de su explosiva fase final. Aunque ésta sirvió de enganche, mi devoción casi religiosa por la colección coincidió con su salida, cuando la edición española se hizo regular con Fórum. Quizá el tebeo que marcó un antes y un después en esa adicción fuera Dios ama, el hombre mata epítome de los temas y maneras claremontiananas, la historia que condensa todas las características de su trabajo en la Patrulla y de la que hablaremos un poco más adelante.

Tras haber levantado la colección junto a John Byrne llevándola hasta la cima del tebeo de superhéroes siguiendo las directrices marcadas por Neal Adams durante su etapa en la colección a finales de los sesenta, Claremont se dedicó a potenciar progresivamente el concepto de "mutantes temidos y odiados por un mundo que juraron proteger". Este temita es uno de esos a los que los críticos más vagos les gustaba profundizar cuando no se les ocurría nada mejor que escribir para rellenar un artículo de un par de páginas en sustitución de los correos inventados. Se decía que La Patrulla-X era una parábola de la condición judía u homosexual o la lucha racial por los derechos civiles de los negros norteamericanos en los sesenta, símbolo en fin de las minorías oprimidas. Era tebeo de superhéroes sensible con los marginados, de espíritu internacionalista plagado de personajes extranjeros, lejos de esa imagen de übermensch anglosajón al servicio del bien, la justicia y el modo de vida americano.

Así, Claremont, aprovechando que los poderes mutantes de los protagonistas hacían aparición durante la adolescencia, imprimió un giro inteligentísimo a la colección que ya se venía gestando desde los tiempos de su colaboración con Byrne. Porque la minoría oprimida a la que (nos) hablaba Claremont eran una masa de preadolescentes, postadolescentes, adolescentes eternos e inadaptados en general que comenzaban a sufrir los cambios hormonales; los gafotas, los gordos, los acribillados por el acné, los acomplejados, los que brean a collejas, los que recibían las burlas, los que eran incapaces de dirigirse a una chica. En fin, para qué seguir hurgando en la herida. Lo que Claremont te ofrecía era eso que tú estabas viviendo sublimado por el poder de las metáforas superheróicas. En la Patrulla-X tenías una familia entera de amigos que eran como tú, que sufrían algo parecido a lo que tú sufrías diariamente si eras de uno de esos raros. Hasta tenías a Lobezno, el personaje que era algo así como la personificación de la rabia reprimida del empollón, no me extraña que se convirtiera en el favorito de los fans hasta que acabó convertido en una parodia de sí mismo, como un abuelete cascarrabias repitiendo aquello de "soy el mejor en lo que hago" cada dos por tres. Y chicas, muchas chicas..., las entrañables mujeres Claremont que Carlos Pacheco definió cruelmente como "tíos con tetas", el compañero femenino perfecto del friki. El epítome de este estilo es la mencionada novela gráfica Dios ama, el hombre mata, donde, con una poderosa historia de fanatismo religioso autoritario que persigue y mata a los mutantes al que se opone la rebeldía juvenil, Claremont condensa todo el poderío simbólico de la serie. Además es donde más claramente asoman sus preocupaciones de liberal norteamericano (lo que se entiende como un izquierdista moderado en Europa) al respecto del fanatismo religioso, el respeto a la diferencia, el rechazo de la violencia como medio para lograr los fines y, sobre todo, el derecho a la redención del malo, del enemigo mortal (aquella fue la primera historia en la que Magneto, terrible archivillano del grupo, comenzó su evolución hacia el lado de "los buenos". Evolución que luego se jodería, pero eso es ya otro tema). Recuerdo que en aquella época incluso cosas que leía en la Patrulla se filtraban en mi formación moral y política, opiniones de los personajes sobre la pena de muerte, el racismo, la legitimidad de la lucha armada, las consecuencias de la violencia, el compañerismo, incluso el amor, todas iban forjando mi ideología de aquella preadolescencia, aunque quizá ni me diera cuenta. Formación que con el tiempo desechas, rechazas, o simplemente se diluye en la turbia mezcla de confusión y derrotismo en la que acabas inmerso según pasan los años, pero que entonces me daba una base, un lugar donde empezar.

Así, tras la marcha de Byrne en la lucha final por el poder en la colección, Claremont comenzó a potenciar la aparición de personajes más jóvenes; Kitty Pride o Los Nuevos Mutantes, el equipo junior de la Patrulla... en una inteligente maniobra, enfatizando los aspectos de soap opera juvenil para empollones. La cosa funcionaba perfectamente, al menos en mi caso, la Patrulla-X era una serie que me hablaba únicamente a mí, una experiencia que sólo se puede entender en la soledad absoluta de la habitación-útero adolescente (ejem). Pasaron las épocas y los dibujantes; Dave Cockrum, Paul Smith, John Romita... Y sobre todo aquellos dos épicos y maravillosos Anuales con los Nuevos Mutantes ambientados en Asgard y dibujados por un Arthur Adams en estado de gracia, que vendrían a ser la cumbre de aquella etapa.

Lamentablemente Claremont no logró culminar su culebrón de adolescentes angustiados y rechazados. Así como Spiderman, el otro símbolo por excelencia del empollón eterno, logró contar su historia de niño que se convierte en hombre allá por 1975 para convertirse en una colección sobre un icono que ya no podía evolucionar más, la Patrulla-X nunca logró madurar, acabar de contar su historia, no le fue permitido. Y mira que el pobre Chris lo intentaba; intentó deshacerse del Profesor X, intentó retirar a unos Cíclope y Jean Grey casados, intentó que Lobezno sentara la cabeza dándole una novia japonesa, intentó separar a Tormenta del grupo, mató personajes, introdujo otros más jóvenes para renovar la plantilla (personajes como mínimo discutibles, como olvidar a aquel Gambito o esa Júbilo, ejemplo perfecto de lo que entendía por quinceañera un señor mayor totalmente alejado del mundo juvenil...). Pero todo eran movimientos que no lograban instaurar el cambio definitivo. Antes o después, por presiones de la editorial o el público, de una manera u otra, todo volvía a ser más o menos como antes, las piezas volvían al punto de partida. En definitiva el mandamiento del tebeo de superhéroes de toda la vida; todo cambia para que todo siga igual. Como puntilla llegó la moda de los tebeos "serios", "realistas" y "adultos", de tipos duros, que curiosamente estaban influenciados, entre otros, por aquel Lobezno solo, hay que ver. Claremont copiaba todo lo que se movía (hasta el humor de la JLA de Giffen/Matteis/Maguire en aquel mediocre Excalibur) y a partir de la oscura saga de La Masacre Mutante se produjo un cambio quizá más en mí que en la colección y notaba a los personajes ajenos, cansados, no eran los de siempre. Además comenzaban a proliferar las colecciones derivadas que me compraba por completismo, porque apenas me atraían, ni me decían gran cosa, ni aportaban nada más que exprimir más el éxito de la colección madre; el ya cansino Lobezno, o los viejos personajes de la primera Patrulla reciclados en Factor-X. Sin embargo seguía disfrutando aún de Los Nuevos Mutantes de Louise Simonson y Brett Blevins, reciclando el concepto central claremontiano en tono de cuento maligno para niños, oscuro y de mal rollo (recuerdo las explosiones de violencia brutal en aquella historia de Cabeza de Chorlito que remedaba la Isla del Dr. Moreau de Wells, o lo fatal y ominoso que era todo en el regreso a Asgard) reforzado por el sensacional y expresivo, casi expresionista, dibujo de Blevins.. Hasta que la llegada del nuevo orden de Liefeld acabó con todo aquello.

A principios de los noventa el mercado no tuvo piedad con el impulsor de la colección más exitosa de Marvel y, finalmente, Claremont tuvo que dejar a sus amadas criaturas en las incapaces manos de Jim Lee y sus amigotes. Un intento de renovar una colección para un público más joven que reclamaba otra cosa, pero que se sentía claramente agotada. Una colección sobre personajes que ya veías viejos, cansados, de cartón piedra, en unos tebeos que ya no tenían nada que ver conmigo. Ya había dejado de comprar la colección durante La Caída de los Mutantes y el posterior traslado a Australia. Image se alzaba en el horizonte como un ominoso Juggernaut y a mí me apetecía leer otras cosas. Mi padre continuó comprando la Patrulla-X (y derivados) contra viento y marea, tragando carros y carretas ante mi burla e incomprensión y yo la hojeaba de vez en cuando en los tiempos de Jim Lee/Whilce Portaccio. Recuerdo que cuando la colección madre se dividió en dos para explotar aún más a la criatura era ya incapaz de leerme un tebeo entero de mi colección favorita de antaño, harto de aquel retorcer hasta el límite y más allá ideas y argumentos ya gastados, de tanto tipo duro, de tanto cruce de colecciones y megasagas anuales, de aquel retorno de personajes de la primera época que resultaban totalmente anacrónicos y absurdos, negándoles su derecho a madurar, de aquellos ridículos diálogos completamente autoparódicos en unas historias plagadas de poses y pin-ups. Llegó un momento en que no lo pude soportar, hasta me daba vergüenza ajena. Era como cuando abandonas la adolescencia y te ves desde la experiencia, dándote cuenta de todas las tonterías que has llegado a cometer, de todas las baratijas que te han cegado durante esos años. He de reconocer que cuando releía aquellos tebeos de la infancia lo hacía con resentimiento incluso, arrugando la nariz ante los excesos verborreicos de Claremont, los evidentes y en ocasiones toscos mecanismos de la serie. Con cierta sensación de vergüenza, acabé por aborrecer la Patrulla, me parecía la encarnación de lo peor de un tebeo de superhéroes. Pero, a pesar de todo, aquí saldo mi deuda, porque hubo una época en que, para mí, la Patrulla-X era lo mejor del mundo y ya he crecido lo suficiente como para reconocerlo. Además, ya puestos a confesarlo todo, me di cuenta de que me había hecho mayor leyendo un tebeo de la Patrulla, en vez de con la primera borrachera, el primer porro o el primer polvo, hay que joerse. Y eso ya es mucho.

20 febrero 2006

Rudy Rucker, amo del espacio y el tiempo

For the first time I really let myself imagine the kind of world that Harry might design. The guy had no respect for the ordinary human things that make life worth living. Weirdness was all he cared about -- weirdness and sex and plenty to drink.
Master of Space and Time, Rudy Rucker

Leo en Con C de Arte, el blog de tebeos de Pepo Pérez, una noticia cuando menos sorprendente; Daniel Clowes el modernísimo autor de historietas que desde hace tiempo ha llamado la atención del mundo real (su último álbum, Ice Haven, será publicado en España por una editorial del calibre de Mondadori, por fin un desecho de la cultura pop alcanzará el Paraíso del mercado y la literatura seria) escribirá el guión para la nueva película del también modernísimo cineasta ex-videoclipero Michael Gondry (Olvídate de mí), basada en, y aquí viene lo más alucinante de todo, Master of Space and Time de Rudy Rucker. Así que el batallón de modernos estará intrigadísimo por lo que pueden hacer Gondry y Clowes juntos, pero a mí lo que me tiene alucinado es lo que puede salir de todo un Daniel Clowes adaptando una de las novelas más delirantes y más mejores (y ya es decir) de Rucker.

Porque Master of Space and Time (1984) vendría a ser algo así como el cuento de los tres deseos re-escrito en clave de comedia frenética por un Lewis Carroll puesto de ácido dispuesto a revelarnos el secreto del universo y resolver una cuestión filosófica básica; ¿por qué hay algo en lugar de nada?. Como decirles... En la página dos, Joe, un inventor-científico-programador caído en desgracia, entra en su coche al salir del curro y en el volante le espera la figura diminuta de Harry, un antiguo socio que le visita desde el futuro. En la veinte se ven perseguidos por un lagarto gigante. En la cuarenta y tantos los dos socios se fabrican una máquina capaz de incrementar la constante de Planck (cuyo funcionamiento descubrieron en un sueño) con la que realizar todos sus deseos durante una hora. En la sesenta viajan a una realidad alternativa donde el alter ego del protagonista es un cerebro gigante cuyos hijitos-cerebro van por ahí esclavizando a la gente chupándoles la médula espinal. En la ochenta está en marcha una invasión de la Tierra por los cerebros éstos, que resulta que son alérgicos al alcohol (y de verdad, que tiene su lógica). Así que todo el mundo, para evitar convertirse en un esclavo de minicerebros de otra dimensión, va bolinga por ahí. Mientras tanto Joe y su mujer van por Nueva Jersey acabando con el hambre repartiendo semillas de arbustos de chuletas de cerdo y buñuelos fritos... Y no les cuento más pero les aseguro que al final todo encaja con la perfección orgánica de un huevo en uno de los finales más maravillosos que he leído, un juego metaliterario, metafísico y metadetodo de altura. Pues eso, que no hay por donde cogerla. Así que imagínense esto en manos del tipo que hizo la surrealista procesión de turbadoras extrañezas de Como un guante de seda forjado en hierro.

Ya que han picado me permitirán que entre un poco en materia algo más espesita. Camuflada bajo tanto cachondeo, Master of Space and Time es la novela que mejor se justa al subversivo concepto de literatura transrealista acuñado por Rucker en su Transrealism Manifesto después de sufrir una catárquica iluminación leyendo Una mirada en la oscuridad (iluminación en la que me gusta imaginar que se le apareció el espíritu del mismísimo Philip K. Dick como contaba Rucker en otro ensayo suyo). El transrealismo de Master of Space and Time se concreta en tomar la realidad como objeto de análisis. Pero la realidad no tratada desde el naturalismo estricto, sino mediante los clásicos elementos fantásticos o de ciencia ficción que aportan nuevos significados al texto. Por ejemplo, el viaje en el tiempo representaría la memoria, los mundos alternativos serían símbolo de las diferentes percepciones del mundo que tenemos cada uno de nosotros, o la capacidad de volar como metáfora de la iluminación espiritual (es interesante constatar que sólo dos personajes femeninos desean volar en Master... Y además son los personajes más positivos y con la cabeza mejor amueblada de la novela). De este modo se superan las limitaciones del realismo naturalista aportado nuevas metáforas fundamentadas y sostenidas por conceptos de ciencia ficción mediante las cuales provocar en el lector el estado mental necesario para percibir nuevas o superiores realidades en las cuales la nuestra está inmersa. Y así, finalmente alcanzado un estado de percepción distinto, desafiar y romper esa herramienta de control social que es la "realidad consensuada", el estado de las cosas tal y como son, las "verdades" asumidas por todos que, en su mayoría, nos son impuestas desde el poder, tan sutilmente inyectadas en nuestro córtex por los medios de comunicación de masas que llegamos hasta el punto de pensar que todo el desastre de vida que nos hemos ido construyendo, este ciclo infernal de trabajo-consumo, el aborregamiento intelectual y emocional, ha sido idea nuestra.

Esta ruptura es una epifanía que sufre el lector a través de los personajes, inmersos en una caótica estructura argumental que intensifica esa sensación de aleatoriedad, de realismo imprevisible. Rucker utiliza personajes existentes en la realidad, capaces de actuar y reaccionar independientemente de la arbitrariedad de su autor, evitando convertirlos en meras marionetas de su voluntad creativa, intentando recrear, mediante sus reacciones inesperadas la ilusión de que poseen vida propia. Así Harry Gerber y Joe Fletcher, los protagonista de Master... no son más que alter egos de Rucker mismo, dos aspectos de su personalidad; el pasadísimo científico únicamente interesado en beber, el sexo y tener aventuras lisérgicas y el responsable programador de computadoras, esposo y padre de familia. Y sobre todo, los personajes son bichos raros, lo que todo el mundo llama ahora frikis pero sin el matiz despectivo que ha ido adquiriendo esa palabra que yo ya odio. Personas lo más alejadas posible de la corriente de la gente normal. Mostrencos, que diría Jordi Costa, que a su modo son bastante más lúcidos en la percepción de la realidad que la aborregada sociedad circundante inmersa en la famosa "realidad consensuada". Siendo el tema éste de los tipos raros y alienados el único en el que, aparentemente, se tocan los particulares universos de de Rucker y Clowes. Aunque ahora que caigo, Como un guante de seda forjado en hierro, es quizá un buen ejemplo de tebeo transrealista.

Y todo esto tan bonito y tan antiguo, como de contracultura, se condensa en una novela de poco más de doscientas páginas, divertida, graciosísima, vertiginosa y absorbente que se lee de un tirón en un Alsa León-Madrid. Eso sí, Rucker escribe tan acelerada y rematadamente mal desde el punto de vista formal que nunca podrá entrar en el Parnaso de las Artes y las Letras, pero ni falta que le hace (bueno, siempre puede alegar ser descendiente directo del mismísimo Hegel, lo que es totalmente verídico). Y así, mientras andamos distraídos riéndonos con esta comedia enloquecida, nuestras neuronas se irán reconfigurando lentamente, generando conexiones nuevas recorridas por estímulos diferentes a todo lo que hayamos sentido hasta entonces y al cerrar la novela la realidad nunca volverá a ser la misma. Vamos, como el LSD pero más barato (no por nada recibió Rucker la bendición del propio Allen Ginsberg de un capón durante un cebollón de ácido).

Así que espero que con un poco de suerte publican la novela en castellano provechando el tirón de la película, que ya era hora que Rucker entrara en el mercado literario español por la puerta grande de la sección de libros de los centros comerciales y la FNAC. A ver que editorial se lleva el gato al agua. Yo, por si acaso, ya les voy avisando.