13 junio 2005

Lecturas saloneras (I)


Mi primer Saló.

Pues sí, ando como ustedes, rodeado de tebeos por todas partes, leyéndolos a toda velocidad para reseñarlos en el blog antes que nadie (sonrisilla malévola). Ya se sabe, todo sale en el Saló de Barcelona, una más de las absurdas tradiciones que hemos de soportar los aficionados a esto de los tebeos. ¿Se imaginan ustedes que en un fin de semana salieran trescientas novedades de música pop o estrenos cinematográficos o libros o...?. Así que las editoriales, sabiendo que somos cada vez menos, cada vez más viejos y con más dinero para gastar, hacen su agosto en pleno junio abarrotando el mercado en una política que para cualquier otro producto sería ridícula y hasta suicida. Pero en el mundo del tebeo la falta de lógica y de sentido común si me apuran, es el pan nuestro de cada día.

Y con esa vocación de servicio que dios me ha dado aquí estoy en la Estación, adquiriendo los tebeos más caros, lujosos y gafapastas, gastándome el dinero que no tengo para que ustedes sepan a qué atenerse a la hora de derrochar el suyo. Con lo que matamos dos pájaros de un tiro; con estos someros resúmenes podrán tirarse el pisto por ahí simulando que han leído unos tebeos a los que, de otra manera ni se habrían acercado y de paso se ahorran ustedes una pasta para comprarse las novedades Planeta-DC, que es lo que realmente les pone, so frikis. Pero en mi inmensa generosidad les doy permiso, el copyleft también está para estas cosas




La diosa sumergida de Miguel Calatayud. Dibbuks.

Miguel Calatayud es uno de los más desconocidos e influyentes autores de la historieta moderna española. Maestro indiscutible e influencia fundamental de la escuela valenciana y la línea clara ochentera por extensión (Daniel Torres, Mique Beltran, Sento...), hace tiempo que dejó la historieta para transitar por los más fructíferos campos de la ilustración, salvo alguna incursión parcial y puntual ("El pie frito") en el tebeo.

Y ahora Dibbuks nos obsequia con la reedición de "La diosa sumergida", su obra más famosa e inencontrable, serializada en la efímera revista de historietas "Rumbo Sur". Un clásico producto de la escuela valenciana que marca las coordenadas de los tebeos de línea clara española, es decir, obras estructuradas en torno la revisión irónica de los clásicos tebeos de Aventuras (así con mayúsculas, incluida la ciencia ficción) vestidas con un pulcro e impecable acabado formal heredero de Hergé, Jacobs o Swarte (siguiendo la tendencia que en aquella época marcaba el gran Chaland en Francia). En este caso se trata de una historia tratada como si fuesen las aventuras de un Tintín femenino postmoderno de cachondeo en busca de un fabuloso ídolo sumergido en el Caribe. Una trama donde no falta nada; el apuesto partenaire de la protagonista, el esbirro turco, el millonario árabe, la femme fatale, el marinero entrañable y borrachín... Cualquiera que haya leído "Cementerio de elefantes" de Chaland, "Opium", "Claudio Cueco" y el primer Rocco Vargas de Torres o el genial "Macao" de Mique Beltrán, sabrá de lo que hablo.

Tomando esa sencillísima trama como excusa, Calatayud despliega su hermosísimo grafismo como si fuera un George Grosz de línea clara al que le hubiera dado por hacer tebeos en los ochenta. El dominio de la composición de viñetas y, sobre todo, esos maravillosos colores, es deslumbrante y se impone sobre la historia, convirtiendo el álbum en un precioso objeto más para ser visto (y admirado) que leído. Y eso que hay diálogos bastante aprovechables.

Ah, no hubiera estado de más que por los tres talegos de nada que cuesta el álbum Dibbuks hubiera incluido un artículo sobre el autor y su época, para que el lector pueda situarse ante el álbum con alguna idea del momento y la circunstancia en la que originalmente fue publicado (como será la cosa que ni siquera se menciona que es una reedición). Vamos, lo mínimo que se hace en cualquier otro campo (literatura, música, por ejemplo) cuando se reedita una obra.




Buen tiempo de Joe Matt. La Cúpula.

Joe Matt es mi favorito de todos los historietistas "llorones" digooo, de esliceoflaif norteamericanos. Y precisamente me gusta por eso, porque Matt es un tipo que no se corta un pelo en sacar a la luz las pequeñas miserias de la vida, mostrándose como un tipo rastrero, mezquino y cabronazo en vez de presentarse como un incomprendido outsider de alma sensible. Pero a pesar de como se muestre el Matt personaje en sus tebeos, uno no puede dejar de cogerle simpatía e identificarse en ciertos momentos con él. Y es que bajo toda su desvergüenza Matt es un gran autor y "Peepshow" un tebeo divertidísimo con escenas emotivas muy hábilmente resueltas.

En cierto momento del devenir de "Peepshow", Matt interrumpió narración de su la impresentable rutina vital para ofrecernos este "Buen tiempo", un episodio de su infancia transcurrido en un fin de semana. Evidentemente Matt continúa en su línea de mostrarse a sí mismo de chaval como un crío egoísta, manipulador, chantajista, cobardica y sí, friki de los tebeos de supes (para vergüenza nuestra). Vamos, como un crío cualquiera de la calle pero algo más cabronazo. Así, bajo lo que aparentemente es un sencilla y divertida historia que relata un fin de semana en la vida de Matt, éste nos clava muy sutilmente los devenires más profundos de la infancia, las relaciones con los amigos, la familia y las pequeñas miserias de la infancia; las mentiras, el egoísmo, la crueldad con los demás... Matt es un gran narrador con un absoluto dominio de su ya depurado estilo cartoon y el tebeo se bebe en un pis pas dejando un estupendo sabor de boca. Y por ocho euros de ná.




El año que vimos nevar
de Fermín Solís. Astiberri.

Un tebeo directamente relacionado con el anterior. Este "El año que vimos nevar" sería la continuación de "Los días más largos" donde Fermín nos contaba diversos episodios de su infancia. Aquí continúa en la misma tónica, en ese estilo lejanamente emparentado con el pequeño Nicolás de Sempé y Goscinny pero sin llegar ni mucho menos a la genial obra de los dos franceses. En este caso, Solís nos ofrece sencillas anécdotas de la infancia, sin ninguna trascendencia ni tesis detrás, simplemente es la acumulación de batallitas de una niñez como la tuya o la mía, plagadas de referencias (como seas de la generación post-80 no vas a pillar ni una) narradas con una adecuada falta de pretensiones pero que resultan un pelo cansinas porque no se hilvanan alrededor de un motto reconocible. Y el dibujo de Fermín tampoco ayuda demasiado... En fin, correcto, agradable de leer para un tipo que se quedó atrapado en la infancia como yo, pero poco más.




Cinema Panopticum de Thomas Ott. La Cúpula.

Yo con la Cúpula cada día flipo más. Seguramente todo tiene su explicación pero a mi me tienen cazando moscas... A ver si no como se entiende que lo publicado de Ott en La Cúpula sea una historia serializada en El Víbora, dos cuadernillos cutres de la colección Brut y una historia guionizada por David B. en un especial y ahora, cinco años después, sacan sin comerlo ni beberlo un volumen a superlujo de tirada limitada que no sé muy bien a que viene, porque ni se corresponde a los criterios habituales de la editorial, ni se ha utilizado este formato con otras "estrellas" de la casa (estoy pensado en Burns, la opción más lógica). Estos criterios de publicación a mí es que me tienen perdidísimo...

En fin, este lujoso volumen es una especie de fix-up de historias cortas del autor suizo con su peculiar, atmosférico y efectivo dibujo hiperrealista de tinta blanca sobre fondo negro de texturas rayadas que recuerdan lejanamente a los grabados. Cinco inquietantes historias mudas que coinciden en buscar siempre el giro ingenioso y el punch final, que beben tanto de los tebeos de la EC como del Bradbury más terrorífico, Burns, el surrealismo o Kafka, autor con el que se bromea en la primera historia. Y como ocurre con las historias de terror de la EC quizá pueden provocar en algún lector el conocido síndrome del "pos bueno, pos fale, pos malegro"

El resultado es que, de nuevo el brillante grafismo de Ott se lleva la palma, quedando un precioso libro-objeto, como si fuera una actualización de luxe de la Biblioteca de Terror EC, cuyo mayor defecto es que se se lee en un pispas después de haber soltado diecinueve créditos de nada.




Fats Waller de Igort/Sampayo. Sinsen tido.

En cuanto vi este álbum en la tienda me lancé a por él sin mirar el precio (en toda mi inconsciencia) por dos motivos. Uno, que Fats Waller es uno de los más grandes músicos de jazz de la historia y el otro era Igort (lo siento, pero no me gusta nada Sampayo como guionista, ni Muñoz, ni su Alack Sinner, ni nada. Como me considero un culto, exquisito y fino lector de tebeos, éste es un hándicap que procuro llevar lo mejor que puedo, no me lo reprochen demasiado). Así que esperando una biografía del gran músico me llevé un ligero chasco, "Fats Waller" no es exactamente eso.

Utilizando las canciones de Fats como hilo, Sampayo engarza diversas historias de gente normal sobre el gran fresco de la Europa de presegunda guerra mundial. Un pintor compra un traje a cambio de un retrato, dos gemelos austríacos enamorados de la misma mujer se enrolan en las Brigadas Internacionales de la guerra civil española, un espía italiano es enviado a asesinar a un aristócrata inglés relacionado con los nazis. Y la misma historia de Waller, un genio agobiado por las deudas contraídas con sus matrimonios anteriores, obligado a componer doce canciones al día a cambio de ciento veinte dólares, la tensa relación del arte y el comercio.

El resultado es un álbum irregular y algo disperso en el guión que no acaba de centrarse en un punto donde golpear, en el que de vez en cuando Sampayo nos tiene que ir recordando de qué trata en diversos textos de apoyo (pondría las páginas donde aparecen dichos textos pero este álbum es tan exquisitamente artístico que han prescindido de poner los números de página y, como comprenderán, paso de ir contándolos). Incluso al final Sampayo nos ofrece un breve texto sobre el álbum, quizá inseguro de que el lector no haya captado lo que quería contar. Por otro lado Igort no defrauda, es un dibujante espléndido, elegante y limpísimo, diáfano en la narrativa y la composición, empleando una paleta de colores amarronados, delicada, sutil y preciosa, incluso mejorando su sensacional trabajo anterior, "5, el número perfecto".

Continuará...

08 junio 2005

No Future


Ejem...

Bueno...

Decíamos...

Hace algún tiempo el compañero Llosef tuvo el buen gusto de linkarnos en Estación de nieblas una página de transporte retrofuturista, la elegante Transportation Futuristics donde ustedes podrán encontrar todas aquellas visionarias soluciones para el transporte de masas que, por estar demasiado adelantadas a su tiempo o por incomprensión del resto de humanos todavía demasiado anclados al cerebro reptiliano, no llegaron a buen puerto. Y eso que algunos de ellos harían las delicias del alcalde Gallardón o Florentino Pérez y otros insignes magnates de la construcción. Imagínense sino las obras necesarias para tener esos monorraíles gigantes recorriendo todo Madrid de arriba a abajo. Sólo ciudades a la vanguardia como Springfield, gracias a visionarios como Homer Simpson, tuvieron la valentía de adoptar mi medio de transporte favorito, el monorraíl (que ya no se ven ni en los parques de atracciones).

Madrid 2012

En esta línea de futuro visionario es imprescindible el enlace Tales of the Future Past.

Esta página es una mina. Aquí podremos encontrar desde la casa futura con ese supercool "Bachelor Pad" o pisito de soltero, hasta las pesadillas arquitectónicas a los que puede llegar un arquitecto famoso totalmente pagado de sí mismo y absolutamente alejado de la realidad (seguro que el Ruedo de la M-30 madrileña o las Torres KIO también eran la leche sobre el papel). Fascinante asimismo la vida de Elektro (y Sparko, su mascota), el robot estrella de la Westinghouse y su triste final como electro-star con problemas de adicción y escándalos sexuales. En fin, exploren, exploren, porque tienen para horas y horas de trabajo zascandileando por internete como debe ser en vez de cumplir con sus aburridas y absurdas tareas.

Picadero del futuro

Pero ya más en serio, me fascina el retrofuturismo (una de mis series favoritas de dibujos eran "Los Supersónicos", fue traumático que llegara el año 2000 y no se pareciera en nada a lo que vivía la familia Jetson). Y sobre todo me fascina como soñaban en el pasado lo que iba a ser la vida futura; ordenada, limpia, pulcra, perfecta, todos comiendo pastillitas y excretando en váteres al vacío o algo así. En resumen, una pesadilla generada por empollones en fase anal o con síndrome de Cenicienta. Quizá intuían que el futuro sería un lugar vulgar y ramplón, y acertaron en que era más divertido imaginarlo que vivirlo.

Pero estéticamente son fascinantes, parece que los ingenieros, más que seguir un estricto método científico, encontraban su inspiración de las películas, los pulps y los tebeos a la buena de dios. No sé con cual quedarme, si con "El contínuo de Gernsback" de los años veinte y sus geométricas urbanizaciones fasciofuturistas de rascacielos, autogiros, dirigibles y dictáfonos. O los cincuenta y su sueño motorizado, transitando por autopistas eternas como si circularan por la Arcadia (nadie pensó en el pequeño detalle del petróleo, ni siquiera la cf). Y los sesenta y setenta, con esos hogares futuristas pop, entre la Naranja Mecánica y una de Esteso y Pajares, todo bien regado con Peppermint Frappé. Lástima que la crisis del petróleo y el Vietnam en los setenta diera al traste con todo el alegre optimismo a la hora de imaginar el futuro en la cultura popular. Aunque la estética Blade Runner ya es absolutamente retro como un vídeo de Sigue Sigue Sputnik, ambos desde ya obras maestras del retrofuturismo ochentas. Informática de ocho bits, plexiglás y neones, mmmmm...

Quinientos litros a los cien kilómetros

Lo que me temo es como quedaremos nosotros, hombres de un siglo tan importante en el campo del retrofuturismo como es el XXI, ¿se imaginan ustedes que pensarán en el 2096 de los anuncios de telefonía y cacharrería electrónica que son los que ahora moldean la imagen del futuro en la imaginería popular?. Tal y como lo imaginamos ahora, el porvenir es un cruce entre el Ikea, la zona industrial de Alcobendas, un centro comercial y la sección de imagen y sonido de El Corte Inglés. Qué rollo, ¿no?.

13 abril 2005

Demasiado viejo para el cyberpunk...


Uno de los subgéneros literarios favoritos en esta casa es el cyberpunk, ese movimiento del que todo escritor con dos dedos de frente acabó renegando pero del que muchos se atribuían parte en la paternidad. El género que comenzó como el estallido de una hipernova de cromo y neón para acabar convertido en la folklórica imagen de una tipa calificándose de cyberpunk haciendo el ganso por los más exquisitos programas de telebasura con tuercas pegadas en la cabeza. En fin, el típico proceso que sufren todos los movimientos artísticos medianamente de vanguardia, después de la muerte siempre viene la parodia y ya hablando de España pues el vodevil chusco.

Pero lo que importa, los escritores. ¿Qué hicieron cuando las constelaciones de cromo barato se enfriaron y los neones de desvanecían en el horizonte como los fantasmas de un futuro que nunca se cumpliría?. Pues seguir escribiendo, claro. Y como dos de los últimos tochitos que me he leído son de dos de los más prestigiosos y casi inéditos figurones del movimiento, esta introducción me viene de perlas para hablar de ellos.

A menudo y por eso de no calentarse la cabeza, la crítica especializada identifica a Rudy Rucker como el Phil Dick del cyberpunk. A pesar de lo facilón de la etiqueta no anda desencaminada del todo, Rucker ha pasado por períodos vitales tan lamentables como los del divino pirado y, literariamente, guarda muchos puntos en común; estilo desmañado, estructura inexistente, protagonistas que suelen ser el propio escritor ligeramente disfrazado, transrealismo, paranoia... Sin embargo, Rucker es un riguroso científico matemático (por ejemplo, el interesado puede buscar su "La cuarta dimensión" un libro de divulgación científica publicado por Salvat, curiosamente la otra obra traducida en castellano de Rucker aparte de "Software") que últimamente andaba aporreando un teclado para ganarse la vida como programador de juegos. Especialmente dotado para la divulgación y poseedor de una imaginación desquiciada, mezcla de escritor hard y Phil Dick, la experiencia de leer a Rucker, es, como afirma John Shirley "tomar drogas sin los efectos secundarios".

Después de grandes triunfos como "White Light", la trilogía de "Software" o "Master of Space and Time", Rucker, con la vida ya más asentada como programador, publicó, a mediados de los noventa "Hacker and the Ants", la novela que nos ocupa.

"The Hacker and the Ants" (1994) es una divertida comedia sobre Jerzy Rugby, un hacker (entendiendo "hacker" como un programador profesional, no un pirata informático como entienden en la tele) recién divorciado que trabaja en la confección de robots caseros en Silicon Valley. Mediante realidad virtual, Jerzy programa las librerías de códigos que conforman el software IA de los robotitos. Un día recibe en su escritorio virtual vía email una hormiguita (también virtual, claro. Por cierto, ¿hay algún sinónimo para esta palabreja de marras?). Dicha hormiguita se escapa a la red y ya la tenemos liada. A partir de aquí se desarrolla una comedia enloquecida al estilo de "Un me siento rejuvenecer" de Hawks pero cambiando al entrañable científico casero que te descubre el elixir de la vida en el sótano de su casa por el más moderno programador informático.

El resultado es una divertida comedia de las tribulaciones de un programador en Silicon Valley que ha sufrido un caso extremo de mobbing, desmañadamente escrita pero muy fácil de leer, en la que brillan como siempre las capacidades didácticas de Rucker explicándonos el fascinante mundo de la ofimática virtual del futuro, la robótica, las hormigas y lo que se tercie. Extremadamente interesante es la imagen que da del mundo de las compañias de software donde el pirateo entre empresas o el puteo a los empleados está a la orden del día. O esas alucinadas suyas (aunque aquí escasean), como la fantástica cabalgata a lomos de una hormiga virtual gigante. Lamentablemente cuando nos relata las virtudes de este mundo virtual da la sensación de que nos habla de una tecnología que hace cinco minutos acabó en la vía muerta formando parte de ese tipo de cacharros que parece nos van a convertir el futuro en un lugar maravilloso y que luego acababan en las páginas de retrofuturismo de broma. En el debe apuntar la inexistente estructura de la novela al estilo dickiano, que se convierte en un ir y venir de Jerzy; liga con una señorita, visita a los niños, intenta cepillarse a otra, venga para arriba y para abajo como un pollo sin cabeza. O la introducción de personajes que aportan la información adecuada para precipitar la acción y que el protagonista logre solventar el misterio. Asimismo el final flojea, convirtiéndose en una apología de la institución familiar con los niños ayudando a papá a cargarse los malos que parece sacada de una película de Disney. Aunque el personaje central, ese Jerzy cuya profesión de programador le hace creer que pertenece a la escogida secta de la Gran Misión Tecnológica Robótica, una especie de Gran Obra que justifica sus decisiones vitales mientras el resto de su vida es un desastre, le da un giro irónico a ese final un poquito bochornoso. En fin, se deja y como introducción al particular mundo de Rucker es una buena opción, pero a falta de leer algo suyo más reciente constato que se está haciendo viejo, o el mundo editorial norteamericano impermeable a obras como las que solía facturar al principio de su carrera va amansándole progresivamente. O ambas cosas.

Y si Rucker está mayor, qué podemos decir de John Shirley, un tipo que escribió "Eclipse", el thriller de cf más violentamente político que me he podido echar a la cara y cuya última novela es la adaptación de la peli de "Constantine" (por supuesto, ya publicada en España). Pues Shirley, aparte de mantener varios frentes abiertos (escritor de terror, adaptador de engendros fílmicos para ganarse las lentejas, guionista de cine y televisión) mantiene una carrera de escritor de cf más o menos presentable. Y uno de sus últimas novelas; "...And The Angel With Television Eyes" (2001) podemos tomarle el pulso a su estado de forma.

Max Whitman es un mediocre actor que logró un éxito efímero en la gran pantalla en un film de espada y brujería mientras sobrevive actuando (o poniendo la cara) en un culebrón hospitalario televisivo. Pero ahora Max, que se hace viejo, los papeles decentes escasean y se le está empezando a pasar por la cabeza actuar en el teatro; Ricardo III nada menos. Pero mientras se emperra en arruinar su carrera comercial en contra de la opinión de su pareja y mánager, Max comienza a sufrir visiones, y se encuentra en los momentos más inoportunos interpretando al principe Lord Greymark soltando unos diálogos que ríete tú de Aragorn o Gandalf... Hasta, que, en una convención de frikis de la cifi (jeje), un tal Carstairs, contacta con Whitman para intentar revelarle la terrible verdad...

Shirley, como había explorado en obras anteriores, hurga en la cultura popular como generadora de mitos y material con el que alimentar la novela de fantasía. En este caso echa mano de los juegos de rol online, internet, los tebeos de superhéroes o el fantasy más caposo para crear una especie de realismo mágico neoyorkino que juega con la idea de mundos paralelos habitados por espíritus (plasmagnomes) que, o nos observan o nos odian y están deseando cepillarse a los putos humanos que nos los estamos cargando (involuntariamente) con polución electrónica, nuestra basura cultural.

La historia resulta ágil, entretenida, que guarda sus mejores momentos hacia la segunda mitad de la novela, cuando Max y Carstairs comienzan su particular descenso a los infiernos poblados de los plasmagnomes, esos seres espirituales que para manifestarse en nuestra realidad se revisten con desechos de nuestro detritus tecnológico y cultural; un astronauta gigantesco con yelmo, una Madonna fabricada con material hinchable arrastrada por ángeles como helicópteros, un tipo que tiene por cabeza una gran bola de espejo, adicto a la distorsión de una guitarra eléctrica y, por supuesto, un ángel con ojos de televisión. Es en la descripción de estos seres donde brilla el fuerte de Shirley, su potente y perturbada imaginación (en eso y en los títulos de los capítulos, impagables todos ellos). Lástima que no haya cuidado la endeble trama que sostiene la historia, que podría figurar en cualquier tebeo basura de superhéroes, como si el concepto de la exploración de la cultura popular y su retroalimentación en la fantasía contemporanea, así como el desfile de freaks hubieran aplastado bajo su peso un argumento cuya resolución final es hasta risible por simplona y que parece sacada de un peinado de la caspa pop más friki. En fin, es ágil, no aburre en absoluto y se deja leer, pero entre esto y "Los que reptan" para mí que Shirley lleva demasiado tiempo trabajando para el cine y la tv, porque se encuentra en coordenadas muy, muy, pero que muy lejanas, de las magníficas "A Splendid Chaos" o la trilogía de Eclipse.

10 abril 2005

La muñequita de papá



Habrán notado que últimamente la vertiginosa cadencia de mis actualizaciones ha caído casi al punto de coma profundo. Sí, importantes cambios en mi fascinante devenir vital me tienen liadísimo, cosa que me obliga a descuidar la estación. Y mientras intento terminar de una vez un par de comentarios a costa de Rucker y Shirley, aprovecho para colocarles un comentario sobre un clásico del tebeo indie americano cuya publicación en España pasó totalmente desapercibida, quizá la "modesta" edición de La Cúpula tuyo algo que ver en ello. Se trata de "La muñequita de papá" de Debbie Dreschler. Así pueden conseguirla antes de que sea otro de esos tebeos que en un par de años no haya quien encuentre.

"La muñequita de papá" es un tebeo parcialmente autobiográfico de la propia adolescencia de Dreschler. En la historia Debbie se desdobla en Lily, una niña normal de una familia normal de clase media de un pueblo pequeño de los USA. Pero bajo esa apariencia de normalidad bullen las aguas turbias del abuso infantil, la neurastenia y las mentiras que mantienen con alfileres una falsa felicidad familiar. Las visitas nocturnas del padre de Lily van socavando a la niña por dentro mientras aparentemente no pasa nada. La vida familiar se sigue desarrollando normalmente puntuada por pequeñas explosiones neuróticas de unos padres que vuelcan sus frustraciones sobre los hijos.

A medida que van pasando los años, los abusos que sufre Lily van despojándola de su autoestima y su capacidad de autodefensa (asume e interioriza que si su padre abusa de ella es porque se lo merece y le gusta, como le recuerda él reiteradamente), arrasando incluso con su mundo interior que gira alrededor de un implacable desprecio por ella misma. Al final, incluso pequeñas satisfacciones como las aptitudes artísticas de la muchacha son aplastadas por otro episodio de abuso sexual del que es incapaz de defenderse. Y al final únicamente queda el vacío y la soledad y soñar con voces distantes, imaginando que son la familia feliz, el cariño y la amistad que a ella se le niegan.

Muy lejos del melodrama y el optimismo de la historia de superación personal de la excelente "Historia de una rata mala" de Brian Talbot, Dreschler construye una historia brutal y desoladora en su retrato de la unidad familiar. A base de historias cortas, básicamente anécdotas limpias de cualquier melodramatismo, vamos siendo testigos de la sutil crueldad de un matrimonio destruido que funciona por inercia, de las frustrantes relaciones amistosas durante la adolescencia, la falta de perspectivas y futuro del mundo que vamos construyendo para los chavales.

El dibujo es el habitual feísmo indie que puede espantar a mucha gente. Es incluso torpe pero que funciona perfectamente porque contrasta la brutalidad y crudeza de la historia con una delicada y detallista inocencia. Recuerda lejanamente a un Luis Durán recargado y onírico, de atmósfera grave y oscura, hermosa incluso, como en esas viñetas de la violación en el bosque o las perspectivas descoyuntadas como teatrillos expresionistas donde se va desarrollando la vida de los personajes.

Y todo ello sin necesidad de clavarnos una historia autobiográfica de artísticas trescientas páginas, sin buscar cabezas de turco; aquí la culpa no la tiene la religión, ni la sociedad puritana, ni la televisión ni nada; aquí los culpables somos nosotros, la pura verdad desnuda. Y en el abrupto final no hay ninguna conclusión, ninguna resolución por parte de la protagonista, ninguna catársis; la vida continúa en su absurdo y cruel devenir, estrechándose como un túnel obstruido, encharcado y hediondo que fuera a triturarte en su interior.

04 abril 2005

Phil Lynott ha vuelto a la ciudad (y II)



En el anterior episodio habíamos dejado a nuestros héroes comenzando a disfrutar de sus mejores momentos y a la espera de los días de éxito, drogas y rosas que estaban por venir. Pero cuando lo tenían todo a sus pies no se les ocurre otra cosa que sacar "Johnny the Fox" a los seis meses de haber editado "Jailbreak", matando gran parte de la carrera comercial de éste. Y para acabar de arreglarlo aparece la mala suerte; Robertson se corta los tendones de una mano en una pelea un día en el club Speakeasy un día antes de comenzar el tour USA como teloneros de Queen, gira con la que esperaban comerse todo y forrarse definitivamente.

De nuevo llamaron a Gary Moore para cumplir con la gira que acabó con la grabación del precioso y soleado "Bad Reputation", el último en el que colaboró Robertson antes de enrolarse en Mötorhead. Era el momento más álgido de la banda, respetado por músicos, admirado por la crítica, adorado por los fans, la personalidad de Philo comenzaba a cambiar. Momento ideal por tanto para editar el típico doble en directo con el loable objeto de sacar unas pelas y tomarse un merecido descanso. "Live and Dangerous", se llamaba el álbum, casi totalmente regrabado en estudio según declara en su página web el productor Tony Visconti (una práctica de lo más habitual en el mundillo). Pero la suerte comenzaba a darles la espalda y la gira norteamericana organizada para apoyar el disco fue un recorrido lisérgico de una pandilla que iba puesta hasta las cejas continuamente, donde se veían envueltos en peleas desde el mísmisimo Phil Lynnott hasta el conductor de la limusina. Como sería que cuando probaron al batería Terry Bozzio para sustituir a un agotado Brian Downey, se vieron obligados a rechazarle porque no decía tacos y ¡se quería llevar a la mujer de gira!. En fin, eran un desastre, lo más alejado a un músico profesional que te puedas echar a la cara (la primera visita al que sería su futuro productor, el por entonces prestigiosísimo Tony Visconti, la hicieron Gorham y Lynott cerveza en mano a las once de la mañana ya bien cargaditos).
Tras la grabación del gran "Black Rose", Moore abandonó a mitad de la gira siguiente, incapaz de soportar la actitud profesionalmente nula de sus compañeros (Gary Moore es un bocazas con un ego descomunal, pero tenía sus detalles; durante las sesiones de "Black Rose", se molestó en enseñar a Gorham acordes especialmente difíciles que podría haber tocado él mismo). Moore se llevó consigo el gran éxito "Parisian Walkways" (una de las pocas composiciones de Philo que detesto absolutamente) y su famoso corte en la cara cortesía de un Lynott cuya rutina vital por aquella época era meterse coca para aguantar hasta la madrugada y luego atiborrarse de tranquilizantes para poder dormir un par de horas y continuar con la gira. Como anécdota contar que Midge Ure, futuro Ultravox, fue contratado para acabar la gira junto a Dave Flett.

Lynott con Gary Moore, momentos antes de partirle la cara

Los Lizzies ya iban lanzadísimos y comenzaban los ochenta, ésa entrañable década a la que los viejos dinosaurios del rock asistían desconcertados; el punk había matado al progresivo y la new wave aupaba al pop a un puesto preferente en los volubles gustos del gran público. Así que los rockeros intentaron reciclarse, pero tal y como entiende el pop un tío viejo, millonario, alejado totalmente de la realidad, maltratado por las giras y los excesos y aconsejado por productores y mánagers sin escrúpulos: una musiquilla blanda, pastelosa y sobreproducida. Phil Lynott, que no le hacia ascos ni al punk ni a la nueva ola, sorteó con elegancia el cutrerío del heavy adulto, de nuevo gracias a sus enormes composiciones y su buen gusto (colaborando con miembros de Sex Pistols o compartiendo escenario con el mísmisimo Elvis Costello. Es que la new wave ya era un sindiós). Por esa época (1980) editó un estimable álbum de pop, "Solo in Soho" del que el tecno-hit "Yellow Pearl" fue elegido por la BBC como sintonía para "Top of the Pops", cosa que muchos fans se tomaron bastante mal, revelando la complicada situación comercial de Thin Lizzy en la tierra de nadie entre el rock duro y el pop.

Cansado de bregar con Robertson, Moore y demás bandarras, Lynott reclutó a dos tímidos y manejables músicos; 'Snowy' White (este, que venía de tocar con Pink Floyd escondido entre bambalinas, el pobre ni se movia en el escenario, así que Gorham y Lynott se volvían locos correteando para dar espectáculo) y el jovencísimo teclista Darren Wharton (que sufrió la simpática y novatada de Lynott cuando le convenció de que el manager de la gira era gay, se había enamorado de él y pretendía llevárselo al catre). En los dos discos con esta nueva formación, tanto en el ecléctico "Chinatown" como en el más rockero "Renegade", el alejamiento al típico sonido Lizzy se perdona por canciones como "Sweetheart", "Sugarblues", "Having a Good Time", "Hollywood", "Mexican Blood", "No One Told Him"... Sin embargo, ambos elepés resultaron ser un fracaso comercial.

A estas alturas tanto Downey como Gorham amenazaban con abandonar definitivamente y el grupo vivía agobiado por las deudas, así que echaron mano de John Sykes para sustituir a White que nunca fue querido por los fans y quien renunció finalmente ante la imposibilidad de trabajar con un Lynott intratable que podía o no podía ir a los ensayos, según le diera. Sykes era un ejemplo clásico de guitar hero velocista atómico del jevi ochentero, y eso es lo que es "Thunder and Lightning", un disco de puro heavy metal, macarra a más no poder pero también oscuro y deprimente como el pozo en el que se sumergía poco a poco Lynott. En el que quedan ya pocas trazas de los Lizzies clásicos pero que mola escuchar cuando estás quemadísimo de todo (hay punteos de Sykes que hacen sangrar los oídos, como en el brutal "Cold Sweat"). Finalmente, agotados por años de giras, drogas y excesos tanto el discreto Brian Downey, que había permanecido años y años junto a Philo, como Gorham, tiran la toalla para descansar en sus mansiones (y desintoxicarse, supongo).

Después de la exitosa gira de despedida con la que sacaron suficiente dinero para pagar las deudas, se edita el obligado doble en directo de despedida para rebañar beneficios,"Life Live" (otro despropósito de Lynott que, emperrado en ponerse a la mesa de mezclas, se tiró un año para acabar cargándose el disco, desaprovechando de paso el tirón comercial que la disolución de la banda había suscitado). Tras el último concierto en Nuremberg, se despidieron tranquilamente en el aeropuerto y eso fue todo. Con un discreto adiós acababa la historia del grupo.

¿Macarras nosotros?

Lynott hace buenos propósitos pero su adicción a la heroína y la vida rockera fueron más fuertes, así que se lía de nuevo creando Grand Slam, un grupo al estilo jevi ochentero del que rulan maquetas y bootlegs por ahí. Un engendro al que vuelven a salvar las estupendas canciones de Philo, pero continúan actuando borrachos o drogados o ambas cosas y no había discográfica dispuesta a apostar por un reconocido heroinómano que intentaba revitalizar una dudosa carrera, así que la falta de dinero y contrato acabó con el grupo. Y tras colaborar en un par de temas del "Run for Cover" de Gary Moore (aportando el estupendo "Military Man"), cuando se hablaba ya de una nueva reunión de los Lizzies, y envuelto ya en una espiral cerrada e insalvable de drogas y autodestrucción, Philo muere el cuatro de enero de 1986, dos años después de la disolución de Thin Lizzy.

Y con él se fue uno de los mejores songwriters de todos los tiempos, y lo digo así, sobrao y pasándome la mano por el pelo (para alguien tan poco sospechoso como Shane McGowan de The Nipples o The Pogues era "el mejor músico que ha dado Irlanda"). No les voy a aburrir detallando la discografía de Thin Lizzy, porque ya estarán derrotaos de leer. Pero por flojo que fuera un disco suyo siempre había un puñado de joyas en él, desde las canciones delicadas y preciosas (ambas "Sarah", "A song for While I´m Away", "Little Girl in Bloom", "Sweet Marie", "Still in Love With You") hasta las más rockeras ("The Rocker", "Massacre", "Cowboy Song", "Rosalie", "Suicide", "Got to Give it Up") incluso hasta punkarras como "Get Out of Here" o "Are you Ready?". O estupendas y luminosas canciones de sólidas estructuras pop como "With Love", "Southbound", "Dancing in the Moonlight", "Downtown Sundown", "Waiting for an Alibi"... ¡hasta jazz! ("Fats"). Canciones que eran el centro de todo, donde nunca había un punteo demasiado largo, absurdo o fuera de lugar, vicio que lastra a tantos grupos de rock duro. Donde a pesar de que tratase la soledad, la ruptura, el abandono e incluso su propia adicción siempre lo hacía mirando hacia delante con orgullo y sin autocompasión. Porque al final da igual el estilo, las canciones son lo que realmente importa.

Y por eso me siguen gustando Thin Lizzy después de todos estos años. Por eso y por su imperfección casi romántica, por sus errores garrafales, por su falta de suerte. Tenían talento de sobra para haber sido la mejor banda de rock del planeta pero la fastidiaron porque en el fondo no eran más que chavalotes de barrio que se comportaban en un dome de Dallas ante cincuenta mil personas como si siguieran tocando en pubs de Dublín, charlando y haciéndole bromas al público. Siempre llegando tarde, siempre de festorro. Chavales que no pudieron con el dinero, las drogas, la fama y la terrible soledad de estar ahí arriba, aplastados por toda la maquinaria comercial que hay detrás de lo que una vez fue rebeldía e ilusión juvenil e inocentona. Como Philo intuía tristemente en la bellísima "Sweet Marie".

Somewhere out in Arizona
Such a long way from California
oh I felt so alone there
I was two thousand miles away from home there

Tonight we're going to play Boston
and I still don't know what the hell is going on
Oh but I wrote this song
and it keeps me thinking on about my sweet Marie


31 marzo 2005

Phil Lynott ha vuelto a la ciudad (I)


Phil Lynott haciéndose el interesante.

Como dijo una vez la gran Patricia Godes, todo el mundo debería pasar una etapa jevi en su vida (musical). A ella le llegó ya entrada en la treintena y se tuvo que conformar con los caciquillos de Metallica. Pero a los que nos salieron los granos metálicos un poco antes, en el boom del jevi español (¿se acuerdan de cuando Barón Rojo y Leño salían por la tele y la gente llevaba espalderas de los Maiden?) tuvimos la suerte de disfrutar lo que es ser un pedazo hijo de rocanrol, con el sonido del trueno rugiendo por los altavoces de nuestras potentes minicadenas marca "Sorny". Y sobre todo, gustando del jevi, aprendías aquellas verdades inmutables que te ayudaban a distinguir lo bueno de lo malo y lo que era auténtico del pastelón. A saber: amarás el virtuosismo sobre todas las cosas, cuanto más largo el punteo de guitarra mejor, el gutarrista es dios y el cantante, perdón, el garganta, su profeta, los discos en directo deben llevar dos canciones por cara de media, los solos de batería no son aburridos, lo que no es jevi es moña, nuestros ídolos no iban ridículos sino "pintones" o que los Purple no estaban tan viejos como se empeñaban en atestiguar las fotos. En fin, unas seguras y sencillas reglas por las que moverse por el proceloso y voluble mundo de la música popular siempre esclavo de la pose, el pintamoneo y las modas. Porque si algo tienen los jevis es que la música les mola, pero de verdad. Y cuando vean a uno haciendo air guitar con un solo inmortal de Ritchie Blackmore de fondo, sepan que se siente como dios, vamos que está en un estado superior del ser ahí melenas al viento, elevándose sobre la patética masa de moñas que quedamos irremediablemente atrás.

Pero uno que tiene la cabeza un poco desamueblada le molaba el jevi y también Alaska y Dinarama (cosa que llevaba con discrección) y al final fue este palo pop el que se impuso en mi criterio musical (bueno...) al alcanzar la madurez. Bueno más que el jevi, los grupos que me gustaban eran de rock duro setentero, ya saben los Purple y toda su prole, Whitesnake, Rainbow, Black Sabbath, Rush, Led Zep y cosas así... La mayoría me dejaron de gustar con el tiempo, cuando te haces mayor sientes que escuchar un solo de batería de diez minutos te acerca un poco más a la muerte. Pero sigue habiendo un grupo que no me da vergüenza decir que me siguen gustando y que escucho ahora mismo mientras escribo esta paridita robando horas de trabajo en la oficina, los Thin Lizzy.

Lo cierto es que los Lizzies no eran tan conocidos como los Purple, los Maiden o los Judas, pero a los fans les adorábamos, cuando se eran fan de Thin Lizzy se era a muerte. Su historia es un despiporre rock lifestyle de drogas, peleas, alcohol, chulería de barrio, folleteos en váteres de aviones y el inevitable desenlace fatal, con el líder carismático Phil Lynott, Philo, muerto por sobredosis tras un largo historial de desparrame químico. Un grupo que terminó en absoluta bancarrota tras una desesperada huida hacia adelante en sus últimos años, obligados a grabar para cubrir deudas, y que en el 83 le costaban medio millón de libras a su mánager en vicios, cuando diez años más tarde, los gastos de cualquier grupo no pasaban de las cincuenta mil. El grupo que se regrabó enterito (salvo las partes de batería) en estudio su mítico directo "Live and Dangerous", que encima fue escogido por los fans ingleses como mejor directo de la historia. Y sobre todo eran el grupo de las canciones luminosas, llenas de ganas de cachondeo, de tías, de tenerlas, de perderlas, de echarlas de menos y de vivir. Y lo mejor de todo, su hit "The Boys are Back in Town" fue definido por un plumilla de pitchforkmedia como "la canción más ridícula del mundo". Si señores, si a un periodista moerno y moña que se pajea sobre los churritos de Radiohead no le gustan Thin Lizzy, es que estamos en el buen camino.

El líder carismático, cerebro e impulsor de todo este desmadre era Phil Lynott, el extraordinario compositor mestizo. Hijo de irlandesa y un brasileño caradura que abandonó a su embarazadísima señora tres semanas antes del parto, fue criado por a su abuela Sarah (bautizó a su hija como Sarah y ambas les dedicó una preciosa canción) mientras su madre se veía obligada a trabajar en Manchester. Infancia que le marcó lo suyo, imagínense lo que debía ser crecer hijo de una madre soltera en un país como Irlanda en los años cincuenta. Y encima siendo negro... Pero era un tío con inagotable carisma, el irlandés encantador, macarrilla y ligón que en el fondo es un típo sensible con un gran corazón, pero que te mete como te pases, tolai...

El héroe de la limonada es el de la derecha

La historia que sigue es muy parecida a la que habrán leído de cientos de grupos de rock; auge, apogeo, desastre y separación por la agotadora rutina gira-disco-gira. Como en la mayoría de bandas la cosa comienza con dos amigos del colegio; Phil y Brian Downey (batería que, un par de breves renuncios aparte, aguantó en el grupo hasta el final) que habían pasado por diversas bandas de Dublín hasta que es estabilizan en formato de trío con Eric Bell, un experimentado guitarrista que había trabajado con los Them de Van Morrison. Decidieron llamarse como un personaje de tebeo británico: la robota Tin Lizzie (quien siga "Jack Staff" de Paul Grist encontrará referencias a este personaje) al que modificaron un poco el nombre para adecuarse a la pronuciación irlandesa. Esta formación factura tres elepés rock, bluesy y folk de muy bonitas canciones ("Thin Lizzy", "Shades of a Blue Orphanage" y "Vagabonds of the Western World") hasta que las tensiones internas y la necesidad acuciante de lograr un hit ("Whiskey in the jar" el éxito que cuando llegó, acabó con ellos) rompieron la formación. Eric, totalmente quemado por traicionar sus ambiciones musicales a cambio de la búsqueda incesante del éxito efímero, abandonó el grupo a lo grande, con una curda inmensa en el escenario, marchándose tambaleante a las tres canciones. Pero la cosa no acabó ahí, volvió, agarró la botella de un fan que pasaba por allí, pensando en su inmenso cebollazo que era limonada. Desgraciadamente era whisky, así que el lamentable error se resolvió con un desmayo del guitarrista en el sitio (me gusta imaginar que después de eructar sonoramente), acabando los otros dos mimbres el concierto como pudieron (recordemos que eran un bajo y un batería). Feliz actuación esta que marcó la impronta de la trayectoria vital futura del grupo.

Desesperado por la falta de éxito, la pérdida del guitarrista y a punto de disolver el grupo, Phil fue convencido por su mánager con un argumento impepinable; habia que seguir actuando para pagar todas las facturas pendientes. Contrataron a la guitarra a un antiguo amiguete, el habilidoso Gary Moore. Que abandonó la formación tras tirarse todos y cada uno de los días del tour bolinga (con la resaca consiguiente).

La formación clásica hechos unos sanluises.

Inasequible al desaliento Philo se puso en contacto con el atractivo californiano Scott Gorham (terror de las chicas, acabó cortándose su espléndido melenón porque "el pelo me tapaba la guitarra y no veía ya los trastes ni las cuerdas") y con Brian Robertson, un escocés de dieciocho años de una actitud vital que bordeaba la delincuencia juvenil y cuyas sustancias favoritas eran el whisky aderezado con speed. Esta es la formación más clásica que despachó dos elepés de transición; "Night Life" y "Fighting" antes de descolgarse con lo que todo el mundo considera obra maestra de la banda; "Jailbreak". Asimismo establecieron el sonido característico del grupo; las dos guitarras al unísono dibujando bonitas líneas melódicas poppies (al estilo Wishbone Ash pero en más agresivo). Concepto luego copiado hasta la saciedad, desde los penosos Boston hasta esa broma post-todo que son The Darkness, pasando por el grupo cumbre del rock moña, Bon Jovi.

Y a partir de "Jailbreak" vino la conquista de América. Y la apoteosis. Pero no la que nuestros héroes se esperaban.

Continuará...

27 marzo 2005

Juventud enferma



Recién terminada la publicación de "Agujero Negro" del gran Charles Burns va servidor en su inconsciencia y suelta una opinión valorativa mala o muy mala sobre dicha obra nada menos que en La cárcel de papel. Comentaba allí que me me había aburrido sobremanera dicha serie, que la encontraba excesivamente pretenciosa, el intento de Burns de crear su Gran Obra "seria" y que se le abrieran los ateneos y paraninfos del arte y las letras ante su talento. Y esperaba, después de leerme los doce números seguidos, arrepentirme miserablemente de mi opinión. Evidentemente es una obra que gana leída de un tirón y no a ratos perdidos durante cuatro años, así que después de habérmelos atizado todos de una sentada, me arrepiento publica y miserablemente (claro) de lo dicho y me quito el sombrero ante el maestro.

Pero no empecemos por el tejado. "Agujero negro" es la obra más ambiciosa hasta la fecha de Charles Burns, el autor de Seattle conocido por sus demenciales historias de aires fifties, batidora psicotrónica e irónica de la cultura basura y el lado oscuro de una América próspera y optimista de automóviles relucientes, pulcras zonas residenciales de los suburbios y publicidad constante de todo tipo de maravillosos objetos de consumo. En sus absurdas historias de ambientes malsanos caben los detectives disfrazados de luchadores mejicanos, las deformidades físicas, los extraterrestres, los mad scientists, los robots, la ciencia ficción de los años cincuenta en general y la estética EC en particular. Estética que refleja como ninguna otra las turbias ansiedades que bullían bajo las imágenes de norteamericanos sonrientes que USA exportaba al mundo. Sin embargo, a la hora de acometer "Agujero negro", Burns se aleja de las reconocibles coordenadas de sus obras anteriores, descartando la ironía pop y la cultura basura como herramientas narrativas, limpiando todo rastro de referencias trash a no ser que estén integradas totalmente en el mundo de los seres que habitan el tebeo. Arriesgándose a contar una historia más personal y propia, sin la red de seguridad que proporciona la mirada irónica y el cachondeíto postmoderno, Burns se adentra en el terreno de la historieta semiautobiográfica sobre la convulsa juventud, objetivo casi único y obsesivo de la cultura popular de la sociedad de nuestros días, una más de las patologías sociales que se vienen arrastrando desde los años cincuenta.


"Agujero negro" narra la historia de unos chavales de un pequeño pueblo del estado de Seattle en el que ha surgido una epidemia contagiosa (referencia, según Burns, a las transformaciones físicas que se sufren durante la adolescencia, como si un virus de la "enfermedad de la vida", de la madurez, se tratase). Una enfermedad que se transmite por vía sexual y que afecta únicamente a los adolescentes que, desfigurados por diversas mutaciones físicas a cada cual más perturbadora o repugnante, se refugian en un tenebroso bosque cercano al pueblo donde comienzan a aparecer inquietantes signos de que algo extraño se oculta allí... En este ambientazo se mueven los protagonistas del tebeo, básicamente cuatro personajes en una historia que parece sacada de la típica película teen de un universo alternativo y oscuro. A saber; Keith se enamora de su compañera de clase, Chris que, a su vez, comienza una relación con Rob el cual ha contraído la enfermedad. Mientras tanto Keith conoce a Eliza, también portadora del virus y entre los dos surge una extraña afinidad. En fin, las inmutables y eternas leyes de la atracción. Y, a la vez, de una manera u otra, todos aspiran a escapar del pueblo, un microcosmos asfixiante donde nunca pasa nada y no hay nada que hacer salvo drogarse e ir a fiestas, dejar pasar el tiempo y posponer el futuro indefinidamente, en el que el auténtico terror es enfrentarse a una madurez plagada de desengaños y frustraciones. En resumidas cuentas, "Agujero negro" se dedica a explorar esa lóbrega tierra de nadie que todos hemos sufrido más o menos entre la infancia y la madurez, un lugar espantoso abonado para el desamor, la frustración, el miedo a los otros y al mundo, la soledad, el hastío y la alienación como no se sienten en otro período de la vida y del que sueles salir mal parado y a trompicones. Pero en el malsano universo de Burns estas sensaciones se transforman en un efluvio a carne podrida durante otra tarde aburrida y estúpida drogándote para tapar las voces que te gritan que todo va mal. O encontrar un brazo arrancado o un tótem construido con huesos y basura cuando te internas en el bosque huyendo de la desesperación y el aburrimiento.


Formalmente el tebeo es impecable, la depuración del distante estilo de Burns alcanza casi la perfección inhumana. Experimentando con la composición de página y prescindiendo de retratar a los personajes como meras caricaturas (aquí ya no hay esos personajes casi icónicos y ridículos de anteriores obras), Burns se decanta por un acertado hiperrealismo tenebroso de opresivas masas de tinta negra, trabajados juegos de luces y un trazo rotundo, frío y limpio como la fotografía de un estado de ánimo, una realidad siniestra superpuesta sobre la nuestra. Logrando crear un ambiente cerrado y ominoso, la perversa transformación de los lugares familiares y reconocibles de nuestra vida cotidiana en inquietantes paisajes que ocultaran enfermedades latentes. Es como si nos encontráramos sumergidos en un sueño extrañamente nítido en el que todo pareciera estar perfectamente, pero en el que, en el fondo, todo anda absoluta y terriblemente mal. Esa sensación de inquietud, de que algo espantoso está a punto de ocurrir pero cuyo impacto no llega nunca. Y el reflejo de los paisajes interiores de los personajes, como Chris, son turbadores y fascinantes como una adaptación pop de El Bosco; caminando entre montañas de basura habitadas por gusanos con rostro humano hasta llegar al mar y flotar eternamente contemplando las estrellas.


En el debe tan sólo apuntar que la trama no deja de ser una endeble excusa para trazar un mapa oscuro de la adolescencia, un deambular sin rumbo de los personajes reflejo del vagar hacia ninguna parte que algunos sufrimos aquellos maravillosos años. Así que en el tramo final de la obra Burns intenta darle cuerpo al argumento con un giro en la secuencia de acontecimientos que se viene preparando desde un principio pero que a mí me resultó un pelo artificial. Asimismo, las pretenciosas figuras alegóricas o la recurrente imagen metafórica del bujero de marras (sí, vale, el vacío vital, el negro futuro, blablablabla) evidencian las pretensiones de seriedad y "profundidad" artísticas que, en mi obtusa opinión, chirrían y cansan (bueno, al menos no ha puesto citas). Pero, a pesar de estas minucias, "Agujero negro" se basta y se sobra para alzarse como una de las más certeras, sugerentes y poderosas reflexiones realizadas en cualquier medio sobre un periodo vital oscuro, confuso y extremadamente amargo al final, que en mi caso estoy encantado de haber dejado, como ocurre con los protagonistas al terminar el tebeo, muy atrás.

Cinco novelas de 2023