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la estación fantasma

31 marzo 2005

Phil Lynott ha vuelto a la ciudad (I)


Phil Lynott haciéndose el interesante.

Como dijo una vez la gran Patricia Godes, todo el mundo debería pasar una etapa jevi en su vida (musical). A ella le llegó ya entrada en la treintena y se tuvo que conformar con los caciquillos de Metallica. Pero a los que nos salieron los granos metálicos un poco antes, en el boom del jevi español (¿se acuerdan de cuando Barón Rojo y Leño salían por la tele y la gente llevaba espalderas de los Maiden?) tuvimos la suerte de disfrutar lo que es ser un pedazo hijo de rocanrol, con el sonido del trueno rugiendo por los altavoces de nuestras potentes minicadenas marca "Sorny". Y sobre todo, gustando del jevi, aprendías aquellas verdades inmutables que te ayudaban a distinguir lo bueno de lo malo y lo que era auténtico del pastelón. A saber: amarás el virtuosismo sobre todas las cosas, cuanto más largo el punteo de guitarra mejor, el gutarrista es dios y el cantante, perdón, el garganta, su profeta, los discos en directo deben llevar dos canciones por cara de media, los solos de batería no son aburridos, lo que no es jevi es moña, nuestros ídolos no iban ridículos sino "pintones" o que los Purple no estaban tan viejos como se empeñaban en atestiguar las fotos. En fin, unas seguras y sencillas reglas por las que moverse por el proceloso y voluble mundo de la música popular siempre esclavo de la pose, el pintamoneo y las modas. Porque si algo tienen los jevis es que la música les mola, pero de verdad. Y cuando vean a uno haciendo air guitar con un solo inmortal de Ritchie Blackmore de fondo, sepan que se siente como dios, vamos que está en un estado superior del ser ahí melenas al viento, elevándose sobre la patética masa de moñas que quedamos irremediablemente atrás.

Pero uno que tiene la cabeza un poco desamueblada le molaba el jevi y también Alaska y Dinarama (cosa que llevaba con discrección) y al final fue este palo pop el que se impuso en mi criterio musical (bueno...) al alcanzar la madurez. Bueno más que el jevi, los grupos que me gustaban eran de rock duro setentero, ya saben los Purple y toda su prole, Whitesnake, Rainbow, Black Sabbath, Rush, Led Zep y cosas así... La mayoría me dejaron de gustar con el tiempo, cuando te haces mayor sientes que escuchar un solo de batería de diez minutos te acerca un poco más a la muerte. Pero sigue habiendo un grupo que no me da vergüenza decir que me siguen gustando y que escucho ahora mismo mientras escribo esta paridita robando horas de trabajo en la oficina, los Thin Lizzy.

Lo cierto es que los Lizzies no eran tan conocidos como los Purple, los Maiden o los Judas, pero a los fans les adorábamos, cuando se eran fan de Thin Lizzy se era a muerte. Su historia es un despiporre rock lifestyle de drogas, peleas, alcohol, chulería de barrio, folleteos en váteres de aviones y el inevitable desenlace fatal, con el líder carismático Phil Lynott, Philo, muerto por sobredosis tras un largo historial de desparrame químico. Un grupo que terminó en absoluta bancarrota tras una desesperada huida hacia adelante en sus últimos años, obligados a grabar para cubrir deudas, y que en el 83 le costaban medio millón de libras a su mánager en vicios, cuando diez años más tarde, los gastos de cualquier grupo no pasaban de las cincuenta mil. El grupo que se regrabó enterito (salvo las partes de batería) en estudio su mítico directo "Live and Dangerous", que encima fue escogido por los fans ingleses como mejor directo de la historia. Y sobre todo eran el grupo de las canciones luminosas, llenas de ganas de cachondeo, de tías, de tenerlas, de perderlas, de echarlas de menos y de vivir. Y lo mejor de todo, su hit "The Boys are Back in Town" fue definido por un plumilla de pitchforkmedia como "la canción más ridícula del mundo". Si señores, si a un periodista moerno y moña que se pajea sobre los churritos de Radiohead no le gustan Thin Lizzy, es que estamos en el buen camino.

El líder carismático, cerebro e impulsor de todo este desmadre era Phil Lynott, el extraordinario compositor mestizo. Hijo de irlandesa y un brasileño caradura que abandonó a su embarazadísima señora tres semanas antes del parto, fue criado por a su abuela Sarah (bautizó a su hija como Sarah y ambas les dedicó una preciosa canción) mientras su madre se veía obligada a trabajar en Manchester. Infancia que le marcó lo suyo, imagínense lo que debía ser crecer hijo de una madre soltera en un país como Irlanda en los años cincuenta. Y encima siendo negro... Pero era un tío con inagotable carisma, el irlandés encantador, macarrilla y ligón que en el fondo es un típo sensible con un gran corazón, pero que te mete como te pases, tolai...

El héroe de la limonada es el de la derecha

La historia que sigue es muy parecida a la que habrán leído de cientos de grupos de rock; auge, apogeo, desastre y separación por la agotadora rutina gira-disco-gira. Como en la mayoría de bandas la cosa comienza con dos amigos del colegio; Phil y Brian Downey (batería que, un par de breves renuncios aparte, aguantó en el grupo hasta el final) que habían pasado por diversas bandas de Dublín hasta que es estabilizan en formato de trío con Eric Bell, un experimentado guitarrista que había trabajado con los Them de Van Morrison. Decidieron llamarse como un personaje de tebeo británico: la robota Tin Lizzie (quien siga "Jack Staff" de Paul Grist encontrará referencias a este personaje) al que modificaron un poco el nombre para adecuarse a la pronuciación irlandesa. Esta formación factura tres elepés rock, bluesy y folk de muy bonitas canciones ("Thin Lizzy", "Shades of a Blue Orphanage" y "Vagabonds of the Western World") hasta que las tensiones internas y la necesidad acuciante de lograr un hit ("Whiskey in the jar" el éxito que cuando llegó, acabó con ellos) rompieron la formación. Eric, totalmente quemado por traicionar sus ambiciones musicales a cambio de la búsqueda incesante del éxito efímero, abandonó el grupo a lo grande, con una curda inmensa en el escenario, marchándose tambaleante a las tres canciones. Pero la cosa no acabó ahí, volvió, agarró la botella de un fan que pasaba por allí, pensando en su inmenso cebollazo que era limonada. Desgraciadamente era whisky, así que el lamentable error se resolvió con un desmayo del guitarrista en el sitio (me gusta imaginar que después de eructar sonoramente), acabando los otros dos mimbres el concierto como pudieron (recordemos que eran un bajo y un batería). Feliz actuación esta que marcó la impronta de la trayectoria vital futura del grupo.

Desesperado por la falta de éxito, la pérdida del guitarrista y a punto de disolver el grupo, Phil fue convencido por su mánager con un argumento impepinable; habia que seguir actuando para pagar todas las facturas pendientes. Contrataron a la guitarra a un antiguo amiguete, el habilidoso Gary Moore. Que abandonó la formación tras tirarse todos y cada uno de los días del tour bolinga (con la resaca consiguiente).

La formación clásica hechos unos sanluises.

Inasequible al desaliento Philo se puso en contacto con el atractivo californiano Scott Gorham (terror de las chicas, acabó cortándose su espléndido melenón porque "el pelo me tapaba la guitarra y no veía ya los trastes ni las cuerdas") y con Brian Robertson, un escocés de dieciocho años de una actitud vital que bordeaba la delincuencia juvenil y cuyas sustancias favoritas eran el whisky aderezado con speed. Esta es la formación más clásica que despachó dos elepés de transición; "Night Life" y "Fighting" antes de descolgarse con lo que todo el mundo considera obra maestra de la banda; "Jailbreak". Asimismo establecieron el sonido característico del grupo; las dos guitarras al unísono dibujando bonitas líneas melódicas poppies (al estilo Wishbone Ash pero en más agresivo). Concepto luego copiado hasta la saciedad, desde los penosos Boston hasta esa broma post-todo que son The Darkness, pasando por el grupo cumbre del rock moña, Bon Jovi.

Y a partir de "Jailbreak" vino la conquista de América. Y la apoteosis. Pero no la que nuestros héroes se esperaban.

Continuará...