27 marzo 2005

Juventud enferma



Recién terminada la publicación de "Agujero Negro" del gran Charles Burns va servidor en su inconsciencia y suelta una opinión valorativa mala o muy mala sobre dicha obra nada menos que en La cárcel de papel. Comentaba allí que me me había aburrido sobremanera dicha serie, que la encontraba excesivamente pretenciosa, el intento de Burns de crear su Gran Obra "seria" y que se le abrieran los ateneos y paraninfos del arte y las letras ante su talento. Y esperaba, después de leerme los doce números seguidos, arrepentirme miserablemente de mi opinión. Evidentemente es una obra que gana leída de un tirón y no a ratos perdidos durante cuatro años, así que después de habérmelos atizado todos de una sentada, me arrepiento publica y miserablemente (claro) de lo dicho y me quito el sombrero ante el maestro.

Pero no empecemos por el tejado. "Agujero negro" es la obra más ambiciosa hasta la fecha de Charles Burns, el autor de Seattle conocido por sus demenciales historias de aires fifties, batidora psicotrónica e irónica de la cultura basura y el lado oscuro de una América próspera y optimista de automóviles relucientes, pulcras zonas residenciales de los suburbios y publicidad constante de todo tipo de maravillosos objetos de consumo. En sus absurdas historias de ambientes malsanos caben los detectives disfrazados de luchadores mejicanos, las deformidades físicas, los extraterrestres, los mad scientists, los robots, la ciencia ficción de los años cincuenta en general y la estética EC en particular. Estética que refleja como ninguna otra las turbias ansiedades que bullían bajo las imágenes de norteamericanos sonrientes que USA exportaba al mundo. Sin embargo, a la hora de acometer "Agujero negro", Burns se aleja de las reconocibles coordenadas de sus obras anteriores, descartando la ironía pop y la cultura basura como herramientas narrativas, limpiando todo rastro de referencias trash a no ser que estén integradas totalmente en el mundo de los seres que habitan el tebeo. Arriesgándose a contar una historia más personal y propia, sin la red de seguridad que proporciona la mirada irónica y el cachondeíto postmoderno, Burns se adentra en el terreno de la historieta semiautobiográfica sobre la convulsa juventud, objetivo casi único y obsesivo de la cultura popular de la sociedad de nuestros días, una más de las patologías sociales que se vienen arrastrando desde los años cincuenta.


"Agujero negro" narra la historia de unos chavales de un pequeño pueblo del estado de Seattle en el que ha surgido una epidemia contagiosa (referencia, según Burns, a las transformaciones físicas que se sufren durante la adolescencia, como si un virus de la "enfermedad de la vida", de la madurez, se tratase). Una enfermedad que se transmite por vía sexual y que afecta únicamente a los adolescentes que, desfigurados por diversas mutaciones físicas a cada cual más perturbadora o repugnante, se refugian en un tenebroso bosque cercano al pueblo donde comienzan a aparecer inquietantes signos de que algo extraño se oculta allí... En este ambientazo se mueven los protagonistas del tebeo, básicamente cuatro personajes en una historia que parece sacada de la típica película teen de un universo alternativo y oscuro. A saber; Keith se enamora de su compañera de clase, Chris que, a su vez, comienza una relación con Rob el cual ha contraído la enfermedad. Mientras tanto Keith conoce a Eliza, también portadora del virus y entre los dos surge una extraña afinidad. En fin, las inmutables y eternas leyes de la atracción. Y, a la vez, de una manera u otra, todos aspiran a escapar del pueblo, un microcosmos asfixiante donde nunca pasa nada y no hay nada que hacer salvo drogarse e ir a fiestas, dejar pasar el tiempo y posponer el futuro indefinidamente, en el que el auténtico terror es enfrentarse a una madurez plagada de desengaños y frustraciones. En resumidas cuentas, "Agujero negro" se dedica a explorar esa lóbrega tierra de nadie que todos hemos sufrido más o menos entre la infancia y la madurez, un lugar espantoso abonado para el desamor, la frustración, el miedo a los otros y al mundo, la soledad, el hastío y la alienación como no se sienten en otro período de la vida y del que sueles salir mal parado y a trompicones. Pero en el malsano universo de Burns estas sensaciones se transforman en un efluvio a carne podrida durante otra tarde aburrida y estúpida drogándote para tapar las voces que te gritan que todo va mal. O encontrar un brazo arrancado o un tótem construido con huesos y basura cuando te internas en el bosque huyendo de la desesperación y el aburrimiento.


Formalmente el tebeo es impecable, la depuración del distante estilo de Burns alcanza casi la perfección inhumana. Experimentando con la composición de página y prescindiendo de retratar a los personajes como meras caricaturas (aquí ya no hay esos personajes casi icónicos y ridículos de anteriores obras), Burns se decanta por un acertado hiperrealismo tenebroso de opresivas masas de tinta negra, trabajados juegos de luces y un trazo rotundo, frío y limpio como la fotografía de un estado de ánimo, una realidad siniestra superpuesta sobre la nuestra. Logrando crear un ambiente cerrado y ominoso, la perversa transformación de los lugares familiares y reconocibles de nuestra vida cotidiana en inquietantes paisajes que ocultaran enfermedades latentes. Es como si nos encontráramos sumergidos en un sueño extrañamente nítido en el que todo pareciera estar perfectamente, pero en el que, en el fondo, todo anda absoluta y terriblemente mal. Esa sensación de inquietud, de que algo espantoso está a punto de ocurrir pero cuyo impacto no llega nunca. Y el reflejo de los paisajes interiores de los personajes, como Chris, son turbadores y fascinantes como una adaptación pop de El Bosco; caminando entre montañas de basura habitadas por gusanos con rostro humano hasta llegar al mar y flotar eternamente contemplando las estrellas.


En el debe tan sólo apuntar que la trama no deja de ser una endeble excusa para trazar un mapa oscuro de la adolescencia, un deambular sin rumbo de los personajes reflejo del vagar hacia ninguna parte que algunos sufrimos aquellos maravillosos años. Así que en el tramo final de la obra Burns intenta darle cuerpo al argumento con un giro en la secuencia de acontecimientos que se viene preparando desde un principio pero que a mí me resultó un pelo artificial. Asimismo, las pretenciosas figuras alegóricas o la recurrente imagen metafórica del bujero de marras (sí, vale, el vacío vital, el negro futuro, blablablabla) evidencian las pretensiones de seriedad y "profundidad" artísticas que, en mi obtusa opinión, chirrían y cansan (bueno, al menos no ha puesto citas). Pero, a pesar de estas minucias, "Agujero negro" se basta y se sobra para alzarse como una de las más certeras, sugerentes y poderosas reflexiones realizadas en cualquier medio sobre un periodo vital oscuro, confuso y extremadamente amargo al final, que en mi caso estoy encantado de haber dejado, como ocurre con los protagonistas al terminar el tebeo, muy atrás.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Como bien apuntas en algún momento de tu crítica, creo que "Agujero negro" es, principalmente, un estado de ánimo. Y en ese sentido me parece un tebeo modélico.

Es la primera vez que entro aquí. Saluditos.

fonz dijo...

Bienvenido r., gracias por tu comentario.

Estoy totalmente de acuerdo contigo y, a pesar de todo el rollo que he largado no lo he clavado como tú lo has hecho en tres palabras, AN es un estado de ánimo más que una narración al uso. Y qué mejor manera de transmitir esas sensaciones que se sufren en la adolescencia que el malrollismo burnsiano...

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