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la estación fantasma

27 enero 2006

La Cultura, muerte y resurrección de la space opera (y III)

Excesión (Excession)

La novela que surgió de una partida al Civilization. ¿Cómo se come esto?. Muy facilito, un día andaba Banks enfrascado una partida al Civilization cuando apareció el destructor de una civilización rival en las prósperas costas de sus dominios. Ahí mismamente reside el concepto central de Excesión, el Outside Context Problem ("problema de contacto exterior " o "problema de contexto externo"), un ejemplar de tecnología extremadamente avanzada que aparece en nuestro universo de repente, surgido de la nada, sin que conozcamos su propósito. Ahora queda el problema de vérselas con él mediante patéticos barquichuelos de vela.

Esto es, básicamente, el conflicto de Excesión. Banks, consciente de que está convirtiendo a las Mentes (y la Cultura por extensión) en seres infalibles e implacables, las enfrenta a un acontecimiento peligroso de verdad por lo incomprensible e imprevisible. Una gran esfera negra (en el papel estelar de Outside Context Problem) aparece de repente en los confines de la galaxia y toda la maquinaria (nunca mejor dicho) de la Cultura se enfrenta al enigma de como tratar un objeto misterioso que es impermeable a todo intento de comunicación. En medio de una complicada maraña de conspiraciones entre Mentes, se intenta localizar a la única superviviente que tuvo contacto con dicho artefacto cuando apareció un par milenios antes. Lo malo es que esta superviviente vive en una nave renegada (an eccentric ship) que vaga por el espacio sin destino conocido. Y acabamos descubriendo que ese objeto inanimado que no hace absolutamente nada en toda la novela no es más que el símbolo, la horma del zapato, a cuyo lado toda la poderosa maquinaria de La Cultura no es nada.

Esta es la novela de La Cultura más ambiciosa, la cantidad de detalles e información que te arroja es impresionante; la raza galáctica más despreciable que haya pasado por un libro de ciencia-ficción (The Affront), descomunales batallas espaciales entre naves inmensas, una extraña historia de amor, la existencia de razas galácticas para las cuales el universo es sólo uno más de los estados del ser hacia la definitiva sublimación al Nirvana Cósmico, personajes que aparecen sólo para morir un par de capítulos más tarde, cambios de sexo, la cosmología del universo donde se desarrolla la Cultura (que vendría a ser como un donut que albergara infinitos donuts en su interior, por si alguien está interesado), mocosas pijas y naves, sobre todo naves espaciales, montones de naves, las niñas mimadas de Banks.

Las máquinas son los personajes principales de la novela y acaban por resultar más interesantes que los humanos, dándonos la verdadera dimensión del papel de éstos en la Cultura. Asistimos a divertidísimos intercambios de e-mails entre naves, naves de guerra sicópatas que llevan nombres tales como Sincero intercambio de ideas (1), naves marginadas (meatfuckers, bonito palabro) que manipulan los cerebros humanos y recrean gigantescos dioramas de batallas en su interior. Hasta visitamos la realidad virtual donde las Mentes se divierten, su Civilization particular; the infinite fun space (es fundamental lo que pueden llegar a hacer para combatir el aburrimiento). Y por encima de todo cómo la abrumadora inteligencia de las naves y las Mentes que las gobiernan no necesariamente las convierte en frías e implacables, sino en seres complejos, falibles, incluso débiles.

Cuando leí por primera vez Excesión me superó por todas partes. Tal y como presagia el título, exceso es la palabra. Si ya es difícil no liarse entre que es una GSV, una GCU y una GOU, o una LSV y una ROU (2), aquí la cosa llega al extremo. Todo lo que se cuenta es importante, los subargumentos se van enredando sin descanso alrededor de la trama central que va difuminándose progresivamente en una colorida textura de historias más pequeñas; incluso Banks se permite lujos tales como introducir personajes con un importante papel en el devenir de la historia pasados dos tercios de la novela. La estructura es más complicada aún (y más caótica) que en El uso de las armas y puede llegar a resultar agotadora y artificiosa, no es el libro más indicado para iniciarse en el universo de la Cultura. Pero quien se atreva con esta novela compleja hasta el delirio verá recompensado su esfuerzo con el sentido de la maravilla en su máximo esplendor, el space opera luciendo toda su majestuosa pompa. Por que todo este complicado despliegue tiene una razón de ser; el mismo Universo es exceso en su estado más puro y definitivo. Y ya lo dijo un sabio; por el camino del exceso se llega a la sabiduría.


Inversions

Después de darnos tremendos paseos a los más altísimos niveles cósmicos Banks, decide, con la clara voluntad de no repetirse y evitar rizar el rizo, bajar a realidades más mundanas y ofrecernos el punto de vista de las civilizaciones "inferiores" que toman contacto con La Cultura. Un conflicto fácilmente extrapolable a las relaciones y conflictos que las sociedades occidentales mantuvieron (y mantienten) al entrar en contacto con culturas menos avanzadas.

En Inversions los capítulos se van alternando con dos escuetos títulos. Primero The Doctor, que narra la historia de la doctora Vosill médico del Rey (de origen divino, claro está) Quience, vista a través de los ojos de su ayudante Oelph, nativo de ese mundo y que constituye un retrato entregado y enternecedor en su admiración y amor soterrado por la doctora. Y The Bodyguard, donde el guardaespaldas DeWar, se las ve y se las desea para mantener a salvo de sus numerosos enemigos al Protector General UrLeyn, figura progresista y republicana rival del Rey Quience. En ambas historias se desarrolla una trama de intrigas palaciegas de ambiente medieval sin ningún elemento de cf (aparentemente), donde ambos dos protagonistas ejercen cierta influencia en sus gobernantes y de los que adivinamos muy pronto lo que realmente son; agentes de la Cultura con puntos de vista contrarios sobre como tratar con esas civilizaciones atrasadas; la influencia benévola propugnada por la Dra. Vosill o el libre albedrío como sostiene DeWar.

De la conclusión del libro podemos extraer que la opinión de Banks coincide con la de Vosill, pero para variar, no puede evitar la ironía. Así, mientras la doctora consigue mejorar las condiciones de vida del reino donde ha trabajado, ese logro no ha deja de ser a costa de una grave pérdida emocional. Y el guardaespaldas, que no logra demostrar la veracidad de su punto de vista, pasa el resto de su vida viviendo feliz con la mujer que ama, dejándonos ante un juego de paradojas, como el dibujo del antiguo símbolo del yin y el yan. Y aquí es cuando el título cobra sentido; Inversions, reversos.

Por cierto, esta es la novela por la cual NO hay que empezar a leer la serie de la Cultura. No te vas a enterar de nada, no vas a coger ninguno de los chistes y las crípticas referencias a la Cultura te van a sonar a chino.


Look to Winward

Cerrando el círculo. Ésta podría ser muy fácilmente la última novela de la Cultura. De nuevo el título está extraído del mismo fragmento del poema de T.S. Elliot que dio título a Pensad en Flebas y de nuevo ecos de la guerra iridiana de la primera novela de la serie.

La estructura ya es muy familiar a estas alturas, tres líneas argumentales que se van alternando. La luz originada en la destrucción de dos soles con sus superpoblados orbitales incluidos (tragedia que recuerda al bombardeo de Hiroshima y Nagasaki, abundando en la comparación USA-Cultura) durante la guerra Iridiana está a punto de llegar al orbital de Masaq. Para conmemorar el acontecimiento, el núcleo del mismo orbital Masaq, que fue responsable de esta destrucción, encarga a Ziller, un compositor que ha desertado de la raza Chelgrian (una especie de tigres de seis patas), una obra musical que se estrenará en el mismo momento en el que la luz de los soles destruidos llegue al orbital. Al mismo tiempo Quilan, un militar chelgriano que ha perdido a su pareja durante la guerra de castas chelgrianas, llega a Masaq con el objeto de llevarse consigo a Ziller a su planeta de origen, además de ser el peligroso portador de otra misión secreta. Finalmente, en una aerosfera (dicho a lo bruto; una burbuja de aire grande como un planeta que flota en medio del espacio), los behemothaurs, enormes criaturas aéreas, llevan una pacífica existencia intentando llevar a cabo sus rituales de apareamiento mientras son estudiados por Uagen, un habitante de la Cultura modificado genéticamente para habitar en dicha aerosfera.

La diferencia con las anteriores entregas de la serie se nota enseguida, está en el ritmo. Lo que antes eran vertiginosas novelas de aventuras se transforman aquí en un pausado relato de tono crepuscular y melancólico marcado por los temas fundamentales del libro; el sentimiento de culpa de los supervivientes, los límites de la venganza, la responsabilidad de los actos que cometemos, la desolación ante la pérdida y la muerte y las distintas maneras de superar dicha pérdida y seguir adelante cerrando las heridas y encontrando la redención (o no). Incluso Banks se aparta de la ambigüedad de anteriores novelas, La Cultura no queda muy bien parada y queda claro que la Utopía de marras no es más que otro paso intermedio en la escala evolutiva de las civilizaciones cósmicas.

A pesar del ritmo cadencioso y que, por momentos, parece que estamos en un recorrido turístico por el orbital Masaq donde no pasa nada, la novela es entretenidísima como siempre, de un poder imaginativo deslumbrante, teñida de una hermosa luz; los escenarios de Masaq, los behemothaurs y la ecología de su planeta aéreo sólo están al alcance de la imaginación superlativa de Banks. Además comparte con Pensad en Flebas otro de esos finales que ponen un nudo en la garganta, tremendamente triste y emotivo, logrando que te emociones ante la redención de dos personajes que ni siquiera son humanos.


The State of the Art

Una recopilación de relatos relacionados con la Cultura y un par de experimentos que vendrían a ser el equivalente literario de un recopilatorio de caras B. El núcleo de la antología es el mismo que le da título; The State of the Art, donde se nos cuenta como la Cultura tomó contacto con nuestra Tierra en el 77 y uno de los tripulantes de la nave exploradora deserta y quiere vivir como nosotros, los humanos. Otro giro irónico (a nosotros humanos nos encantaría poder vivir en la Cultura, por lo menos a mí), que le sirve a Banks para examinar temas como el libre albedrío, el progreso y lo que significa realmente ser humano. Lo mejor; cuando uno de los tripulantes de la nave de la Cultura descubre La Guerra de las Galaxias y se fabrica un sable láser y todo.

Los otros dos relatos relacionados con la serie son A Gift from the Culture, donde un renegado de la Cultura es chantajeado para atentar contra una nave. Un atentado que ha de llevar a cabo con un arma de la propia Cultura. Y Descendant, un entretenido cuento sobre un miembro de la Cultura naufragado en un planeta desierto con la única compañía de su traje-mente. Los demás cuentos no pertenecen a la Cultura y van de lo divertido y original (Cleaning Up) al minicuento humorístico tipo Brown un poco tuno (Odd Attatchment) pasando por lo directamente incomprensible (Road of Skulls y Scratch).


Y eso es todo amigos. Se rumorea que se prepara un nuevo libro de la Cultura que debería caer en un par de años, pero únicamente son eso: rumores, Banks no hace planes a más de un año vista. A pesar de ello, aunque ya no haya más libros de la serie, la Cultura quedará como una de las mejores, si no la mejor space opera de la historia, la space opera que abre espacios nuevos para el subgénero, asumiendo conscientemente la parafernalia más aparatosa del género, toda la cacharrería que la mantiene en las catacumbas del ghetto, es capaz de hablar cosas que nos afectan e importan como insignificantes seres humanos perdidos en un universo inconcebiblemente vasto. Y, sobre todo, capaz de divertirnos muchísimo, porque en la diversión está la esencia de la serie de la Cultura, en propias palabras de Banks; "la creatividad es un juego lúdico, ya sea un hobby trivial o el Gran Juego de la Vida".


III. La Cultura en España

Lamentablemente, a pesar de quedar únicamente dos libros de la Cultura inéditos en España, los tres primeros, publicados por Martínez Roca se pueden adquirir únicamente acudiendo al mercado de segunda mano, siendo Pensad en Flebas bastante difícil de encontrar. Es de esperar que La Factoría, que tomó el relevo en la edición de la serie, acabe reeditando más tarde o más temprano las primeras novelas y complete la edición de la Cultura en castellano. Naturalmente en inglés se han reeditado varias veces, la última una reciente edición en rústica con solapas bastante bonita, si se manejan con el inglés atrévanse.


Consider Phlebas; 1987, Orbit Books. (Edición española de Martínez Roca; “Pensad en Flebas” 1991. Gran Super Ficción.)
The Player of Games; 1988, Orbit Books. (Edición española de Martínez Roca; “El jugador”, 1992. Gran Super Ficción)
Use of Weapons; 1990, Orbit Books. (Edición española de Martínez Roca; “El uso de las armas”, 1992. Gran Super Ficción).
Excession; 1996, Orbit Books. (Edición española de La Factoría de Ideas; “Excesión” 2004).
Inversions; 1998, Orbit Books. Inédito en castellano.
Look to Winward; 2000, Orbit Books. Inédito en castellano.
The State of the Art; 1991, Orbit Books. Inédito en castellano.

··· ··· ···

(1) Lo de los nombres de las naves en La Cultura es de echarlas de comer aparte, un reflejo del humor gamberro de Banks que impregna toda la serie. En un divertido pasaje de Look to Winward se nos explica la divertida metodología mediante la cual se les da a las naves esos nombres tan peculiares (curiosidad: los nombres de naves que aparecen en este libro originalmente fueron enviados por los lectores de The Culture, un webzine sobre Banks). Mis favoritos son; Se acabaron las contemplaciones, El tamaño no lo es todo, Pasaba por aquí y, por supuesto, Sincero intercambio de ideas.

(2) Estos son los tipos de nave que existen en La Cultura. GSV es un General Systems Vehicle, o sea, una nave monstruosa autosuficiente de kilómetros y kilómetros de largo. Si la nave no pasa de tres kilómetros y medio es una MSV (Medium Systems Vehicle). Si es ya pequeñita sería una LSV (Limited Systems Vehicle). Una GCU es una General Contact Unit.

Respecto a las naves de batalla; una GOU es una General Offensive Unit, un destructor a lo bestia. Una LOU es una Limited Offensive Unit, que es más pequeña (con su clase Hooligan, ¿mola o no mola?). Y finalmente una ROU es una Rapid Offensive Unit que sería una especie de caza y que incluye las dROU (demilitarized Rapid Offensive Unit) con sus diversas clases, de nombres tan sonoros como; Abominator, Psycopath, Inquisitor, Killer, Torturer... También habría que incluir superlifters y naves menores de diversas clases pero ya paso porque esto está empezando a quedar demasiado friki (lo siento, no he podido evitarlo).

24 enero 2006

La Cultura, muerte y resurrección de la space opera (II).

II. Las novelas

Pensad en Flebas (Consider Phlebas)

La novela que da comienzo presentándonos a su protagonista cubierto de mierda hasta el cuello (literalmente) como si fuera una sutil metáfora de lo que le espera. Y a partir de ahí las cosas no hacen sino empeorar…

En este primer título de la serie Banks emplea el patrón clásico de la novela de aventuras espaciales que seguro les suena. Una gran guerra cósmica entre dos fuerzas enfrentadas: La Cultura (humanoides buenos) contra los Idiranos (unos bichos fanáticos). Inmersos en este clásico escenario spaceoperístico seguimos las aventuras de un agente secreto, Horza, un humanoide capaz de cambiar de forma que trabaja para los Idiranos y que con la ayuda de unos mercenarios intenta recuperar una Mente perdida de la Cultura con la que conseguir alguna ventaja en la guerra. La primera en la frente; Banks se molesta en crear toda una civilización utópica y en el libro de presentación la vemos a través de los ojos del enemigo.

Pensad en Flebas podría ser el ideal platónico de la novela de aventuras galácticas que explota alegre y desvergonzadamente todos los tópicos del género; si vas a hacer una space opera hazlo a lo grande y con todas las consecuencias. Banks te da todo lo que esperas y más, espectáculo sin límites de presupuesto y cuanto más grande, mejor; barcos gigantes, batallas de naves dentro de naves de kilómetros de largo, grandes dosis de exotismo á la Vance, destrucción masiva a todos los niveles... Aventuras, diversión, humor perverso, incluso un toque macarra a lo "travesura de chicos". Es tan divertida como tener diez años y pasarse una noche con los amigotes en un hipermercado de juguetes (con pastelería) para acabar rompiéndolos todos, tan divertida que seguro que tiene carretadas de defectos de los que soy incapaz de darme cuenta cuando la leo porque estoy demasiado ocupado pasándomelo en grande. Es la película de aventuras en el espacio que siempre quisiste ver. Pero…

Como ya veremos, los títulos de la serie de La Cultura no están puestos al buen tuntún y en este caso menos. Pensad en Flebas (Consider Phlebas en el original), pertenece a un verso de The Wasteland [1], la famosa obra de T.S. Yeats sobre el desastre de la I Guerra Mundial (entre otras cosas), lo que nos da una pista de por donde van a ir los tiros, nunca mejor dicho. Flebas era un orgulloso marino fenicio que acabó por morir ahogado muy joven, un símbolo de la fugacidad de lo que ahora es altivo, vigoroso y bello. Al acabar la novela reconoceremos a Flebas en la civilización Idirana, la misma Cultura o en nosotros mismos y en el ruido y la furia que vamos dejando a nuestro paso en un universo indiferente (en el epílogo, después de apabullarnos con las mastodónticas cifras de la guerra Iridiana, se nos aclara que fue una guerra breve y de poca importancia en el orden cósmico de las cosas).

Este tema de la futilidad se repite a escala más pequeña en la historia de Horza, la historia de una lucha desesperada por llevar a cabo una misión por puros principios, luchando por lo que uno cree (porque Horza está en el bando de los “malos”, pero es un "malo" con firmes principios). Hasta el punto de sacrificar aquellos a quienes ama. Y al final, esa misión se revela inútil, sin sentido, incluso absurda. Uno de los finales más emotivos que he leído y que te deja helado en el sitio, porque Banks, después de habernos entretenido con baratijas y golosinas, descarga el golpe brutal que venía preparando astutamente, frustrando todo lo que el aficionado a la space opera espera. Sí, nos lo hemos pasado muy bien con los juguetes, pero al final la realidad está ahí, tozuda, imparable como un tren de millones de toneladas de acero lanzado a toda velocidad contra nuestra cara, triturando los sueños de una infancia que al final se revelan falsos y desoladores. Porque Pensad en Flebas es una canción de amor a la space opera pero también un epitafio para comenzar de nuevo.


El jugador (The Player of Games)

Una vez liquidado el trámite de hacer tábula rasa con la space opera, Banks ya es libre para comenzar con su particular visión del subgénero. Así que, después de haber contemplado la Cultura desde fuera nos sumergimos plenamente en ella, tratando un tema muy querido por Banks; los juegos. En concreto las estructuras políticas y económicas, las relaciones sociales y de poder contempladas como un conjunto de reglas que podrían considerarse como el juego definitivo y supremo.

El jugador más grande de la Cultura, Jernau Gurgeh, aburrido de su éxito y sufriendo cierta alienación respecto a sus contemporáneos, es invitado por Contacto a participar en un torneo de Azad, el juego nacional del Imperio de Azad, un juego tan complejo como la vida misma, que vendría a ser un Civilization [2] a lo bestia y que uno no tiene muy claro si es el Imperio el que ha creado el juego o si es el juego el que da forma al Imperio como la coincidencia de nombres indica. El ganador de dicho juego se convertiría en Emperador, vamos, como las elecciones pero más divertido. Así, seguimos a un Gurgeh a través de sucesivas partidas-enfrentamientos, asistimos a los tejemanejes de la Cultura y vamos descubriendo las sucesivas manipulaciones que sufre Gurgeh y nosotros mismos como lectores hasta el apoteósico final. Y nunca tenemos claro quién es el Jugador del título; si Gurgeh, el dron que le acompaña, Contacto o el mismo Banks.

En esta novela Banks "echa el freno" a las habituales aventuras desenfrenadas de otras novelas y nos ofrece quizá el título más sólido de la serie y el que constituye la favorita para la mayoría de los fans. Huye de fuegos artificiales, tanto de parafernalia spaceoperística y espectáculo como de estructura y forma, y el argumento enseguida adquiere una dirección muy clara (al contrario de lo que sucedía en Pensad en Flebas, construida a base de varias mini-aventuras hilvanadas alrededor de un leve mcguffin [3]). Por supuesto, es adictiva, divertidísima, brillante y derrocha imaginación, incluso alberga toques de crítica social; Banks enfrenta de algún modo a su Cultura (la utopía colectivista) contra un Azad reflejo de los valores de la Inglaterra thatcheriana vigente en la época de redacción de la novela, en un literario y curioso ejercicio de ajuste de cuentas político.

Definitivamente ésta es la mejor novela para iniciarse en la serie de la Cultura si no quieres o no puedes leerlas cronológicamente. Si no te gusta El jugador no te va a gustar ninguna.


El uso de las armas (Use of Weapons)

Esta es una de esas novelas que son la pesadilla de un crítico con escrúpulos, ese tipo de obras que albergan en su interior un secreto que va desenrollándose lentamente, alrededor del cual orbita toda el argumento que queda condicionado completamente y que, por supuesto no se puede contar, porque la estructura narrativa es como recorrer un laberinto con esa sorpresa esperando a la salida.

El uso de las armas trata sobre eso mismo; las armas, todo tipo de armas, desde su mismo protagonista, Cheradenine Zakalwe, un mercenario empleado (más bien "usado", ¿lo cogen?) por Circunstancias Especiales, hasta una silla, pasando por un destructor, una riada, un dron o palabras que pueden hacer más daño que un misil cuchillo. Es la novela más compleja de la serie con la excepción de Excesión. Su estructura es de una cuidada y cerebral construcción que ya de por sí acaba con un Prólogo que da nuevo significado a todo lo que habíamos leído hasta entonces.

En la estructura narrativa se van alternando dos historias que en un principio no tienen mucho que ver entre sí hasta que no ha transcurrido buena parte del libro; una principal que va de presente a futuro en el tiempo narrativo protagonizada por Dziet Sma, una componente de Circunstancias Especiales cuya misión es encontrar a Cheradenine Zakalwe, antiguo mercenario al servicio de la Cultura actualmente en paradero desconocido, con el objeto de que convenza a Tsoldrin Beychae, un político antiguo amigo de Cheradenine para que vuelva a la actividad y así evitar una guerra civil en el sistema Voerenhutz (este es quizá el talón de Aquiles de la novela, un mcguffin tan flojo que queda demasiado claro que importa un bledo). Intercalada con esta trama Banks despliega otra, que va remontando la corriente temporal narrativa de presente a pasado y que nos relata diversos episodios bélicos sufridos por Cheradenine, cansado y aburrido de la guerra, de las intrigas y manipulaciones de CE y de la vida misma, a la vez que nos va iluminando sobre su pasado, su familia y el horror que le produce la visión de una simple silla...

Ambas líneas argumentales colisionan en un momento cumbre; la resolución del misterio de la silla, no apto para estómagos débiles. Es la piedra maestra que sostiene la novela, que da la verdadera dimensión del personaje de Cheradenine. Además, dos codas finales rematan la historia, dejando abierta la interpretación de la novela: como la historia de Cheradenine puede o no afectar a Sma y si el mismo Cheradenine queda libre o no de la carga de su pasado.

Una curiosidad; este libro estaba escrito a mediados de los setenta pero resultaba aún más complejo. Ken McLeod lo leyó y le sugirió a Banks esta estructura, situando la sorpresa al final y no a mitad de la novela como Banks tenía pensado. Me hubiera gustado leer lo que Banks define como "una estructura imposible de comprender a no ser que seas capaz de pensar en seis dimensiones".

(continuará...)

··· ··· ···

[1] En concreto, los versos donde aparece el título de la novela son éstos:

Gentile or Jew
O you who turn the wheel and look to windward,
Consider Phlebas, who was once handsome and tall as you.

[2] Civilization es el clásico juego de estrategia creado por el legendario programador Sid Meier para PC (creo que originalmente era un juego de tablero) que consiste en, tal y como dice el título, establecer tu civilización desde la primera chabola hasta llegar a las estrellas, administrando tus recursos militares, económicos, políticos y científicos en constante competición con otras civilizaciones a las que hay que machacar sin piedad. Es altamente adictivo (a quien no le han dado las siete de la mañana bombardeando termonuclearmente a sus odiados enemigos) y directamente, una obra de arte. Banks es fanático del Civilization II en concreto, aunque supongo que a estas alturas habrá actualizado a la última versión, Civilization IV.

[3] Un mcguffin es un recurso de argumento utilizado para hacer avanzar la trama y que no tiene demasiada importancia en el devenir de la misma, porque podría ser intercambiable; tanto encontrar un tesoro como salvar a una princesa o tirar un anillito a un volcán.

19 enero 2006

La Cultura, muerte y resurrección de la space opera (I).

Hace algún tiempo, en la extinta web de Cyberdark se preparaba un artículo de portada sobre la nueva space opera británica que empezaba a desembarcar en el panorama editorial de entonces: Iain M. Banks, Alastair Reynolds, Ken Macleod… Como servidora iba tirándose el pisto por los foros sacando pecho de que me había leído la serie de la Cultura de Iain M. Banks completita y en espiquinglis, Nacho, el sufrido coordinador de los artículos de portada de Cyberdark, me dio la oportunidad de escribir una guía de lectura sobre dicha serie para el especial (y de paso divertirme muchísimo releyendo, repensando, investigando, plagiando y escribiendo sobre una de mis sagas de ciencia ficción favoritas).

Lamentablemente, la página cerró y dicho especial quedó en el aire. A pesar de los esfuerzos de Nacho para que el artículo no se perdiera y pudiera aparecer en alguno de los herederos que el estallido de la nova naranja había creado, (incluso movió el texto para que saliera en alguna revista impresa), la cosa no pudo ser. Releído ahora me decido a colgarlo aquí con la convicción de que no es un artículo demasiado horrible (aunque no he podido evitar reescribirlo en parte), alberga un par de reflexiones que no están desacertadas del todo y puede ser de interés para el fan de la serie en particular o la space opera en general. Lástima que las primeras novelas estén descatalogadas sólo encontrables en el mercado de segunda mano, esperemos que La Factoría, que continúa insistiendo con Banks, logre editar completa la serie al fin.



I. Introducción

Normalmente cuando el lector ajeno a la ciencia ficción contempla, lee o escucha alguna referencia al género, seguro que lo primero que se le viene a la cabeza son batallas entre naves espaciales, imposibles haces de láser resplandeciendo en el vacío y fanfarrias imperiales de fondo. Podemos explicarles pacientemente que la cf es mucho más que eso, podemos hablar de las ucronías, las distopías, el hard, el soft, la niú güeif, el saiberpún y lo que haga falta, pero en el subconsciente colectivo del resto de la humanidad no fandomita en lo primero que piensa cuando piensa en cf es en La guerra de las galaxias. O sea, en la space opera. Y es que la denostada space opera es, para qué nos vamos a engañar, epítome y estigma pulp, el género emblemático, el desiderátum ya de la cf, con sus desenfrenadas aventuras espaciales, sus escenarios deslumbrantes y su melodrama épico. Y sobre todo es el lugar donde se destila el sentido de la maravilla en su estado más puro, esa sensación adictiva que nos convirtió en aficionados a la mayoría y que nos hace volver una y otra vez a las estanterías donde pone “ciencia ficción”. En fin, una más de esas aficiones que se vienen arrastrando desde la infancia.


Iain M. Banks era uno de estos aficionados, criado entre lecturas de Heinlein, Vance y Bester, hasta que en 1974 decide emular a sus ídolos pergueñando las las aventuras de Zakalwe, la figura trágica de un mercenario socarrón y cabronazo contratado por “los buenos” para limpiar atascos en las cloacas de la alta política intergaláctica. Banks, a la hora de dotar de un transfondo político y social a la parte contratante, decidió por enfocar el asunto desde una óptica de izquierdas, retorciendo los elementos característicos de la space opera con el objeto de llevarlos al terreno de sus preocupaciones como escritor. Optó por darle una vuelta de tuerca a la tendencia clásica de contemplar el futuro distante de la space opera como una proyección simplista del mundo tal y como era en la época. Así que, en vez de crear un universo poblado de recios cadetes espaciales de nombres anglosajones al servicio de Federaciones o Repúblicas de carácter inequívocamente norteamericano, tendríamos uno lleno de anarco-hedonistas de nombres exóticos y retorcidos que vivirían en la Utopía, la civilización ideal en el que le gustaría vivir; La Cultura. Renovando de paso la space opera, en la que inocula dolorosas dosis de realidad mediante esa inyección letal llamada Pensad en Flebas, bofetada que despierta dolorosamente a los más infantilizados fans del subgénero de un dulce sueño de aventuras irresponsables. Y una vez cometido el crimen sólo queda aprovechar el cadáver como fértil humus de donde extraer nueva vitalidad para que la space opera creciera fuerte y vigorosa de nuevo, con cosas que decir más allá del mero entretenimiento escapista.

¿Y qué es la Cultura?. En el fondo, la Cultura no es sino otra variante del sueño maquinista. O sea, cómo usar la tecnología y los recursos sin fin que ofrece el espacio para crear una sociedad anarquista, igualitaria y colectivista en la que no exista la explotación de humanos o máquinas por otros humanos o máquinas. En la Cultura todo es libre (y gratis), las Máquinas (en este caso las Mentes, unas IAs autoconscientes y con status de ciudadanos libres) se encargan de cubrir todas las necesidades de sus habitantes administrando un sistema económico perfectamente planificado en una situación casi de simbiosis con los ciudadanos humanos. Y según vas leyendo las novelas de la serie te vas dando cuenta de que son precisamente las máquinas las que toman las decisiones y manejan el cotarro mientras los humanos viven inmersos una fiesta infinita. Pero una fiesta a lo grande, donde se nace perfeccionado genéticamente, la población habita naves inmensas de kilómetros de largo o inmensas estructuras que orbitan en el espacio (los, ejem, orbitales) y que proporcionan millones de kilómetros útiles sin tener que estar atados a un planeta, cosa vista como un poco pasada de moda y de civilizaciones atrasadas. Una civilización en la que puedes llegar a vivir más de cuatrocientos años con todos los placeres a tu alcance, todo tipo de drogas son generadas por las glándulas de tu propio cuerpo o puedes pasarte la vida en mundos virtuales virtual donde hacer reales tus fantasías por extrañas que sean. Donde puedes cambiar de sexo o aspecto cuando y como quieras. Incluso de la que puedes marcharte si ya te ha aburrido. Y en el que no existen las leyes, en caso de haber cometido algún delito de sangre, se te deja de invitar a las fiestas (vergüenza gravísima para un habitante de la Cultura). En definitiva, una sociedad que permite la total libertad a sus habitantes para escoger su vida. Irónicamente esta Dictadura del Robotariado quizá sea la razón por la cual el resultado es algo muy cercano a la Utopía, una civilización racional y humana en vez de una distopía de pesadilla, que es lo que ocurre cuando los seres humanos ponemos en marcha sociedades ideales.

De modo que los habitantes de la Cultura llevan una vida mimada. Pero eso no quiere decir que no existan conflictos ni zonas oscuras como iremos viendo según la serie avance y nuestra percepción de la Cultura evolucione. Una de las fuerzas fundamentales que mueven a la Cultura como sociedad son las Buenas Acciones (la otra es la pura diversión). Tal y como se explica en Pensad en Flebas, un sentimiento mezcla de mesianismo y culpabilidad por el bienestar del que goza, impulsa a la Cultura a tutelar civilizaciones inferiores (extrapolación de un sentimiento/neurosis muy típico de la sociedad occidental y el pensamiento progresista actual). Mediante Contacto, la agencia encargada de estos asuntos, se mantiene una influencia discreta y, en principio, benéfica, sobre diversas sociedades “atrasadas”. Influencia que, como va descubriendo el lector, incluye técnicas de eficacia contrastada tales como la manipulación, las mentiras, el chantaje y el asesinato de masas si hace falta (de ahí la afirmación del propio Banks acerca de que los conflictos en la serie de La Cultura son, predominantemente, más de tipo ético que meras crisis de supervivencia). Y para moverse por estas cloacas de la alta política interplanetaria existe Circunstancias Especiales, los servicios secretos de Contacto. Y si no fuera por Circunstancias Especiales no habría libros sobre la Cultura. Ni tendrían la mitad de gracia, claro está.

Así que sobre este esplendoroso escenario galáctico se desarrollan las historias de la Cultura, donde, a pesar de todo, tienen más importancia las cosas que les ocurren a las personas que los acontecimientos a escala cósmica. Porque Banks tiene muy claro que las grandes historias las protagonizan esas mismas personas, aunque lleguen a los cuatrocientos años de edad o tengan forma de maletín y floten en el aire. De esto se trata en la serie de la Cultura, de personas. Y de los libros, de los que hablaremos en el siguiente capítulo.

16 enero 2006

Tebeos que me convirtieron en lo que soy: Adiós Palomar mío...



Iniciamos sección aleatoria (que durará hasta que me dé un aire y me tire otros cuatro meses sin actualizar) para hablar de esos tebeos que me han convertido en el desastre vital que soy. Tebeos que me obsesionaron durante temporadas enteras, que leía y releía hasta casi desintegrarlos en épocas chungas o divertidas. O en tardes de plomo donde encontraba en esos tebeos un extraño consuelo, o disfrutados durante infinitos veranos infantiles que parecían no acabar nunca. No son tebeos que escoja por su calidad, algunos son muy buenos, otros no tanto, otros serán detestables. Sin embargo significan mucho para mí, y eso, que contribuyeron a (de)formarme irremediablemente.

"Palomar, donde los hombres son hombres y las mujeres necesitan sentido del humor"
- Carmen

Y comenzamos con la monumental Palomar de Gilbert (alias Beto) Hernández, aprovechando la reciente edición en castellano del tocho de quinientas páginas editado el año pasado por Fantagraphics que recopilaba la obra magna de Beto publicada en Love and Rockets.

Love and Rockets (la revista) es algo así como La Biblia del cómic independiente al que definió durante muchos años y que fue imitada hasta la saciedad (amos, como le pasa a Chris Ware ahora). Escrita y dirigida a pachas por los Hermanos Hernández (Beto y Jaime, con una breve colaboración de Mario) aunaban espíritu punk y callejero, estética fifties, ciencia ficción pulp (al principio), una considerable herencia chicana, amor por Gabriel García Márquez y un considerable bajage de lecturas tebeísticas, desde Kirby hasta Crumb pasando por Kurtzman o los tebeos de Archie y Daniel el Travieso. Enviadas las primeras muestras a Gary Groth, el irascible mandamás de la editorial Fantagraphics y The Comics Journal, la revista de crítica (algo así como el azote y pesadilla elitista de los superhéroes en USA), éste decidió publicarles el tebeo, que cimentó, el posterior desarrollo de la editorial (bueno, más bien cimentó la dirección artística, que el dinero lo ponían los beneficios que Fantagraphics obtenía y obtiene de los comix porno). Sacando de paso al underground USA de la resaca que arrastraba desde mediados de los setenta, a la vez que ejerciendo la ya comentada influencia decisiva en el underground posterior que todo el mundo pasó a llamar indie* (como apunte destacar que el misímisimo Daniel Clowes comenzó a publicar bajo la égida de Jaime Hernández).

Después de unos primeros números en los que Beto se entretenía con una insustancial aventura de cf serie B (BEM) y Jaime arrancaba con sus Mechanix, divertido culebrón punk de ciencia ficción, la cosa empezó a tomar forma. Beto inauguraba su grandiosa saga palomariana con Sopa de Gran Pena donde comienza el tebeo-río coral sobre el pueblo mexicano imaginario de Palomar y sus habitantes, ese Macondo personal de Beto donde se desarrollan anécdotas e historias de una infancia que supondríamos cierta si no supieramos que los Hernández se criaron en los suburbios de L.A. Jaime me gustaba a rabiar y un lector de L&R post-adolescente que no se enamorara de Maggie o Hopey es que no tenía sangre en las venas ni gota del romanticismo memo-pajeril que se ha de tener a esa edad donde idealizas a todas las mujeres. Pero lo de Palomar era algo especial.
Mucha gente no le encuentra la cacareada genialidad a Beto, cosa comprensible si recordamos que, de su obra, lo único encontrable por aquí hasta hace poco han sido sus indigestas Río Veneno y Be bop a Luba, dos prestigiosísimos y premiados mazacotes que cuestan Dios y ayuda leerse, extrema barroquización de su estilo, que auna el realismo mágico con el culebrón sudamericano, el melodrama méjicano de Emilio Fernández (Luba, el personaje casi central de la serie parece moldeada sobre los rasgos de una Sofía Loren que interpretara un personaje de María Félix) y hasta la denuncia social, un batiburrillo que hasta entonces no se había visto en un tebeo. Su dibujo caricaturesco no ayuda precisamente (encima comparte revista con uno de los mejores dibujantes del planeta, su hermano Jaime). Torpe y desmañado en los peores momentos, llega a eficaz en los mejores, siendo su fuerte la expresividad de sus personajes y el dinamismo que a veces imprime a la narración. A favor tiene la teoría de la chica fea pero simpática: se lee muy bien. No voy a decir que sea un gran narrador técnicamente hablando, prescinde de toda virguería y experimentación y es hasta pedestre a ratos. Pero es un gran contador de historias valga la contradicción, sus tebeos son muy sencillos de leer, hasta el punto que llega un momento en que su dibujo se convierte en invisible, no hay nada entre los personajes y nosotros y parece que, más que leer sobre sus vidas, las estamos espiando.

Pero a pesar de todos estas pegas quien se acerque a Palomar entenderá que la fama de Beto no es cuestión de ciencia infusa ni conspiración de una élite de snobs, su magia está al alcance de cualquiera. Leyendo estas maravillosas, ligeras, poéticas, divertidísimas y adictivas primeras historietas uno se da cuenta fácilmente donde reside su fuerza creativa, la que da impulso a sus historias; los personajes. Beto, como los buenos folletinistas o libretistas de culebrón, es un auténtico maestro en el tratamiento de personajes, dotado con una habilidad especial para convertirlos en seres con vida propia, de una personalidad muy definida. Llegas a pensar que cuando cierras el tebeo ellos siguen adelante con sus vidas. Son esos personajes a los que no puedes evitar coger un cariño especial, tener tus favoritos, preocuparte por lo que les pasa, por lo que sienten y por su destino. Y si lograr esto no es magia creativa, no se ya lo que es. Y los niños de los tebeos de Beto son los mejores niños del mundo mundial.

Y esto es más o menos lo que sentía yo después de descubrir a Beto en "El Víbora". En una época difícil, de esa soledad casi absoluta que se siente cuando uno está rodeado de gente con la que se ha dado cuenta que ya no tiene nada en común, mi único alivio entonces era leer y leer sobre otras vidas, hasta que me atreviera a decidirme sobre la mía. Cuántas veces me habré releído mi historia favorita de Beto de entre muchas historias maravillosas, la fantástica e incomparable Por el amor de Carmen. O aquel Human Diastrophism otro momento cumbre, sensacional historia de crímenes perpetrados por un psicópata en Palomar, potente reflexión sobre el arte, el amor y la muerte en un ambiente agobiante, sudoroso, extraño y oscuro. Es también la historia mejor dibujada de Beto, que hasta se permite experimentar un poquito con la narración y el dibujo. Y de un final absolutamente mágico, surrealista, tristísimo. No recuerdo cuánto tiempo me quedé contemplando aquella página final, las cenizas de Tonantzín convertidas en nieve tibia cayendo sobre Palomar.

Me gustaba pasar las tardes del sábado rebuscando como un loco por el triángulo de las Bermudas de las tiendas de tebeos aquellas Historias completas de El Víbora para devorarlos de camino a casa en el 147, mí linea de autobús favorita (sí también tengo líneas de autobús favoritas. La 9 desde la Prospe hasta Sevilla también mola bastante). Eran unos tebeos que todavía conservo amarronados y desgastados de tanto leerlos y dejarlos (sin mucho éxito la verdad). Recuerdo no poder resistir la tentación de comprar tebeos sueltos del Love & Rockets americano que veía de vez en cuando (en aquella época no había internete y a mí lo del Previews me sonaba a chino), incapaz de soportar el ansia de saber que pasaría con mis personajes favoritos, a los que veía envejecer lentamente a saltos, mientras la trama se alimentaba de otros intérpretes y otras historias que ya apenas podía comprender. Era tal mi fanatismo por Beto que me atizé Cien años de soledad de un tirón únicamente por Palomar y aquel charlón de Heraclio poniendo la obra de García Márquez por las nubes.

Lamentablemente, a partir de Human Diastrophism, llegó la decadencia. Como si se hubiera vaciado, Beto se empeña en rizar el rizo, enredando sus historias para acabar enfangando al lector en culebrones apenas legibles. Culebrones tan pasados de rosca como Río Veneno, llenos de mujeres que se metían picos entre los dedos de los pies, tetonas con pollas gigantes y argumentos cada vez más espesos y liosos, como si se tratase de una una especie de vuelta de tuerca a los tópicos de culebrón llevados al extremo (una cosa como lo de Sin City de Miller y el género negro pero todavía más coñazo). La siguiente miniserie Be-bop a Luba ya ni la pude acabar de leer. Y confieso que no quiero acercarme a la obra de Beto posterior al cierre del primer volumen de Love and Rockets.

Y ahora sería el momento ideal para insertar un momento nostálgico sobre ese Palomar en la memoria y blablablabla. Pues no, porque recién releídos ahora los dos volúmenes de Palomar, aparte de ser un bonito recuerdo de una época triste (quizá uno de los pocos recuerdos bonitos de entonces), continúa manteniéndose como un tebeo vigoroso, lleno de ganas de vivir, de sufrimiento, de alegría, de personajes intensos y palpitantes, un tebeo sobre nosotros. Y que me sigue diciendo muchas cosas sobre el amor, la vida y las relaciones humanas muy distintas a las de aquellas primeras lecturas, pero que siento todavía más reales y verdaderas que las de entonces, porque ahora son las mías. Por el amor de Carmen se lo juro.

Palomar, volúmenes I y II.- Beto Hernández. La Cúpula, rústica, b/n.
Río Veneno.- Beto Hernández. La Cúpula, rústica, b/n.


* Esto de indie es abreviatura de "independiente", vamos, hecho al margen de las discográficas, productoras fílmicas o editoras de tebeos más importantes y masivas. Yo odio la puta palabreja de marras, que a estas alturas no es más que una etiqueta más para la oportuna comercialización a un segmento de público muy definido de lo que en un tiempo era arriesgado e incluso subversivo; el paso definitivo en la domesticación de lo que era el underground (sí, sí, ya sé que hay muchas excepciones, pero...). Y no me mencionen lo de alternativo que entonces sí que me enciendo...

12 enero 2006

La oficina siniestra



Hacía tiempo ya que no me pasaba por aquí, tanto que casi ni me acordaba de la contraseña. En fin, esto es por si aún queda alguien allá fuera...

Si en algo han supuesto una revolución (pequeña, claro) los malvados programas peer to peer es que nos posibilitan una forma nueva de ver televisión. Ahora que ya por fin han dividido la tele en dos, la morralla que es gratis para la chusma sin recursos y la de pago para la élite donde uno ya puede ver las películas, series y documentales que le echen, surge una tercera vía para los pringadetes que nos movemos entre la chusma y la élite; internet.

Sumamos a esto el renacer de las series de televisión (USA y británicas claro, porque seguir tirando de Esteso y Pajares como hacen Los Serrano, Aída o El Comisario pues...) y ya puede usted cómodamente en casa programarse a gusto la semanita. Va a su foro de p2p favorito y ahí tiene recién calentitos el último episodio de Perdidos, de Roma, de Spaced, de lo que haga falta, hasta de clásicos como El prisionero o aquella miniserie basada en el Tinker, Tailor, Soldier, Spy de Le Carré y protagonizada por Alec Guiness que tan feliz me ha hecho revisar. Y con subtítulos creados por abnegados fans (aunque haya alguno más voluntarioso que otra cosa como los perpetradores de los subtítulos de Roma. Aunque viendo el doblaje no sabe uno a qué quedarse...). En fin, todo lo necesario para convertir a la caja tonta en algo útil, placentero, hasta divertido.

El caso es que ya cualquiera está a lo último que ha sacao la HBO, la FOX o la BBC, toma globalización guapa. Ya podemos hacernos los listos recomendando esa serie tandeputamadre que no ha visto nadie, es un cachondeo, un sindiós, un caos en suma en el que no voy a ser menos, vaya que no. Así que como un buen advenedizo yo también les recomiendo mi serie de la temporada; The Office, de la BBC (muy por encima de Roma, con perdón de Spaced, pero por debajo de Perdidos, la serie que ejerce una extraña fascinación en mí. Pero como Perdidos se la sabe de memoria todo el mundo pues mejor se informan en alguno de los múltiples foros surgidos al calor de la serie).

Pero primero divaguemos un rato. Ya sabrán los más veteranos, las comedias británicas eran series reinas, prestigiosas y con marchamo de calidad de la tele en los setenta (Un hombre en casa, Los Roper, Auge y caída de Reginald Perrin, Éstas no son las noticias de las nueve, etc, etc. Bueno, también estaba Benny Hill) hasta que Bill Cosby y las series americanas impusieron su ley. Un breve florecimiento en los ochenta de mano de los canales autonómicos y Canal + (Alló, Alló, Sí, primer ministro, Enano Rojo, The Young Ones, B´stard, La pareja basura y varias que se me olvidan) del que sólo sobrevivió el repetitivo Mr. Bean, que también ha acabado desapareciendo ante el empuje de la floreciente y pujante industria española de las series de humor más fino (risas enlatadas).(*)

Así que en justa contrapartida por quitarnos los fondos europeos de compensación, lo del cheque británico y lo de Trafalgar, poco a poco las teles españolas dejaron de emitir las series que se iban produciendo en la Pérfida Albión. En España producto español, como está mandao. Gracias a dios, como decía antes, el p2p ha remediado la situación y ya pueden disfrutar ustedes de lo mejorcito de la industria inglesa en cuanto a series, como la susodicha The Office de marras.

The Office continúa la venerable tradición de series británicas de humor de toda la vida pero con un envoltorio moderno, con aspecto de documental cámara al hombro en plan Dogma95 (algo bueno tenía que salir de Von Trier y su panda, ¿no?). No hace falta aclarar que la acción se sitúa en una pequeña mediana empresa papelera inglesa de una ciudad también mediana y gris. Un escenario agradecidísimo para la comedia como sabrá cualquiera que haya fichado alguna vez en su vida (que se lo digan a los de Camera Café), pero también para el drama y la amargura. Así, el primer episodio, la tradicional presentación de personajes, descoloca un poco, el final es abrupto, duro, de mal rollo, como de chiste muerto. Pero la visión de los demás episodios no deja lugar a dudas, la serie sigue los parámetros de la comedia británica de siempre; sarcasmo, humor negro, asco vital, sátira salvaje y unos cuidados personajes donde descansa la trama de cada episodio.

Así, el personaje principal, David Brent, es el típico jefe que quiere parecer enrolladete y gracioso y no es más que un cabronazo con preocupantes ramalazos de infantilismo, egoísta y con urgente necesidad de una vida al margen del curro. Un personaje maravillosamente interpretado por Rick Gervais, digno heredero del enorme Señor Roper. Su mano derecha es Gareth, un pelota cretino ex-soldado amante de las armas, con ínfulas de jefe e incapaz de relacionarse con las chicas que también nos retrotrae al gran Arnold Rimer, el holograma de Enano Rojo, pero con un toque de mal rollo. Y el vértice del armazón es Tim, el punto de vista del espectador, un comercial que aún mantiene la cordura pero que va quemándose poco a poco, como una mecha lenta, en un puesto de trabajo aburrido, deshumanizado y estúpido pero que, por mucho que lo pretenda, nunca tendrá la valentía de abandonar.

La plantilla se completa con la secretaria, la becaria, el etetero (currante de ETT), los ejecutivos idiotas y demás fauna que pulula por esas oficinas de Dios, moviéndose en un ambiente triste y cutre como sólo Inglaterra puede ofrecer (y lo sé porque lo he vivido); del curro al pub, del pub a casa, de casa al curro, presos de una mansa desesperación. En fin como balance quedan dos temporadas y un especial Navidad, numerosos premios y la primera serie extranjera que entró a competir en los Globos de Oro americanos. Pero esto como que nos la suda, ¿no?. Eso sí, tengan cuidado que rula por ahí una versión americana que a lo mejor no esta mal pero que no es lo mismo sin ese acentillo británico tan entrañable. Y próximanente nueva serie de los creadores de The Office con Rick Gervais al frente; Extras.


(*) Uno comprende en toda su crudeza el principio de entropía (o sea, que todo va a peor irremediablemente) cuando repasa la evolución de las series de humor de la tele... Teníamos a Los Roper y nos pusieron Benny Hill. Cuando ya hasta nos molaba Benny Hill llegó Bill Cosby. Cuando ya babeábamos lobotomizados frente a series de familias americanas o amigos americanos con loft llegó Farmacia de guardia. Cuando resignadamente sufríamos las series españolas entre sonrisas cansinas de mansa desesperación llegaron las directamente oligofrénicas como Médico de familia. Y ya cuando andábamos a punto de cortarnos las venas nos clavan Los Serrano, ¿qué será lo próximo?.