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la estación fantasma

19 enero 2006

La Cultura, muerte y resurrección de la space opera (I).

Hace algún tiempo, en la extinta web de Cyberdark se preparaba un artículo de portada sobre la nueva space opera británica que empezaba a desembarcar en el panorama editorial de entonces: Iain M. Banks, Alastair Reynolds, Ken Macleod… Como servidora iba tirándose el pisto por los foros sacando pecho de que me había leído la serie de la Cultura de Iain M. Banks completita y en espiquinglis, Nacho, el sufrido coordinador de los artículos de portada de Cyberdark, me dio la oportunidad de escribir una guía de lectura sobre dicha serie para el especial (y de paso divertirme muchísimo releyendo, repensando, investigando, plagiando y escribiendo sobre una de mis sagas de ciencia ficción favoritas).

Lamentablemente, la página cerró y dicho especial quedó en el aire. A pesar de los esfuerzos de Nacho para que el artículo no se perdiera y pudiera aparecer en alguno de los herederos que el estallido de la nova naranja había creado, (incluso movió el texto para que saliera en alguna revista impresa), la cosa no pudo ser. Releído ahora me decido a colgarlo aquí con la convicción de que no es un artículo demasiado horrible (aunque no he podido evitar reescribirlo en parte), alberga un par de reflexiones que no están desacertadas del todo y puede ser de interés para el fan de la serie en particular o la space opera en general. Lástima que las primeras novelas estén descatalogadas sólo encontrables en el mercado de segunda mano, esperemos que La Factoría, que continúa insistiendo con Banks, logre editar completa la serie al fin.



I. Introducción

Normalmente cuando el lector ajeno a la ciencia ficción contempla, lee o escucha alguna referencia al género, seguro que lo primero que se le viene a la cabeza son batallas entre naves espaciales, imposibles haces de láser resplandeciendo en el vacío y fanfarrias imperiales de fondo. Podemos explicarles pacientemente que la cf es mucho más que eso, podemos hablar de las ucronías, las distopías, el hard, el soft, la niú güeif, el saiberpún y lo que haga falta, pero en el subconsciente colectivo del resto de la humanidad no fandomita en lo primero que piensa cuando piensa en cf es en La guerra de las galaxias. O sea, en la space opera. Y es que la denostada space opera es, para qué nos vamos a engañar, epítome y estigma pulp, el género emblemático, el desiderátum ya de la cf, con sus desenfrenadas aventuras espaciales, sus escenarios deslumbrantes y su melodrama épico. Y sobre todo es el lugar donde se destila el sentido de la maravilla en su estado más puro, esa sensación adictiva que nos convirtió en aficionados a la mayoría y que nos hace volver una y otra vez a las estanterías donde pone “ciencia ficción”. En fin, una más de esas aficiones que se vienen arrastrando desde la infancia.


Iain M. Banks era uno de estos aficionados, criado entre lecturas de Heinlein, Vance y Bester, hasta que en 1974 decide emular a sus ídolos pergueñando las las aventuras de Zakalwe, la figura trágica de un mercenario socarrón y cabronazo contratado por “los buenos” para limpiar atascos en las cloacas de la alta política intergaláctica. Banks, a la hora de dotar de un transfondo político y social a la parte contratante, decidió por enfocar el asunto desde una óptica de izquierdas, retorciendo los elementos característicos de la space opera con el objeto de llevarlos al terreno de sus preocupaciones como escritor. Optó por darle una vuelta de tuerca a la tendencia clásica de contemplar el futuro distante de la space opera como una proyección simplista del mundo tal y como era en la época. Así que, en vez de crear un universo poblado de recios cadetes espaciales de nombres anglosajones al servicio de Federaciones o Repúblicas de carácter inequívocamente norteamericano, tendríamos uno lleno de anarco-hedonistas de nombres exóticos y retorcidos que vivirían en la Utopía, la civilización ideal en el que le gustaría vivir; La Cultura. Renovando de paso la space opera, en la que inocula dolorosas dosis de realidad mediante esa inyección letal llamada Pensad en Flebas, bofetada que despierta dolorosamente a los más infantilizados fans del subgénero de un dulce sueño de aventuras irresponsables. Y una vez cometido el crimen sólo queda aprovechar el cadáver como fértil humus de donde extraer nueva vitalidad para que la space opera creciera fuerte y vigorosa de nuevo, con cosas que decir más allá del mero entretenimiento escapista.

¿Y qué es la Cultura?. En el fondo, la Cultura no es sino otra variante del sueño maquinista. O sea, cómo usar la tecnología y los recursos sin fin que ofrece el espacio para crear una sociedad anarquista, igualitaria y colectivista en la que no exista la explotación de humanos o máquinas por otros humanos o máquinas. En la Cultura todo es libre (y gratis), las Máquinas (en este caso las Mentes, unas IAs autoconscientes y con status de ciudadanos libres) se encargan de cubrir todas las necesidades de sus habitantes administrando un sistema económico perfectamente planificado en una situación casi de simbiosis con los ciudadanos humanos. Y según vas leyendo las novelas de la serie te vas dando cuenta de que son precisamente las máquinas las que toman las decisiones y manejan el cotarro mientras los humanos viven inmersos una fiesta infinita. Pero una fiesta a lo grande, donde se nace perfeccionado genéticamente, la población habita naves inmensas de kilómetros de largo o inmensas estructuras que orbitan en el espacio (los, ejem, orbitales) y que proporcionan millones de kilómetros útiles sin tener que estar atados a un planeta, cosa vista como un poco pasada de moda y de civilizaciones atrasadas. Una civilización en la que puedes llegar a vivir más de cuatrocientos años con todos los placeres a tu alcance, todo tipo de drogas son generadas por las glándulas de tu propio cuerpo o puedes pasarte la vida en mundos virtuales virtual donde hacer reales tus fantasías por extrañas que sean. Donde puedes cambiar de sexo o aspecto cuando y como quieras. Incluso de la que puedes marcharte si ya te ha aburrido. Y en el que no existen las leyes, en caso de haber cometido algún delito de sangre, se te deja de invitar a las fiestas (vergüenza gravísima para un habitante de la Cultura). En definitiva, una sociedad que permite la total libertad a sus habitantes para escoger su vida. Irónicamente esta Dictadura del Robotariado quizá sea la razón por la cual el resultado es algo muy cercano a la Utopía, una civilización racional y humana en vez de una distopía de pesadilla, que es lo que ocurre cuando los seres humanos ponemos en marcha sociedades ideales.

De modo que los habitantes de la Cultura llevan una vida mimada. Pero eso no quiere decir que no existan conflictos ni zonas oscuras como iremos viendo según la serie avance y nuestra percepción de la Cultura evolucione. Una de las fuerzas fundamentales que mueven a la Cultura como sociedad son las Buenas Acciones (la otra es la pura diversión). Tal y como se explica en Pensad en Flebas, un sentimiento mezcla de mesianismo y culpabilidad por el bienestar del que goza, impulsa a la Cultura a tutelar civilizaciones inferiores (extrapolación de un sentimiento/neurosis muy típico de la sociedad occidental y el pensamiento progresista actual). Mediante Contacto, la agencia encargada de estos asuntos, se mantiene una influencia discreta y, en principio, benéfica, sobre diversas sociedades “atrasadas”. Influencia que, como va descubriendo el lector, incluye técnicas de eficacia contrastada tales como la manipulación, las mentiras, el chantaje y el asesinato de masas si hace falta (de ahí la afirmación del propio Banks acerca de que los conflictos en la serie de La Cultura son, predominantemente, más de tipo ético que meras crisis de supervivencia). Y para moverse por estas cloacas de la alta política interplanetaria existe Circunstancias Especiales, los servicios secretos de Contacto. Y si no fuera por Circunstancias Especiales no habría libros sobre la Cultura. Ni tendrían la mitad de gracia, claro está.

Así que sobre este esplendoroso escenario galáctico se desarrollan las historias de la Cultura, donde, a pesar de todo, tienen más importancia las cosas que les ocurren a las personas que los acontecimientos a escala cósmica. Porque Banks tiene muy claro que las grandes historias las protagonizan esas mismas personas, aunque lleguen a los cuatrocientos años de edad o tengan forma de maletín y floten en el aire. De esto se trata en la serie de la Cultura, de personas. Y de los libros, de los que hablaremos en el siguiente capítulo.

3 Comments:

At 8:35 p. m., Blogger J.Fidel said...

Enhorabuena por el artículo de introducción a la saga de La Cultura.

 
At 10:02 p. m., Blogger Jean Mallart said...

¡Qué bien! Espero impaciente la segunda entrega.

Lo que más me gusta de la Cultura son sus personajes; es increíble la habilidad con que Banks les da vida.

Mi novela favorita de la serie es "Consider Phlebas"; una "space opera" trepidante y, al mismo tiempo, un fresco de gran belleza, con ese aire trágico tan favorecedor.

 
At 4:42 p. m., Blogger fonz said...

Muchas gracias a los dos.

Jean,

Mi novela favorita también es "Consider Phlebas", disfruté como un enano leyendo una novela de aventuras clásica pero en ambiente de cf. Y sobre todo por cómo me dejó el final, es que no me lo podía "ni de creer"... Pero he de reconocer que "El jugador" quizá es la novela más sólida de la serie (no es hilvanar una serie de aventuras simplemente) , en la que menos se nota ese gusto de Banks por los mcguffins irrelevantes para hacer avanzar sus historias.

Pero vamos, me lo pasé genial con todas las de la serie, hasta con Excession e Inversions, que son las que menos gustan.

 

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