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la estación fantasma

25 agosto 2005

Mi nombre es Roco Vargas



Como seguramente habrán leído ya en La cárcel de papel, mañana sale en el coleccionable de cómic de El País el maravilloso álbum de Daniel Torres, La estrella lejana. Y aunque no me gusta repetir temas tratados en otros blogs, sobre todo si son tan seguidos como La cárcel, con La estrella... me gustaría hacer una excepción.

La estrella lejana es el cuarto y último de los álbumes clásicos de Las aventuras siderales de Roco Vargas, antes de su retorno de hace unos años, retorno innecesario para el personaje (puesto que su historia ya está totalmente contada y resuelta al final de La estrella lejana) y del que no me voy a ocupar aquí.

La serie se inicia en 1984 con Tritón, un álbum donde Torres se encuentra todavía bajo la influencia total de Miguel Calatayud en lo gráfico pero que sigue la escuela del tebeo de aventuras de toda la vida en lo narrativo. La historia no es más que un pastiche posmoderno de cachondeo a costa de la ciencia ficción más clásica de los años treinta, (el malo es un oriental del espacio que se llama Mung, no les digo más). Predominando el interés gráfico, el álbum, ligero y de divertidos diálogos, es como tomarse un martini con media sonrisa y la ceja levantada y no presagia en absoluto la evolución que llegaría después. En esta historia, Roco se nos presenta como un aventurero espacial retirado con los rasgos de Clark Gable que lleva una doble vida regentando el exclusivo club Mongo y escribiendo pulp de ciencia ficción bajo el seudónimo de Armando Mistral. Incluso tiene un mayordomo negr..., digooo, verde y marciano para más señas. La acción transcurre en un sistema solar de broma habitado por mercurianos, venusianos, marcianos..., en un ejercicio de revisión irónica de la cf de los años veinte y treinta, desde, por supuesto el Flash Gordon de Raymond, hasta los seriales de Buck Rogers pasando por la space opera de Van Vogt e, incluso, Burroughs (el de Tarzán, no el otro) bañado todo en la estética retrofuturista del Fritz Lang de Metrópolis o La mujer en la luna y los arquitectos locos de las vanguardias de los años veinte.




Posteriormente llegarían El misterio de susurro y Saxxon. Lo primero que sorprende en El misterio de susurro es la evolución gráfica de Torres, ya totalmente alejado del maestro Calatayud. Abandonando el rotring por el pincel, este tebeo ya pertenece al estilo más reconocible de Torres; línea clara y rotunda de maneras más "clásicas" (al estilo Jacobs, para entendernos) al servicio de una trepidante historia de ciencia ficción, aventuras exóticas y espionaje en la que aún pervive el uso irónico de los elementos de la novela popular (ese detective pulp noir que aparece) y, por supuesto, plagada de sentido del humor. Pero donde se nota ya cierto cambio de tono, más "serio" como nubes que presagiaran tormenta. Tormenta que se desata con furia en Saxxon, la segunda parte de Misterio... donde los acontecimientos ya apelan al interior de Roco como personaje, a su pasado y sus emociones. Cambio radical respecto al primer álbum en el que no era más que un cliché irónico con el que jugar a la descontextualización pop. Y en el apoteósico y demoledor final nos damos cuenta que ahora hay tragedia, la muerte y la desolación aparecen y el juego lúdico postmoderno referencial se abandona absolutamente para contarnos algo que realmente importa, que afecta a los protagonistas y, por supuesto, al lector.

Y por fin La estrella lejana. Este álbum, es sin duda uno de mis tebeos españoles favoritos de todos los tiempos, parece hecho por y para los que arrastramos una pasión por la ciencia ficción y las historietas desde la infancia como ese Vargas chaval, contemplando lleno de maravilla y asombro las estrellas mientras aferra un tebeo de Flash Gordon. Un relato crepuscular donde se revisa el pasado aventurero de Roco en un enorme flashback que abarca todos los hechos que le han convertido en quien es. Maravillosamente dibujado por un Torres pletórico, impecable, de un acabado inhumanamente perfecto y extremadamente esteticista de maravillosos colores planos a lo Chaland (esos diseños arquitectónicos de ciudades, naves, robots y demás parafernalia retrofuturista son deliciosos). Pero que a pesar de esa pulcritud formal logra emocionar, tiñendo las páginas de una profunda nostalgia y tristeza por un universo perdido, un mundo de aventuras que no volverá jamás, un pasado idealizado, cristalizado en las novelas, tebeos y películas de la infancia. Y terminado el viaje, Roco, un poco como nosotros al crecer, se alza como un personaje por fin tridimensional, en el otro extremo de aquel cliché irónico del principio. Ahora ya no es ese Flash Gordon con el rostro de Clark Gable, ni Armando Mistral el escritor y bon vivant, ni un aventurero sideral. Ahora es, simplemente, Roco Vargas, un hombre.

Blablablablablabla, bah, palabrería. Que es una maravilla, coñe. Y por unos miserables cinco euros de nada, a quien no se lo compre le retiro la palabra. Hala.




22 agosto 2005

Poder, corrupción y mentiras

Da la casualidad que las dos últimas novelas que he leído tratan sobre el tema favorito del Dr. Muerte; el poder. A falta de leerme alguna obra definitiva sobre el tema, tipo El príncipe de Maquiavelo, El camino de Escrivá de Balaguer o alguno de Aznar, me conformo con morralla de género. El poder visto por la ciencia ficción desde dos perspectivas e intenciones muy diferentes, ambas estimables. Aquí van.

Los tejedores de cabellos - Andreas Eschbach
Bibliópolis. Rústica, 224 pag, 17.95€

Excelente fix-up (conjunto de relatos que forman una historia más grande) sobre un imperio galáctico gobernado con mano de adamantium por un cuasi-divino e inmortal Emperador mediante un milenario lavado de cerebro religioso y social basado en la tradición que marca a fuego la fe de los súbditos en su infalible e inmutable Imperator como si fuese la imagen viva del poder absoluto hecho carne. Añádase a todo esto unas gotas de misterioso y legendario distanciamiento a la oriental y ya tiene el perfecto sistema despótico con el que usted siempre había soñado para sus partidas al Civilization. Pero en una de las galaxias más remotas y olvidadas de la mano del Conducator, los habitantes de un planeta desértico tejen alfombras de cabellos a cantidades industriales enviadas posteriormente a decorar el palacio del amado Duce.

Vaya por delante que éste es uno de los libros que más he disfrutado últimamente. El escritor alemán Andreas Eschbach demuestra de nuevo la eficacia de la ciencia ficción como herramienta para analizar el mundo que nos rodea, en este caso, como si se tratara de una expansión cósmica en cuatro dimensiones de 1984, el poder absoluto, el mecanismo que lo mantiene y alimenta, su carácter mutable pero eterno y, sobre todo, la gente corriente y moliente que lo sufrimos. Y lo que es, en mi opinión, más interesante, a la hora de tratar un tema "profundo", Eschbach no renuncia a lo materiales más "de derribo" de la ciencia ficción, trabajando con esa cacharrería que mantiene al género fuera del parnaso de la cultura oficial. No faltan aquí ni el Emperador Galáctico, ni los rebeldes que pretenden derrocar al Imperio, ni las naves, ni los portales interestelares, ni las batallas espaciales, ni el planeta sumido en una especie de medioevo de corte fantástico. Y sobre todo, esa potente metáfora que es el tapiz de cabellos, un objeto hermoso que cuesta una vida fabricar y cuyo destino final nadie conoce.

Así, Eschbach, teje un intrincado tapiz (lo siento, no he podido evitarlo) en el que, con una sutileza y habilidad pasmosas, te consigue interesar lo mismo por las pequeñas historias de los personajes que pululan ese mundo desértico que por los asuntos de alta política imperial, donde el personaje central es el Poder mismo, los mecanismos que lo mantienen y eternizan, y su tendencia a la autoperpetuación, como si dicho poder fuera un ente vivo con capacidad de decisión propia. Y, sobre todo, un retrato de nosotros, pobres pringaos que sufrimos dicho poder, como lo sostenemos sin nisiquiera ponerlo en duda y, como, al final, cuando desaparece todo en lo que hemos creído no queda nadie a quien culpar, nadie que devuelva esos años perdidos, entregados ciegamente a una mentira. No es tampoco difícil reconocer en los relatos de Eschbach un reflejo de la historia reciente de Alemania en particular y el bloque soviético en general. Y todo esto en poco más de doscientas páginas (en serio).

Típica novela "de las que hacen afición", se lo puedes dejar a cualquier lector ajeno a la cf sin miedo alguno. Escrito con un estilo terso sin estridencias formales que recuerda a la mejor Úrsula K. LeGuin, el misterio de las alfombras resulta extremadamente intrigante y sabiamente dosificado como para hacer avanzar la intriga siempre un poquito en cada cuento, convirtiendo el libro en un entretenidísimo pasapáginas. Logrando de paso la piedra filosofal de la cf; una novela conectada a la realidad, donde hay ciencia y literatura, incluso evasión y entretenimiento.

Lamentablemente leo por el foro de Bibliópolis que esta obra no ha tenido el éxito que merece, quizá sea hora de plantearse que ciertos libros no deberían limitarse a las colecciones de género.



Incordie a Jack Barron - Norman Spinrad
La Factoría. Rústica, 352 pag, 18.95 €

Esta novela plantea una cuestión interesante; ¿hay que considerar siempre las obras artística en el contexto histórico en el que nacieron para valorarlas en su justa medida o que una novela fuera de dicho contexto no funcione como debería significa que es un producto con fecha de caducidad, coyuntural y, por tanto, no válido, salvo como precursora?.

En un futuro cercano Incordie a Jack Barron, una versión televisiva del programa radiofónico de toda la vida en el que la gente llama para desahogarse, es el programa televisivo más tramposo, sensacionalista, manipulador y, por todo lo anterior, más visto de EEUU. Conducido por Jack Barron, antiguo activista hippie desencantado y reciclado en presentador de éxito (gran acierto de Spinrad que predice con precisión la carrera mediática, la entrega al poder, de muchos de los prebostes de la contracultura), que, por una llamada casual a su programa cruza su camino con Benedict Howards, presidente de la fundación para La Inmortalidad Humana, cuya línea principal de negocio son los programas de criogenización para quien pueda permitírselo en cuanto entre en vigor la nueva ley que permita congelar millonarios. Ley de criogenizazión que, compra de diversos senadores mediante, está a punto de ser aprobada en el Congreso de EEUU.

Incordie... es una furiosa historia sobre la farsa de la democracia; el resacoso despertar de unos norteamericanos post-Dallas ante la cruda realidad de un sistema político de aspecto impecable pero sostenido por una intrincada red de cloacas, intereses privados y mangoneos varios donde los representantes del pueblo representan de todo menos al pueblo, manipulados por los fuerzas del capitalismo y la economía donde reside el auténtico poder, el que cuenta de verdad. Mientras, los televotantes recibimos como alimento espiritual para formarnos nuestro propio criterio una papilla previamente digerida por medios teledirigidos que construyen una realidad falsa posteriormente regurgitada con el objeto de hacernos pensar en la dirección que convenga en cada momento.

Y ahí radica el dilema del principio, porque a la hora de leer Incordie a Jack Barron (originalmente publicada en 1969) uno no puede evitar la sensación de que le están contando algo que ha superado la realidad de la novela con creces, que tristemente sabemos (y aceptamos resignados) de sobra y que hemos leído o visto en otras ocasiones pero mejor contado de lo que lo hace Spinrad aquí (p.ej la estupenda Network de Sidney Lumet que no me extrañaría que estuviese fuertemente influenciada por esta novela).

A ratos Spinrad parece que escribe con más energía y mala leche que cabeza, está tan cabreado que no se molesta con sutilezas. En cierto momento da la sensación de estar leyendo una novela estructurada como un tebeo de superhéroes de los sesenta. Enfrenta personajes más grandes que la vida; Barron como un Batman (o mejor aún, un The Question) prodigiosamente inteligente e ingenioso cuya única arma es su programa de televisión contra un desquiciado Lex Luthor-Benedict Howards con batalla final (dialéctica) incluida. Cosa ésta que no es en absoluto mala, e incluso probablemente deliberada (a finales de los sesenta los tebeos Marvel eran muy populares en ambientes universitarios y contraculturales, no se me olvida aquel personaje de Gaseosa de ácido lisérgico que se colocaba con tebeos del Dr. Extraño de Ditko).

Este uso de elementos de la cultura popular como símbolos que apelan al inconsciente (no es difícil ver en Barron otra versión del "héroe de las mil caras") suele funcionar perfectamente, pero el resultado me chirriaba. Una historia como la que plantea Spinrad quizá necesitara el enfoque más sutil y complejo de un DeLillo por ejemplo. Además, esta falta de sutileza en la estructura narrativa contrasta con un trabajado tratamiento de personajes. Ésta es una novela en la que sus habitantes son lo que hablan y lo que piensan en contraposición a como actúan, lengua de doble filo. Y piensan pero muchísimo. Lamentablemente, a veces, estas reflexiones han envejecido mal como las charlones hippies de Sarah o son tan "de tebeo" que no se los salta ni un Stan Lee ("¡¡¡os mataré, os mataré a todos!!!", monologuea Benedict en más de una ocasión, no es de extrañar que acabe en el asilo de Arkham...). Eso sí, los diálogos son divertidísimos y tremendamente ágiles, de lo mejor de la novela.

Pero debajo la rabia y la mala ostia y las ganas de provocar y agitar conciencias, Spinrad desliza un tema tan o más interesante como el planteado incialmente y es el de la integridad (tema imporante si tenemos en cuenta que la novela se escribió en los años dorados del hippismo y la contracultura). ¿Todos los ideales tienen un precio?, ¿hasta que punto cerrarías los ojos ante la brutalidad, la crueldad y la injusticia sólo para lograr aquello que deseas?. De ahí la novela extrae suficiente energía como para remontar el vuelo y elevarse a partir de su segunda mitad, rompiendo la fecha de caducidad. A lo que tenemos que sumar como valor estimable su capacidad visionaria, más que en el análisis de la dinámica de la relación política-poder económico-medios de comunicación de masas, su acertada intuición del duro despertar que le esperaba a los USA en los setenta y, por extensión, del impacto que la pérdida de la inocencia provocaría en el inconsciente colectivo norteamericano. Vaya, que al final tampoco pude evitar caer en el relativismo.

Punto y aparte es la penosa traducción y edición, es evidente que nadie se ha leído el borrador del traductor, publicándose tal cual. Arbitrarias notas a pie de página que la mayoría de veces resultan innecesarias, dejando sin aclarar otros detalles más importantes (p.ej, no se explica que el National Enquirer es un periódico sensacionalista. O la alusión, sin aclarar, al sorprendente resultado de la pugna electoral Dewey vs Truman de 1948). Y el epílogo de Michael Moorcock es delirante, entre las toneladas de errores destaca como el cuento de Harlan Ellison, "Arrepiéntete Arlequin, dijo el señor Tick Tock", se convierte, por ciencia infusa, en tres novelas; Repent, Arlequin y Said the Tick Tock Man. En fin..., puedo llegar a comprender que me cobren más de tres mil pesetas por un libro pero que por lo menos se edite como dios manda.


Por cierto,
habrán notado que ya no hay barra de navegación de Blogger en la parte superior de la bitácora (en caso contrario mirar p´arriba). No, no es ningún tipo de veleidad estética o sólo por joder. Sencillamente, Blogger ha recuperado la entrañable tradición del chivateo añadiendo un simpático botón de Flag en su barra, con el objeto de que los navegantes fácilmente escandalizables informen a la propia Blogger sobre bitácoras cuyo contenido puedan resultar ofensivos para las buenas costumbres. Me fastidia hacerlo porque Blogger nos proporciona a los internautas un servicio gratis tremendamente útil, pero ya tuve suficientes chivatos en el cole. Y quizá así obliguemos a Blogger a retirar el botón de marras. Si quieren saber más sobre esto y su solución, en HijoTonto tienen todas las respuestas.

11 agosto 2005

Lecturas saloneras (III)

Nueva entrega del coleccionable "lecturas del saló" que a este paso va a acabar en diciembre (y ya estoy comprando unas cuantas novedades que no son del salón, dios, que agobio...). Les dejo entretenidos con otra tanda de reseñas mientras ando por Santiago poniéndome morao de albariño, ribeiro, lacón, pulpo, empanada, tigres, vieiras, chorizo, queso, langostinos...



Manuel no está solo - Rodrigo.
Sinsen tido. Cartoné. b/n. 140 páginas. 20€.

¿Quién podría decir que la historia de un romance entre dos señores barbudos podría resultar tan bonito?. Pues sí, este tebeo, en el que Rodrigo relata una breve relación con su amigo Manolo durante el Madrid de los ochenta, es uno de los tebeos más hermosos que me he podido echar a la cara este verano (y van unos cuantos).

Reedición de las historietas publicadas en La Luna de Madrid, una revista moderna de la época, Manuel... es la crónica de la breve historia de amor truncada entre Rodrigo y Manuel en el trasfondo de un Madrid delicioso, ideal y mágico como nunca había visto antes. Una ciudad pletórica, embriagada por el subidón amoroso de Rodrigo cuya vida gira en torno a la presencia/ausencia de Manuel, donde las salas de cine se convierten en autobuses nocturnos, en paseos por la Gran Vía una noche de primavera, en volar sobre el Paseo de Recoletos. Y los recursos utilizados para reflejar las emociones mudas de Rodrigo, de la euforia del amor a la amargura de la decepción y, finalmente, la aceptación y la metáfora del dolor, son de una precisión extraordinaria, creando un relato fluido de una textura cremosa y trazo detallista, realmente bonito. Relato en el que la experimentación gráfica es, en absoluto, gratuita, evidenciando un trabajo intelectual previo, una reflexión sobre la obra y cómo llevarla a cabo que no está al alcance de cualquiera. Visualmente deslumbrante (a pesar de algún detalle ochentero) y de una delicada emotividad como sólo tienen las historias pequeñas y cotidianas, Manuel... es una de las joyas secretas del tebeo español.

El volumen se complementa con varias historietas cortas publicadas en diversos medios y una bonito epílogo de Manuel no está solo. Eso sí, edición de superluxe muy cara. Y aparecen escenas explícitas de sexo homosexual entre señores muy peludos, así que no digan que no les avisé...



Carlitos Fax (Los libros de Mister K #1) - Albert Monteys
El jueves. Rústica. Color. 64 pag. 9.90€.

Albert Monteys era mi favorito del colectivo de La Penya en aquel seminal Mondo Lirondo y el que más prometía en mi opinión. Impresión confirmada por su trayectoria posterior buscando una manera de ganarse las lentejas en el difícil mundo de la historieta renumerada. Con su trabajo en El Jueves, Monteys (junto con Fontdevila) demostró ser un modelo de inteligencia y saber adaptarse al mercado sin dejar de hacer estupendos trabajos. Coautor con el otro mostro (Fontdevila) de la estupenda serie Para tí que eres joven y en solitario, Tato, Monteys se atreve con el tebeo infantil para la revista Mister K (también editada por El Jueves, en un acertado intento, en cuanto a intenciones, de recuperar la cantera del tebeo, el público infantil) con un personaje creado para la ocasión, Carlitos Fax, cuyas historietas se recopilan aquí.

Carlitos Fax es un homenaje absoluto a la manera de hacer tebeos de Bruguera; escogiendo como personaje a una máquina de fax, que pasa a ser periodista en el convulso siglo XXX (argumento me recuerda a otro tebeo muy brugueriano, el divertidísimo Perico Carambola de Folch/Gallardo), Monteys pergueña divertidas historias de tres páginas que recuerdan inmediatamente al método de la mítica editorial catalana: narración fluidísima tremendamente dinámica y sabiamente eficaz sin excesivos alardes formales (esos personajes expresivos hasta el delirio que siempre aparecen deambulando como en un teatrillo), el tratamiento humorístico de cuestiones de nuestra vida cotidiana hábilmente re-contextualizados y un sentido del humor al que no le falta la mala leche. Toques retrofuturistas a lo Futurama redondean la fórmula de cómo hacer un tebeo comercial ("para chavales de 0 a 99 años" como rezaba el Tio Vivo) con talento y acierto aunque no con la brillantez de otros trabajos suyos (el mismo Para tí que eres joven o aquel Calavera Lunar). Ahora sólo falta que los de Mister K recopilen lo de Carlös (Chechu se caga de miedo), que está bien chulo.



WildC.A.T.S. Battery Park - Joe Casey/Sean Phillips/Steve Dillon
Planeta. Rústica. 224 pag. Color. 16.95€

Andaba rondándome por la cabeza pillarme algo de los Wildcats de Joe Casey puesto que había leído supercalifragilísticas reseñas de su trabajo en la serie, concretamente sobre el arco argumental Serial Boxes, en el que Casey entraba como un elefante en una cacharrería poniendo la serie (y sus personajes) patas arriba llevándolos más allá del punto de no retorno. En éstas que Planeta publica Battery Park recopilatorio que contiene los números inmediatamente posteriores a Serial Boxes, así que me pareció un momento tan bueno como cualquier otro como para subirme al carro.

Y de verdad que quería que me gustase, pero ha resultado una decepción gordísima. No dudo que Serial Boxes fuera un gran tebeo, pero demostrando aquello de que es más fácil derribar que construir, Casey es incapaz de dar atractivo a la nueva reorganización de Wildcats. Abusando de una estructura abarrotada de clichés vistos hasta la saciedad en otros tebeos de supes "para adultos", "serios" o "realistas" y, sobre todo, en series de televisión moernas tipo 24, el tebeo me ha resultado tremendamente aburrido. Hasta me da pereza contarles de que va, simplemente decirles que está casi totalmente dedicado al personaje de Cole, un típico tipo duro que se tira interminables páginas peleando con el FBI, metido en una rutinaria historia de drogas y, lo más importante, tonteando con Zealot, su ex-piba a la que creía muerta, todavía más dura y zumbada que él. Este par de dos, de dos..., este par, decía, toman un café, se dan de ostias con unas tías que pasan por allí, follan, se dan más ostias... Y no precisamente en ese orden. El clímax del volumen es una insulsa revisión del argumento "traidor en nuestras filas" (joer, si que son pupas en este grupo, primero Tao y ahora esto). Aunque por lo menos sale un malo que ha aprendido algo de Bill Gates en cuanto a cómo hay que conquistar el mundo (me lo imagino en un curso de reciclaje para supervillanos impartido por un Lex Luthor que diera clase delante de una pizarra en la que pusiera; "ES LA ECONOMÍA, ESTÚPIDOS"). Y el final, recuperando a una Voodoo desahuciada sin piernas, le da una nueva dimensión al concepto deus ex-machina (a falta que baje un ángel en el último momento para arreglarlo todo como en los clásicos, Casey utiliza a un daemonita). En fin un fiasco en toda regla del que sólo se salva el gran Sean Phillips.



El lado amargo - Santiago Valenzuela
Astiberri. Rústica. 96 pag. Color y b/n. 15€.

Segundo recopilatorio de historias cortas de Santiago Valenzuela en unos meses y ya podemos afirmar que sí, que a pesar de algunos detractores, Valenzuela triunfa y gusta y sus seguidores ya son legión. Y yo encantado de la vida.

En este nuevo álbum Valenzuela utiliza la misma técnica de fix up (relatos engarzados por un hilo conductor que acaban formando un todo uniforme) que ya empleó en Sociedad Limitadísima con el objeto de unificar aún más la obra. En este caso nos ofrece una selección las historias publicadas en TOS y otros fanzines, relatando el descenso a los infiernos de la marginalidad intelectual de Julio César Cienfuegos, el editor del combativo fanzine "El regreso de los ultramarinos". Misántropo en perenne exilio interior, profundamente triste y fino estilista en el satisfactorio arte de la paja mental y la verborrea, nuestro héroe caído vendría a ser un improbable cruce entre Fernando Pessoa, Diógenes y Jose María García. Julio César despotrica contra todo lo que se pone a tiro sin dejar títere con cabeza; la vida, la muerte, tú, yo, la gente, los taxistas, las urbanizaciones, el consumismo, la tele, la literatura, el pensamiento, el cine, los intelectuales de pacotilla, la psicología y lo que haga falta, haciendo lo único que se puede hacer; descojonarse de todo ello desde el lado más amargo y pesimista (especialmente brillantes "Una temporadilla en el infierno", "Aquí me quedo" y "Hay un método en su locura"). Gráficamente el álbum es irregular, mezclándose historias primerizas más titubeantes, con otras recientes que poseen todas las características del clásico estilo Valenzuela; caricatura feísta, surrealismo, horror vacui y arquitectura desquiciada.

Eso sí, Valenzuela no se ha cortado un pelo y parece que con la intención de crispar a esos detractores que le reprochan sus kilométricos y abigarrados bocadillos, aquí nos clava unos discursos que son de lo más espeso que le he leído hasta el momento (quizá este tebeo hubiera sido menos agotador publicado en un formato más grande) y es muy probable que la mayoría se los salte para ir directamente a las historias en sí. Pero si tienen la paciencia de leérselos encontrarán algunas de las más certeras reflexiones (siempre con la sana intención de carcajearse) sobre nuestra sociedad y los desgraciados que pululamos por ella. Antes de quedar totalmente exhaustos por la verborrea, claro.



Feria de monstruos - Bruce Jones/Berni Wrightson
Planeta. Cartone. 64 paginas. b/n. 7.95€

En esta fiebre de reediciones que ya cae de todo, Planeta aprovecha la reedición de este álbum por Image en USA para obsequiarnos con un clásico de la era Toutain, el Feria de monstruos de Jones y Wrightson, un tebeo de terror que era lo más cuando era chaval y me pillaba el Creepy.

Inspirado tanto en los tebeos EC como en el clásico Freaks de Tod Browning e incluso el folletín romántico, Jones construye la historia sobre una brutal venganza, el castigo y la culpa, que debería ser obligatorio en una escuela de guionistas, trampas incluidas (y son unas trampas para cazar brontosaurios por lo menos). Pero que funciona como un reloj gracias a la férrea estructura del guión, lo descarnado de la historia y, sobre todo, el brillante trabajo de Wrightson, depurando y estilizando al mítico ilustrador de los tebeos de terror EC, Graham Ingels, luciendo pletórico de fuerza en b/n (la anterior edición era a color) y extraordinariamente detallista e imaginativo en el retrato de lo grotesco.



Claus y Simón, los reyes de la evasión - Santi Arcas/Daniel Acuña
Glenat. Cartoné. 48 pag. Color. 12€

Nuevo álbum de las creaciones de Santi Arcas y Daniel Acuña, después de dos (o tres, no recuerdo) Bruts publicados por La Cúpula en los que sus personajes, el payaso Claus y el dinosaurio Simón, se desenvolvían en el Hollywood de los años 30 en tono de comedia. Dos tebeos que sin impactarme especialmente dejaban buen sabor de boca y donde destacaba en brillante trabajo de Acuña, un dibujante a medio camino entre Adam Hughes, Kevin Nowlan y Neal Adams, que le daba sopas con honda a la mayoría de dibujeros de superhéroes de hoy en día.

Y por sorpresa me encuentro en la librería con un álbum a todo color publicado por Glenat con una nueva aventura de estos personajes con la que Arcas & Acuña debutaron en el mercado francés. El planteamiento es muy sencillo; Claus y Simón malviven en un Japón "alternativo" actuando en teatros de mala muerte hasta que son contratados para debutar en Cosmo City como especialistas de escapismo al estilo Houdini pero del futuro. Todo va como la seda hasta que las mafias del espectáculo entran el la vida de la pareja.

Este es, claramente, un tebeo de dibujante. El trabajo de Acuña es soberbio, en este caso aplicando un color que recuerda lejanamente a Corben y, sobre todo, a Liberatore. En el mundo de Acuña todo tiene un aspecto estupendo, desde las calles de Orient City directamente extraídas de un Neuromante que hubiera sido ambientado en el Shangay de los años 30, hasta el paraíso retrofuturista de Cosmo City. Un mundo que parece conectado a la cultura popular del momento, desde el manga hasta tebeos como Terminal City; policías cabezones que parecen sacados del Dr. Slump, animales parlantes, descomunales peces-nave, preciosos zeppelines, monos escapistas... Y, por supuesto, las despampanantes señoritas que dibuja Acuña... Lástima, que el argumento no esté a la altura. No es que sea horrible ni mucho menos, es puro entretenimiento con toques de humor, pero en el que los recursos para construir la historia suenan a algo ya visto/leído y no me ha acabado de convencer. En fin, como dice mi madre; "es que comes con los ojos".


Y una última recomendación, en la colección de tebeos del periódico el Mundo han salido dos joyas que, al leerlas, me han puesto los pelos de punta de nostalgia (a punto he estado de hacerme un bocata de salchichón con mantequilla para acompañar la lectura). Una es 13 Rue del Percebe (nº5, 27 de junio), que juraría recopila todas las planchas de la que era mi favorita de las creaciones de Ibáñez. Más allá de la nostalgia me ha encantado y me ha permitido redescubrir al Ibáñez del principio (el de "las narices afiladas" como escribía Álex De la Iglesia), de una mala leche muy cabrona y divertida.

Y el otro es el Superlópez, con dos entregas (nºs 9 y 15, publicados el 6 y 20 de julio respectivamente) en las que se encuentran clásicos como La semana más larga, Los cabecicubos o El señor de los chupetes, tres de mis historias favoritas del personaje. Que deciros, seguro que las habéis leído todos en uno u otro momento de vuestra infancia. Pues que se mantienen igual de frescas y divertidas, una absoluta delicia. Y Los cabecicubos es el mejor y más divertido análisis del auge de los fascismos que he leído. Hala, acabo de hacer estallar el boutadómetro.

Todavía podéis encargar los tomitos a vuestro quiosquero de confianza, sale por unos tres euros cada volumen y encima sin el molesto periódico. Yo no me lo pensaría.

06 agosto 2005

Siete razones para volver a comprar discos

Andaba el otro día en pleno arrebato nostálgico escuchando viejas canciones que me gustaban de chaval (varias de las cuales, para mi sorpresa, han superado el difícil test de "joer, ¡¡¡pero como podía gustarme a mí esto!!!", esta condescendencia con mi "yo" juvenil es signo inequívoco de vejez) cuando me di cuenta que en un momento en el que había tanta cantidad y variedad de música y de una accesibilidad casi inmediata, yo me dedicaba a escuchar canciones que me gustaban con diecisiete años.

Pensándolo un rato (no mucho, no se crean) reconocí un patrón que se repite entre muchos melómanos ya bien entrada (y superada) la treintena. Llega un momento en que te cansas de seguir lo último que sale, del "ahora molas, ahora no"; el siempre voluble indie, el electroclash, la música electrónica de vanguardia, el neo country y su pastelera madre, tendencias todas que en dos años serán lo putopeor. Un panorama musical donde los grupos que ahora parten el bacalao serán el hazmerreír de todo el que quiera pasar por entendido y con buen gusto (¿se acuerdan de Oasis?, ¿dónde estarán Coldplay en cinco años?). Tendencias, como este revival del post punk que nos asola, donde todos los grupos te suenan de haberlos oído antes pero con otro nombre, generados por esa ola autorreferencial fagocitadora que se ha convertido en la fuerza impulsora principal de la música popular desde finales de los setenta; lo viejo con un sonido nuevo para enchufárselo a los chavales de ahora.

Además, para un aficionado intrépido y con inquietudes, como que da pereza cogerse lo mejor del año de cualquier revista pop-indie moderna on-line, bajarse cincuenta elepés y tirarse horas escuchándolos para que al final te gusten dos canciones. Y es que, uno de los problemas más gordos de la industria musical ahora mismo, aparte de su modelo de negocio obsoleto, es que se editan demasiadas cosas. Así, los melómanos treintañeros o cuarentones que no han dejado de escuchar música totalmente para dedicarse a sacar adelante una familia y una hipoteca como Dios manda, acaban cubriendo lagunas importantes en su cultura musical rebuscando en los rincones más oscuros de la Historia de la música popular; el pop-chicle de los sesenta, el psychobilly cavernícola, el R&B primitivo, las novelty songs, las big bands de los años veinte, el blues rural, el hillbillie, la música hawaiana vintage, de todo lo que la mente humana pueda imaginar. Música de solera para gente como nosotros, viejos amargados y curtidos en mil modas musicales. En fin, podía ser peor, nos podía dar por el flamenco o la ópera...

Peroooooooooo, como yo todavía no pago hipoteca ni tengo hijos y sí una conexión a internete y mucho tiempo libre, aquí les presento unas cuantas canciones bonitas para que ustedes vuelvan a comprar discos (eso sí, si no son de mi cuerda pop-chicletera-comercial-ye-yé, ya se pueden pasar a otra cosa). Ccanciones para lo que entendía Carlos Berlanga el pop, para canturrear cuando sales a pasear con tu novio/a. Como hago yo cuando salgo a pasear con la mía.


Plastic Operator · Folder [escúchala aquí] Si les dijera que esto es un duo de dos pijos canadienses francófonos que se fueron a UK ha hacer el capullete pinchando por las discotecas y tal, como que se la suda, ¿no?. Lo que importa es que "Folder" es la mejor canción de lo que va de año, un juguete electropop sobre el amor efímero en tiempos del p2p, altamente pegajosa y tatareable (aunque eso podría aplicarse a todas las canciones que figuran aquí) con unos arreglos de cuerda irresistibles. Próximo elepé en Sunday Best Records, pero escuchando las otras dos canciones del single tiene toda la pinta de ser un fiasco. Siempre nos quedará el single...



The Pipettes · Judy (Watcha gonna do) La nueva sensación pop megaundergraun para enterados. Tres muchachas enfundadas en vestidos sixties a cuadritos blancos y negros que interpretan canciones escritas por un grupo de chicos en la sombra (los Casettes). Canciones absolutamente redondas que evocan el Brill Building, Spector, la Motown, el twee pop y todos los grupos de chicas que se les venga a la cabeza, desde las Dixie Cups o las Crystals hasta las maravillosas y desconocidas Dolly Mixture(el secreto mejor guardado de la historia del pop) pasando por Blondie o las Go Go's.

Su discográfica producción hasta el momento consta únicamente de dos singles difíciles de encontrar, montones de demos y actuación de excelente calidad que rulan por los mejores p2p del ramo. Se perfila un próximo elepé en Memphis Industries la compañía de The Go Team! que seguramente podría caer bajo la maldición de "buenos singles, mal disco" pero que en el caso de Pipettes tienen suficientes canciones como para que sea bueno no, maravilloso. Tan sólo espero que controlen la habitual incontinencia de los cedeses y no (re)llenen el disco con treinta canciones...



Johnny Boy · 15 Minutes Ya hablé de este grupo al comenzar el blog. Y es que su maravilloso single You are the generation that bought more shoes and you get what you deserve fue la mejor canción del año pasado, del presente y de los años por venir. Retomando los pasados intentos de mezclar punk con el muro de sonido de Phil Spector (los primeros The Jesus and Mary Chain, por ejemplo), resulta sorprendente que este par de dos hayan sido descubiertos y producidos por el cantante de una banda tan rollazo como Manic Street Preachers. Bien, pues aparte de tener elepé ya a puntito (disco que me tiene con los dedos cruzados, si les sale bien puede ser bestial, pero cuando digo bestial, digo BESTIAL), en su página web han publicado canción nueva, "15 minutes". En la línea de You are... aunque algo más facilona, Johnny Boy ripean la línea de guitarra de la estupenda Dancing with myself de Generation X, los inventores del punkpop, largándonos otra perlita que, a cualquiera con sangre en las venas, le pone por las nubes. Ideal para ponérsela antes de salir de jarana y comerse el mundo.



Rachel Stevens · Some Girls [escúchela aquí] Todo el mundo sabe el mal que el R&B moerno ha causado a la música popular. Sí, hablo de esa musiquilla edulcorada y sobreproducida que se ha convertido en sinónimo de música negra y de pop comercial USA, desde Maria Carey, hasta la cabezona de Christina Aguilera, pasando por la Spears, TLC o Destiny´s Child. En fin, ya saben, el género favorito de cualquier cantanta de OT.

A lo que iba, Rachel Stevens, ex-componente de un grupo prefabricado de teen pop (vale, ya sé que es una redundancia) fue reciclada en el r&b más ramplón por sus jefazos para su relanzamiento en Funky Dory. Pero no se dejen engañar por las horrorosas fotografías en ropa interior en las que aparece Rachel con un estilismo a lo Jennifer López que no le pega nada (lo de esta chica sería más un morbo de pijama y Nenuco), bien aconsejada se ha pasado al pop de baile comercial en la provechosa línea de Kylie Minogue. Un par de singles de bastante éxito (la estupenda y contundente So Good y Negotiate With Love) preludian su próximo elepé que, segun popjustice, sólo tiene una canción mala. Mi favorita, sin embargo, es Some Girls, canción incluida en la edición USA de Funky Dory y claro ejemplo de copia de la copia; muy influenciada por el sonido de Alison Goldfrapp, no es más que otro saqueo del clásico inagotable del pop chicle; Rock and Roll part 1 de Gary Glitter. Eso sí, resulta una adictiva canción entre el glam y el pop más pegajoso.



Helen Love · Bubblegum Killers "El punk consiste en hacer las cosas en tu casa" es el principal mandamiento de este grupo galés cuya colección de discos se limita al primero de los Ramones. Helen reanuda la edición de singles, en esta ocasión el volumen cuarto de las aventuras de Helen Love después de grabar su único y primer elepé donde abandonaban un poco las coordenadas del acelerado punk de juguete del principio para abanderar una revolución punkpopbubblegumdisco que, por supuesto, fue totalmente ignorada.

Pues que decir de Helen Love, la mayor fan de Joey Ramone que hay en el mundo (y que consiguió que el ídolo, a su vez, fuera fan de ella) se agenció un casiotone, una caja de ritmos y una guitarra de juguete y a comerse el mundo con sus colegas. Es como un personaje de tebeo, apenas hay fotos de ella y a ratos es para dudar de su existencia. Saca singles de abigarradas portadas deliciosamente kitsch pop en plan hazlo tú mismo, como si fueran los números de un tebeo que fuera relatando sus aventuras que son luego recuperados en compilaciones (los Radio Hits, que van por la tercera entrega). El mundo de Helen Love está poblado de riot grrrls, de sol, de mar, de playa, de diversión, amor, agudos puyazos al panorama musical UK y devoción por los Ramones. El mejor y único grupo que merece llevar la etiqueta de punk desde el '77. Y además en el single viene Wigwambam, una canción dedicada a las locas de Jaime Hernandez. 'Nuff Said.


Y finalmente, por dar el toque español, Los Soberanos, la esperanza blanca, perdón, catalana, del ye-yé acaban de editar disco con Elefant; Maratón ye-yé. Un elepé donde echo de menos temas clásicos del grupo como El turista 1.999.999", "Yo no tengo a nadie o Qué chica tan formal, solo disponibles en un bonito EP de cuatro canciones publicado hace años. A cambio han incluido el estupendo hit de Raphael (sí, sí, ese ser en el que están ustedes pensando) etapa ye-yé; Todas las chicas me gustan [escúchela aquí], manifiesto que suscribo. En fin, salvo un par de canciones el disco mola, y lo que es más, le molará a tu madre también.

En fin, el duo tecno de toda la vida, unos recuperadores de la época dorada del pop, unos adoradores de la santa figura de Joey Ramone y unos melenudos. Desde luego no les ofrezco nada que vaya a hacer avanzar la música pop hacia horizontes insospechados, simplemente es más reciclaje pero hecho con gusto y gracia. En unos tiempos no demasiado buenos para la manifestación más colorista de la juventud consumista, ya sólo cabe esperar que este eterno retorno a los mejores momentos del pop comercial revitalice la paupérrima situación presente y haya un par de grupos que merezca la pena seguir, con eso me conformo. Porque esperar una revolución que genere una nueva época dorada del pop como ocurrió con la explosión punk en una situación similar, es ya una quimera. El populacho no está por la labor y el gusto del público es cada vez peor (lo siento pero tenía que decirlo). Y la música pop hace tiempo que dejó de ser el motto principal de una hipotética cultura juvenil para pasar a ser lo que suena durante los anuncios y cuando te llaman por móvil, una opción más de ocio entre las muchas que ofrece el centro comercial del extrarradio. En fin, los tiempos cambian, la ciencia avanza. Pero yo no.