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la estación fantasma

13 abril 2005

Demasiado viejo para el cyberpunk...


Uno de los subgéneros literarios favoritos en esta casa es el cyberpunk, ese movimiento del que todo escritor con dos dedos de frente acabó renegando pero del que muchos se atribuían parte en la paternidad. El género que comenzó como el estallido de una hipernova de cromo y neón para acabar convertido en la folklórica imagen de una tipa calificándose de cyberpunk haciendo el ganso por los más exquisitos programas de telebasura con tuercas pegadas en la cabeza. En fin, el típico proceso que sufren todos los movimientos artísticos medianamente de vanguardia, después de la muerte siempre viene la parodia y ya hablando de España pues el vodevil chusco.

Pero lo que importa, los escritores. ¿Qué hicieron cuando las constelaciones de cromo barato se enfriaron y los neones de desvanecían en el horizonte como los fantasmas de un futuro que nunca se cumpliría?. Pues seguir escribiendo, claro. Y como dos de los últimos tochitos que me he leído son de dos de los más prestigiosos y casi inéditos figurones del movimiento, esta introducción me viene de perlas para hablar de ellos.

A menudo y por eso de no calentarse la cabeza, la crítica especializada identifica a Rudy Rucker como el Phil Dick del cyberpunk. A pesar de lo facilón de la etiqueta no anda desencaminada del todo, Rucker ha pasado por períodos vitales tan lamentables como los del divino pirado y, literariamente, guarda muchos puntos en común; estilo desmañado, estructura inexistente, protagonistas que suelen ser el propio escritor ligeramente disfrazado, transrealismo, paranoia... Sin embargo, Rucker es un riguroso científico matemático (por ejemplo, el interesado puede buscar su "La cuarta dimensión" un libro de divulgación científica publicado por Salvat, curiosamente la otra obra traducida en castellano de Rucker aparte de "Software") que últimamente andaba aporreando un teclado para ganarse la vida como programador de juegos. Especialmente dotado para la divulgación y poseedor de una imaginación desquiciada, mezcla de escritor hard y Phil Dick, la experiencia de leer a Rucker, es, como afirma John Shirley "tomar drogas sin los efectos secundarios".

Después de grandes triunfos como "White Light", la trilogía de "Software" o "Master of Space and Time", Rucker, con la vida ya más asentada como programador, publicó, a mediados de los noventa "Hacker and the Ants", la novela que nos ocupa.

"The Hacker and the Ants" (1994) es una divertida comedia sobre Jerzy Rugby, un hacker (entendiendo "hacker" como un programador profesional, no un pirata informático como entienden en la tele) recién divorciado que trabaja en la confección de robots caseros en Silicon Valley. Mediante realidad virtual, Jerzy programa las librerías de códigos que conforman el software IA de los robotitos. Un día recibe en su escritorio virtual vía email una hormiguita (también virtual, claro. Por cierto, ¿hay algún sinónimo para esta palabreja de marras?). Dicha hormiguita se escapa a la red y ya la tenemos liada. A partir de aquí se desarrolla una comedia enloquecida al estilo de "Un me siento rejuvenecer" de Hawks pero cambiando al entrañable científico casero que te descubre el elixir de la vida en el sótano de su casa por el más moderno programador informático.

El resultado es una divertida comedia de las tribulaciones de un programador en Silicon Valley que ha sufrido un caso extremo de mobbing, desmañadamente escrita pero muy fácil de leer, en la que brillan como siempre las capacidades didácticas de Rucker explicándonos el fascinante mundo de la ofimática virtual del futuro, la robótica, las hormigas y lo que se tercie. Extremadamente interesante es la imagen que da del mundo de las compañias de software donde el pirateo entre empresas o el puteo a los empleados está a la orden del día. O esas alucinadas suyas (aunque aquí escasean), como la fantástica cabalgata a lomos de una hormiga virtual gigante. Lamentablemente cuando nos relata las virtudes de este mundo virtual da la sensación de que nos habla de una tecnología que hace cinco minutos acabó en la vía muerta formando parte de ese tipo de cacharros que parece nos van a convertir el futuro en un lugar maravilloso y que luego acababan en las páginas de retrofuturismo de broma. En el debe apuntar la inexistente estructura de la novela al estilo dickiano, que se convierte en un ir y venir de Jerzy; liga con una señorita, visita a los niños, intenta cepillarse a otra, venga para arriba y para abajo como un pollo sin cabeza. O la introducción de personajes que aportan la información adecuada para precipitar la acción y que el protagonista logre solventar el misterio. Asimismo el final flojea, convirtiéndose en una apología de la institución familiar con los niños ayudando a papá a cargarse los malos que parece sacada de una película de Disney. Aunque el personaje central, ese Jerzy cuya profesión de programador le hace creer que pertenece a la escogida secta de la Gran Misión Tecnológica Robótica, una especie de Gran Obra que justifica sus decisiones vitales mientras el resto de su vida es un desastre, le da un giro irónico a ese final un poquito bochornoso. En fin, se deja y como introducción al particular mundo de Rucker es una buena opción, pero a falta de leer algo suyo más reciente constato que se está haciendo viejo, o el mundo editorial norteamericano impermeable a obras como las que solía facturar al principio de su carrera va amansándole progresivamente. O ambas cosas.

Y si Rucker está mayor, qué podemos decir de John Shirley, un tipo que escribió "Eclipse", el thriller de cf más violentamente político que me he podido echar a la cara y cuya última novela es la adaptación de la peli de "Constantine" (por supuesto, ya publicada en España). Pues Shirley, aparte de mantener varios frentes abiertos (escritor de terror, adaptador de engendros fílmicos para ganarse las lentejas, guionista de cine y televisión) mantiene una carrera de escritor de cf más o menos presentable. Y uno de sus últimas novelas; "...And The Angel With Television Eyes" (2001) podemos tomarle el pulso a su estado de forma.

Max Whitman es un mediocre actor que logró un éxito efímero en la gran pantalla en un film de espada y brujería mientras sobrevive actuando (o poniendo la cara) en un culebrón hospitalario televisivo. Pero ahora Max, que se hace viejo, los papeles decentes escasean y se le está empezando a pasar por la cabeza actuar en el teatro; Ricardo III nada menos. Pero mientras se emperra en arruinar su carrera comercial en contra de la opinión de su pareja y mánager, Max comienza a sufrir visiones, y se encuentra en los momentos más inoportunos interpretando al principe Lord Greymark soltando unos diálogos que ríete tú de Aragorn o Gandalf... Hasta, que, en una convención de frikis de la cifi (jeje), un tal Carstairs, contacta con Whitman para intentar revelarle la terrible verdad...

Shirley, como había explorado en obras anteriores, hurga en la cultura popular como generadora de mitos y material con el que alimentar la novela de fantasía. En este caso echa mano de los juegos de rol online, internet, los tebeos de superhéroes o el fantasy más caposo para crear una especie de realismo mágico neoyorkino que juega con la idea de mundos paralelos habitados por espíritus (plasmagnomes) que, o nos observan o nos odian y están deseando cepillarse a los putos humanos que nos los estamos cargando (involuntariamente) con polución electrónica, nuestra basura cultural.

La historia resulta ágil, entretenida, que guarda sus mejores momentos hacia la segunda mitad de la novela, cuando Max y Carstairs comienzan su particular descenso a los infiernos poblados de los plasmagnomes, esos seres espirituales que para manifestarse en nuestra realidad se revisten con desechos de nuestro detritus tecnológico y cultural; un astronauta gigantesco con yelmo, una Madonna fabricada con material hinchable arrastrada por ángeles como helicópteros, un tipo que tiene por cabeza una gran bola de espejo, adicto a la distorsión de una guitarra eléctrica y, por supuesto, un ángel con ojos de televisión. Es en la descripción de estos seres donde brilla el fuerte de Shirley, su potente y perturbada imaginación (en eso y en los títulos de los capítulos, impagables todos ellos). Lástima que no haya cuidado la endeble trama que sostiene la historia, que podría figurar en cualquier tebeo basura de superhéroes, como si el concepto de la exploración de la cultura popular y su retroalimentación en la fantasía contemporanea, así como el desfile de freaks hubieran aplastado bajo su peso un argumento cuya resolución final es hasta risible por simplona y que parece sacada de un peinado de la caspa pop más friki. En fin, es ágil, no aburre en absoluto y se deja leer, pero entre esto y "Los que reptan" para mí que Shirley lleva demasiado tiempo trabajando para el cine y la tv, porque se encuentra en coordenadas muy, muy, pero que muy lejanas, de las magníficas "A Splendid Chaos" o la trilogía de Eclipse.

10 abril 2005

La muñequita de papá



Habrán notado que últimamente la vertiginosa cadencia de mis actualizaciones ha caído casi al punto de coma profundo. Sí, importantes cambios en mi fascinante devenir vital me tienen liadísimo, cosa que me obliga a descuidar la estación. Y mientras intento terminar de una vez un par de comentarios a costa de Rucker y Shirley, aprovecho para colocarles un comentario sobre un clásico del tebeo indie americano cuya publicación en España pasó totalmente desapercibida, quizá la "modesta" edición de La Cúpula tuyo algo que ver en ello. Se trata de "La muñequita de papá" de Debbie Dreschler. Así pueden conseguirla antes de que sea otro de esos tebeos que en un par de años no haya quien encuentre.

"La muñequita de papá" es un tebeo parcialmente autobiográfico de la propia adolescencia de Dreschler. En la historia Debbie se desdobla en Lily, una niña normal de una familia normal de clase media de un pueblo pequeño de los USA. Pero bajo esa apariencia de normalidad bullen las aguas turbias del abuso infantil, la neurastenia y las mentiras que mantienen con alfileres una falsa felicidad familiar. Las visitas nocturnas del padre de Lily van socavando a la niña por dentro mientras aparentemente no pasa nada. La vida familiar se sigue desarrollando normalmente puntuada por pequeñas explosiones neuróticas de unos padres que vuelcan sus frustraciones sobre los hijos.

A medida que van pasando los años, los abusos que sufre Lily van despojándola de su autoestima y su capacidad de autodefensa (asume e interioriza que si su padre abusa de ella es porque se lo merece y le gusta, como le recuerda él reiteradamente), arrasando incluso con su mundo interior que gira alrededor de un implacable desprecio por ella misma. Al final, incluso pequeñas satisfacciones como las aptitudes artísticas de la muchacha son aplastadas por otro episodio de abuso sexual del que es incapaz de defenderse. Y al final únicamente queda el vacío y la soledad y soñar con voces distantes, imaginando que son la familia feliz, el cariño y la amistad que a ella se le niegan.

Muy lejos del melodrama y el optimismo de la historia de superación personal de la excelente "Historia de una rata mala" de Brian Talbot, Dreschler construye una historia brutal y desoladora en su retrato de la unidad familiar. A base de historias cortas, básicamente anécdotas limpias de cualquier melodramatismo, vamos siendo testigos de la sutil crueldad de un matrimonio destruido que funciona por inercia, de las frustrantes relaciones amistosas durante la adolescencia, la falta de perspectivas y futuro del mundo que vamos construyendo para los chavales.

El dibujo es el habitual feísmo indie que puede espantar a mucha gente. Es incluso torpe pero que funciona perfectamente porque contrasta la brutalidad y crudeza de la historia con una delicada y detallista inocencia. Recuerda lejanamente a un Luis Durán recargado y onírico, de atmósfera grave y oscura, hermosa incluso, como en esas viñetas de la violación en el bosque o las perspectivas descoyuntadas como teatrillos expresionistas donde se va desarrollando la vida de los personajes.

Y todo ello sin necesidad de clavarnos una historia autobiográfica de artísticas trescientas páginas, sin buscar cabezas de turco; aquí la culpa no la tiene la religión, ni la sociedad puritana, ni la televisión ni nada; aquí los culpables somos nosotros, la pura verdad desnuda. Y en el abrupto final no hay ninguna conclusión, ninguna resolución por parte de la protagonista, ninguna catársis; la vida continúa en su absurdo y cruel devenir, estrechándose como un túnel obstruido, encharcado y hediondo que fuera a triturarte en su interior.

04 abril 2005

Phil Lynott ha vuelto a la ciudad (y II)



En el anterior episodio habíamos dejado a nuestros héroes comenzando a disfrutar de sus mejores momentos y a la espera de los días de éxito, drogas y rosas que estaban por venir. Pero cuando lo tenían todo a sus pies no se les ocurre otra cosa que sacar "Johnny the Fox" a los seis meses de haber editado "Jailbreak", matando gran parte de la carrera comercial de éste. Y para acabar de arreglarlo aparece la mala suerte; Robertson se corta los tendones de una mano en una pelea un día en el club Speakeasy un día antes de comenzar el tour USA como teloneros de Queen, gira con la que esperaban comerse todo y forrarse definitivamente.

De nuevo llamaron a Gary Moore para cumplir con la gira que acabó con la grabación del precioso y soleado "Bad Reputation", el último en el que colaboró Robertson antes de enrolarse en Mötorhead. Era el momento más álgido de la banda, respetado por músicos, admirado por la crítica, adorado por los fans, la personalidad de Philo comenzaba a cambiar. Momento ideal por tanto para editar el típico doble en directo con el loable objeto de sacar unas pelas y tomarse un merecido descanso. "Live and Dangerous", se llamaba el álbum, casi totalmente regrabado en estudio según declara en su página web el productor Tony Visconti (una práctica de lo más habitual en el mundillo). Pero la suerte comenzaba a darles la espalda y la gira norteamericana organizada para apoyar el disco fue un recorrido lisérgico de una pandilla que iba puesta hasta las cejas continuamente, donde se veían envueltos en peleas desde el mísmisimo Phil Lynnott hasta el conductor de la limusina. Como sería que cuando probaron al batería Terry Bozzio para sustituir a un agotado Brian Downey, se vieron obligados a rechazarle porque no decía tacos y ¡se quería llevar a la mujer de gira!. En fin, eran un desastre, lo más alejado a un músico profesional que te puedas echar a la cara (la primera visita al que sería su futuro productor, el por entonces prestigiosísimo Tony Visconti, la hicieron Gorham y Lynott cerveza en mano a las once de la mañana ya bien cargaditos).
Tras la grabación del gran "Black Rose", Moore abandonó a mitad de la gira siguiente, incapaz de soportar la actitud profesionalmente nula de sus compañeros (Gary Moore es un bocazas con un ego descomunal, pero tenía sus detalles; durante las sesiones de "Black Rose", se molestó en enseñar a Gorham acordes especialmente difíciles que podría haber tocado él mismo). Moore se llevó consigo el gran éxito "Parisian Walkways" (una de las pocas composiciones de Philo que detesto absolutamente) y su famoso corte en la cara cortesía de un Lynott cuya rutina vital por aquella época era meterse coca para aguantar hasta la madrugada y luego atiborrarse de tranquilizantes para poder dormir un par de horas y continuar con la gira. Como anécdota contar que Midge Ure, futuro Ultravox, fue contratado para acabar la gira junto a Dave Flett.

Lynott con Gary Moore, momentos antes de partirle la cara

Los Lizzies ya iban lanzadísimos y comenzaban los ochenta, ésa entrañable década a la que los viejos dinosaurios del rock asistían desconcertados; el punk había matado al progresivo y la new wave aupaba al pop a un puesto preferente en los volubles gustos del gran público. Así que los rockeros intentaron reciclarse, pero tal y como entiende el pop un tío viejo, millonario, alejado totalmente de la realidad, maltratado por las giras y los excesos y aconsejado por productores y mánagers sin escrúpulos: una musiquilla blanda, pastelosa y sobreproducida. Phil Lynott, que no le hacia ascos ni al punk ni a la nueva ola, sorteó con elegancia el cutrerío del heavy adulto, de nuevo gracias a sus enormes composiciones y su buen gusto (colaborando con miembros de Sex Pistols o compartiendo escenario con el mísmisimo Elvis Costello. Es que la new wave ya era un sindiós). Por esa época (1980) editó un estimable álbum de pop, "Solo in Soho" del que el tecno-hit "Yellow Pearl" fue elegido por la BBC como sintonía para "Top of the Pops", cosa que muchos fans se tomaron bastante mal, revelando la complicada situación comercial de Thin Lizzy en la tierra de nadie entre el rock duro y el pop.

Cansado de bregar con Robertson, Moore y demás bandarras, Lynott reclutó a dos tímidos y manejables músicos; 'Snowy' White (este, que venía de tocar con Pink Floyd escondido entre bambalinas, el pobre ni se movia en el escenario, así que Gorham y Lynott se volvían locos correteando para dar espectáculo) y el jovencísimo teclista Darren Wharton (que sufrió la simpática y novatada de Lynott cuando le convenció de que el manager de la gira era gay, se había enamorado de él y pretendía llevárselo al catre). En los dos discos con esta nueva formación, tanto en el ecléctico "Chinatown" como en el más rockero "Renegade", el alejamiento al típico sonido Lizzy se perdona por canciones como "Sweetheart", "Sugarblues", "Having a Good Time", "Hollywood", "Mexican Blood", "No One Told Him"... Sin embargo, ambos elepés resultaron ser un fracaso comercial.

A estas alturas tanto Downey como Gorham amenazaban con abandonar definitivamente y el grupo vivía agobiado por las deudas, así que echaron mano de John Sykes para sustituir a White que nunca fue querido por los fans y quien renunció finalmente ante la imposibilidad de trabajar con un Lynott intratable que podía o no podía ir a los ensayos, según le diera. Sykes era un ejemplo clásico de guitar hero velocista atómico del jevi ochentero, y eso es lo que es "Thunder and Lightning", un disco de puro heavy metal, macarra a más no poder pero también oscuro y deprimente como el pozo en el que se sumergía poco a poco Lynott. En el que quedan ya pocas trazas de los Lizzies clásicos pero que mola escuchar cuando estás quemadísimo de todo (hay punteos de Sykes que hacen sangrar los oídos, como en el brutal "Cold Sweat"). Finalmente, agotados por años de giras, drogas y excesos tanto el discreto Brian Downey, que había permanecido años y años junto a Philo, como Gorham, tiran la toalla para descansar en sus mansiones (y desintoxicarse, supongo).

Después de la exitosa gira de despedida con la que sacaron suficiente dinero para pagar las deudas, se edita el obligado doble en directo de despedida para rebañar beneficios,"Life Live" (otro despropósito de Lynott que, emperrado en ponerse a la mesa de mezclas, se tiró un año para acabar cargándose el disco, desaprovechando de paso el tirón comercial que la disolución de la banda había suscitado). Tras el último concierto en Nuremberg, se despidieron tranquilamente en el aeropuerto y eso fue todo. Con un discreto adiós acababa la historia del grupo.

¿Macarras nosotros?

Lynott hace buenos propósitos pero su adicción a la heroína y la vida rockera fueron más fuertes, así que se lía de nuevo creando Grand Slam, un grupo al estilo jevi ochentero del que rulan maquetas y bootlegs por ahí. Un engendro al que vuelven a salvar las estupendas canciones de Philo, pero continúan actuando borrachos o drogados o ambas cosas y no había discográfica dispuesta a apostar por un reconocido heroinómano que intentaba revitalizar una dudosa carrera, así que la falta de dinero y contrato acabó con el grupo. Y tras colaborar en un par de temas del "Run for Cover" de Gary Moore (aportando el estupendo "Military Man"), cuando se hablaba ya de una nueva reunión de los Lizzies, y envuelto ya en una espiral cerrada e insalvable de drogas y autodestrucción, Philo muere el cuatro de enero de 1986, dos años después de la disolución de Thin Lizzy.

Y con él se fue uno de los mejores songwriters de todos los tiempos, y lo digo así, sobrao y pasándome la mano por el pelo (para alguien tan poco sospechoso como Shane McGowan de The Nipples o The Pogues era "el mejor músico que ha dado Irlanda"). No les voy a aburrir detallando la discografía de Thin Lizzy, porque ya estarán derrotaos de leer. Pero por flojo que fuera un disco suyo siempre había un puñado de joyas en él, desde las canciones delicadas y preciosas (ambas "Sarah", "A song for While I´m Away", "Little Girl in Bloom", "Sweet Marie", "Still in Love With You") hasta las más rockeras ("The Rocker", "Massacre", "Cowboy Song", "Rosalie", "Suicide", "Got to Give it Up") incluso hasta punkarras como "Get Out of Here" o "Are you Ready?". O estupendas y luminosas canciones de sólidas estructuras pop como "With Love", "Southbound", "Dancing in the Moonlight", "Downtown Sundown", "Waiting for an Alibi"... ¡hasta jazz! ("Fats"). Canciones que eran el centro de todo, donde nunca había un punteo demasiado largo, absurdo o fuera de lugar, vicio que lastra a tantos grupos de rock duro. Donde a pesar de que tratase la soledad, la ruptura, el abandono e incluso su propia adicción siempre lo hacía mirando hacia delante con orgullo y sin autocompasión. Porque al final da igual el estilo, las canciones son lo que realmente importa.

Y por eso me siguen gustando Thin Lizzy después de todos estos años. Por eso y por su imperfección casi romántica, por sus errores garrafales, por su falta de suerte. Tenían talento de sobra para haber sido la mejor banda de rock del planeta pero la fastidiaron porque en el fondo no eran más que chavalotes de barrio que se comportaban en un dome de Dallas ante cincuenta mil personas como si siguieran tocando en pubs de Dublín, charlando y haciéndole bromas al público. Siempre llegando tarde, siempre de festorro. Chavales que no pudieron con el dinero, las drogas, la fama y la terrible soledad de estar ahí arriba, aplastados por toda la maquinaria comercial que hay detrás de lo que una vez fue rebeldía e ilusión juvenil e inocentona. Como Philo intuía tristemente en la bellísima "Sweet Marie".

Somewhere out in Arizona
Such a long way from California
oh I felt so alone there
I was two thousand miles away from home there

Tonight we're going to play Boston
and I still don't know what the hell is going on
Oh but I wrote this song
and it keeps me thinking on about my sweet Marie