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la estación fantasma

27 septiembre 2005

C:/



Llega un momento en la vida de todo lector, escuchante de música, rata de filmoteca o máquina de ver la tele, en el que la nostalgia, ese narcótico sentimental, levanta su fea cabeza enturbiando el recuerdo y el sentido. Y a poco que tengas una vida un poco aburrida no es de extrañar que acabes como ese tío rarito que oculta toda familia, atrapado en el círculo infernal del coleccionismo, siempre detrás de ese libro, ese tebeo, ese disco que tan maravillosos recuerdos te trae, un amuleto de magia y misterio que condensa ese único momento irrepetible en el que recuerdas haber sido redonda, absoluta y completamente feliz.

Incluso en un mundillo tan moerno y tan de ahora como es el de los videojuegos, la nostalgia campa a sus anchas. Más aún, para la masa los videojuegos son cosa de chavales o peterpanes, y los adultos dignos de ese nombre no se rebajan (o no admiten que se rebajan) a echarse una partidilla al GTA San Andreas (como mucho algo de pensar, tipo Civilization o sus millones de imitadores). El caso es que la afición a matar marcianos es, como los tebeos, la cf o las pajas, una afición sembrada y cultivada con cariño desde la más tierna infancia, y, por tanto, campo fértil para la nostalgia.

No, no voy a aburrirles aquí con un cálculo completo del dinero desperdiciado en las máquinas de los billares, ni mis partidas a Spectrum con un vetusto televisor a blanco y negro, cargando obras maestras desde una TDK Ferro 60 con un destornillador en un radiocasette destrozado, mis sórdidas aventuras en el submundo de la pirateria del Rastro o en estaciones de metro de la zona sur esperando al Hombre. Eso lo dejo para otros posts, no se preocupen. Aquellos fueron momentos únicos, felizmente recuperados posteriormente gracias a Emulatronia y otros sitios dedicados al retrojueguismo de ocho bits. O ese otro invento con el que algún excelso dios cibernético nos obsequio a los patéticos humanos, esa pedazo de MAME con todos los juegos que fueron exitos arrolladores en los billares menos recomendables del barrio. En fin, que les cuento que ya no sepan, panda de viciosos. El caso es que hace poco descubrí que se había dado un paso más en el mundo de la emulación, la nostalgia jueguera y el pajerismo extremo que me veo en la obligación de anunciar al mundo bloggero en general y al onanismo naranja en particular. Y eso es la DOSBox.

Sí, porque es tal el mundo de la emulación que, cómodamente instalado en casa, y en lo que tardan en bajar tres descargas, puedes echar una partidita a ese juego ignoto de Commodore Amiga que le compraste a un mangui en un discreto intercambio en la estación de Aluche. O a ese seminal Asteroides al que te conformabas con mirar como jugaban los mayores porque no alcanzabas a los mandos (y porque uno era un manta pa que negarlo). Hasta los ordenadores más ignotos y bizarros tienen su emulador (existe emulador hasta de aquel absurdo Sinclair QL, ¿para cuando el de SpectraVideo o el Oric Atmos, adorables imitaciones del Commodore y el Spectrum?). Pero los más pajilleros nos veíamos privados aún del emulador definitivo, por el que los veteramos suspirábamos en silencio mientras currábamos en la oficina, la ironía hecha línea de comando: un emulador de MS-DOS.

Porque a ver quien no se acuerda de cuando los padres, engañados por enésima vez con el cuento de "me ayudará a estudiar", te compraban aquel soñado 386 con tus doscientos megas de disco duro pensando que aquello iba a ser como Tron o Videodrome pero en computadora. Y cuando encendías con reverencia el cacharrito, te aparecía todo en negro con una letrita C, dos puntos y un guioncito parpadeante. Y ya.

Sí, era una época en que ejecutabas el Windows desde línea de comando y a mí el explorador de archivos me sonaba a chino, lo hacía todo desde DOS, como un señor. Por no hablar de esos juegos que cabían en un disquette y te sobraba espacio, como aquel impresionante Elite Plus, el Transport Tycoon o Gateway (sí, el libro de Pohl tenía adaptación a PC. Y Neuromante. Y de la saga de Rama. Y Mundo Anillo). Por no hablar de aquel juego que ya venía en muchos disquettes y marcó época; el Doom.

¿A que les está picando el gusanillo?

Pero la llegada del Sistema Operativo Único acabó con la era de la línea de comando. Y a medida que los juegos cada vez eran más grandes, aparatosos y espectaculares con el objeto de obligarnos a comprar hardware nuevo cada dos por tres, era cada vez más difícil hacer correr los antiguos en nuestras potentísimas máquinas que quedaban obsoletas a los seis meses de haberlas actualizado (aunque por System Shock 2 o Unreal Tournament merecía la pena aflojar la mosca). Pero como hay gente pa tó en internete (ese elemento fundamental en el renacer del retrovideojueguismo, sobre todo gracias a sitios de abandonware como The Underdogs) uno encontraba pajeros que adaptaban juegos de DOS para correr en XP (véase Privateer Remake) y los manitas más extremos recuperaban vetustos 2 y 386 de las oficinas de la administración pública y ventanillas de los ambulatorios, mientras apuntaban orgullosamente que el Hubble funcionaba con un 486 a bordo. Todo ello únicamente por matar el gusanillo de la nostalgia echándose esa partidilla en horas de oficina al Llamatron (el juego más adictivo de todos los tiempos) 4D Sports Boxing o el más que mítico Wolfestein 3D. O hasta un PC Fútbol 4 si hacía falta.

Pero los remakes no satisfacen a los más puristas que buscan esa "magia" especial que sintieron destrozando automóviles en Stunts o arrasando civilizaciones rivales hasta los cimientos en Civilization. Ni todo el mundo puede ir a altas horas de la madrugada al vertedero del barrio para arramplar con los componentes con los que fabricar su computadora "vintage". O que son muy vagos, como yo. Para nosotros, unos abnegados pajeros han creado DosBox, emulador de DOS para que rulemos nuestros pedazos de vida favoritos durante horas y horas sin verguenza ni límite, ahora que no tenemos madre que nos llame para cenar. Y si se bajan el lanzador de juegos D-Fend (uno de los varios frontends que existen para agilizar tarea de cargar los juegos) les facilitará horrores el trabajo, librándose de andar configurando a mano cada vez que quieran jugar. Aunque, desgraciadamente, todavía no se puede emular Privateer y tampoco se pueda modificar el tamaño de ventana (aunque sí funciona a pantalla completa) entre otros defectillos que ya se solventarán seguramente con el tiempo.

En fin, otro regalo del dios de Internete a los sufridos treintaymuchoañeros. Y es que tengo ahora mismo corriendo el Elite II Frontier y se me saltan los lagrimones. Y claro, por eso no escribo en el blog.

Elite II, la perdición