29 julio 2005

Pattern Recognition: el futuro obsoleto



Hubo un tiempo en el que, cuando veía una nueva novela de William Gibson en la librería, sabía que debería posponer todos mis planes para esa tarde. Cosa que me ocurrió desde el mismo momento en el que leí "Neuromante" una tarde de domingo, después de adquirirla cegado por la crítica y posterior entrevista que Jacinto Antón le realizo al ídolo en El País (por cierto, que grande Jacinto Antón, no sólo me descubrió a Gibson sino también a Gene Wolfe y otros. Por no hablar de sus maravillosos artículos sobre arqueología o viajes decimonónicos).

El caso es que cuando cerré la novela, fue como si me arrancaran de un mundo que realmente existía, las neuronas felizmente intoxicadas por esa prosa de alta densidad poética en la que la acumulación de detalles te sumergía en un mundo naufragado donde la naturaleza había sido sustituida por una tecnología que, en las manos de Gibson, se convertía en algo mágico y misterioso. Luego vinieron las secuelas, perfeccionamiento y pulido de los conceptos manejados en "Neuromante"; "Conde Cero", leída de un tirón una noche de Navidad. Y "Quemando cromo" y "Mona Lisa Acelerada", que adquirí yendo con la idea de comprar una entrada para no recuerdo ya que concierto. En fin, después de esta confesión se estarán explicando ustedes muchas cosas...

Pero toda historia de amor entre un lector y su autor favorito tiene un final. Y este final se estampó contra mi cara con la desastrosa "Luz virtual". La supernova deslumbrante de cromoblablabla que supuso la trilogía del Sprawl había degenerado hasta convertirse en la ratonera sintonía de un programa televisivo de tercera como muy bien escribía Albert Solé en su crítica de la novela para Gigamesh. Rutinaria, vulgar, plana, aburrida a pesar de los fallidos toques de humor, no podía creer que aquel fuera Gibson, mi Gibson, el Gibson de "Neuromante" o "Conde Cero". Más tarde aparecieron "Idoru" y "Todas las fiestas del mañana" que redondeaban la maltrecha trilogía del Puente. Aunque mejoraban con respecto a "Luz virtual" (sobre todo "Todas las fiestas..." formalmente una de las mejores novelas de ciencia ficción de los noventa), Gibson había perdido mucho encanto, los argumentos eran ya demasiado repetitivos, irrelevantes y mal rematados. Y sobre todo se había perdido la energía punk, la melancolía por un futuro devastado, la magia que galvanizaba la trilogía del Sprawl.

Llegué a la conclusión de que se acabó Gibson para mí. Pero como uno ya está mayor para numeritos de "matar al padre", me lo tomé como la consecuencia lógica de la amplia fama mediática de Gibson; los devaneos con Hollywood y sus guiones espléndidamente pagados pero nunca rodados, el star system pop (vampirizado por U2 o Bowie por ejemplo) y un amplio reconocimiento como gurú y miembro del "quién es quien" de una nueva cultura "ciber" (un abanico que iba desde la revista "Wired" hasta Chris Cunningham) habían perjudicado su capacidad creativa. Hasta cierto punto es lógico y normal, una persona feliz, reconocida, rica y famosa no puede escribir "Neuromante".

Así que cuando supe de la edición de "Pattern Recognition" (reconocimiento de pautas, retitulado en la edición española como "Mundo espejo") no me apresuré en absoluto a comprarla. Simplemente, pasado un tiempo me lo pillé por curiosidad, como si fuera el disco de reunión de un grupo que te ha apasionado en la adolescencia, para ver si, perdida ya la emoción de antaño, al menos conservan la dignidad. Y sí, Gibson, aunque no volverá a ser el de antes, al menos mantiene el tipo y sabe perfectamente donde está y hacia donde se dirige.

En fin, pasemos por el trámite de contarles el argumento. Cayce Pollard, una trabajadora freelance (autónoma, vamos) que reacciona a las marcas comerciales de éxito con brutales ataques de ansiedad, trabaja reconociendo las pautas de las modas con viabilidad comercial para ponerlas en manos de las compañias que sacarán el oportuno beneficio económico. A la vez, se ocupa de valorar si los logos e imágenes corporativas funcionarán en la psique del público tras pasar por su delicado sensorio, como si se tratase de un papel tornasolado infalible para el éxito mediático. Pero además Cayce es fanática del Metraje, una serie de cortes cinematográficos de una pelicula de autor desconocido que alguien cuelga en la red. Dicho metraje ha generado un culto de aficionados en internet que, por supuesto, discuten en un foro las posibilidades de la película. Y entonces, durante una estancia de trabajo en Londres, contratada por la empresa de marketing Blue Ant y después de una serie de inquietantes casualidades, Hubertus Bigend, el dueño de Blue Ant, le encarga a Cayce que encuentre al creador de dicho Metraje, interesado en las posibilidades que le ofrece al mundo del marketing esa nueva manera de distribuir y publicitar una película.

Lo primero que hay que matizar es que Gibson ha dejado de escribir ciencia ficción. La acción transcurre en el presente de 2002. Pero aún así, durante el primer tercio de la novela uno no deja de percibir cierta sensación de extrañeza ante un panorama de nuevas (y casi absurdas) profesiones surgidas al calor de las nuevas tecnologías, la omnipresencia global de las marcas comerciales y las franquicias, las subculturas obsesionadas con los más absurdos artefactos y aficiones que encuentran en la red, aglutinante global de información, el lugar ideal donde prosperar. Por no hablar de los terremotos geopolíticos y la desagradable sensación del presente como un lago de arenas movedizas en el que, en cualquier momento, podemos desaparecer sin dejar rastro. Y aquí está uno de los temas fundamentales de la novela, quizá la clave que impulsó a Gibson a abandonar la cf en su sentido más clásico y a buscar una nueva ciencia ficción para el siglo XXI. Como explica el propio Hubertus Bigend en la novela;

"Por supuesto, -dice-, ahora no tenemos ni idea de quiénes o qué podrían ser los habitantes de nuestro futuro. No en el sentido en que nuestros abuelos tenían futuro, o creían tenerlo. Imaginar un futuro completo es cosa de otro tiempo, un tiempo en el que el "ahora" tenía una duración mayor. Para nosotros, por supuesto, las cosas pueden cambiar tan bruscamente, tan violentamente, tan profundamente, que futuros como los de nuestros abuelos, tienen un "ahora" que no basta como base. No tenemos futuro porque nuestro presente es demasiado inestable (...). Sólo tenemos la administración del riesgo. Los cambios de escenario de cada momento. El reconocimiento de pautas."

Para cualquier lector no familiarizado con la ciencia ficción, este sería un acertado charlón sobre la situación vital del habitante de principios del nuevo milenio, un lugar de cambio constante, volátil, donde no hay certeza donde asirse para sentirse seguro. Pero para los aficionados es también una importante declaración sobre el género. Está claro, para Gibson, ya no tiene objeto especular con un futuro más o menos plausible si es muy probable que cuando queramos mirar ya nos hayan retirado el presente, como si de una alfombra se tratase, de debajo de nuestros pies (con el talegazo consiguiente).

Es el culmen de un progreso iniciado en "Neuromante" y la trilogía del Sprawl, novelas enfocadas en el concepto de "cambio". En ellas, un hecho importante, la unión de dos IAs, transformaba el ciberespacio, es decir, el mundo, en algo totalmente distinto a lo conocido hasta entonces. En "Pattern Recognition" el cambio ya es un hecho continuo, diario, impredecible, que ha convertido el presente en un lugar caótico. Donde sólo nos queda el reconocimiento de pautas que pongan orden en ese sindiós. Así, la ciencia ficción sufre un cambio sustancial; ya no extrapolamos un futuro desde un presente, sino que se observa el presente desde el extrañamiento para entenderlo mejor.

Este reconocimiento de pautas es constante en la obra incluso a nivel formal. Es la primera novela, después de "Neuromante", en la que se utiliza un único punto de vista. Gibson se molesta en diversas ocasiones en aclararnos que Cayce se pronuncia "Caise", al igual que Case, el antihéroe de Neuromante. Incluso en un momento de la novela, Bigend piensa que Cayce se escribe como "Case". Por otra parte, la trama es calcada a una de las líneas argumentales de "Conde Cero" donde Marly Kruskhova era contratada por el magnate Virek para encontrar a un artista que había puesto en circulación cajas de Cornell apócrifas. Pero en este caso Cayce, a diferencia de Marly sufre un cambio personal en su aventura y reconoce una pauta importantísima y fundamental a la que asirse; la del sufrimiento humano que une al autor del metraje con Cayce y millones de seres humanos en su misma situación.

Después de todo este rollazo incomprensible, incluso gratuito, y si no se ha pirado usted a otro blog más entretenido, por no decir más breve, estará preguntándose, ¿bueno y la novela está bien o es un coñazo o qué?.

Pues como decirlo..., está bien con reparos. La intriga, en el estilo clásico gibsoniano (novela de espías global con múltiples cambios de escenario al estilo de Le Carré) es entretenida y se sigue con agrado e interés. Las ideas vertidas, como hemos visto antes, son de calado, la inventiva de Gibson, la intensidad y agudeza de su mirada y el ritmo de su prosa te guía a través de cuestiones claves de la cultura contemporánea en la que estás inmerso como si fuera un tren atravesando ciudades inmensas, abarrotadas de información. Uno se ve reflejado en un mundo de foros, correos electrónicos, información al instante, lugares distantes al alcance de meras horas, subculturas otakus, artistas locos... La resolución del misterio del Metraje es satisfactoria y emotiva, al contrario de lo que venía ocurriendo en los absurdos finales anticlimáticos de la trilogía del Puente. Y uno de los fuertes de Gibson, su amplio y agudo conocimiento de la cultura popular es tan acertado como siempre (por fin alguien le da su merecido a la horrorosa ropa de Tommy Hilfiger o Ralph Laurent. Y un fanático del Spectrum como yo no puede sino sonreírse ante esos entrañables Sinclair ZX81 que aparecen).

Sin embargo la clásica técnica termita de Gibson, consistente en ocuparse de los detalles en vez de buscar una visión de conjunto con el objeto de lograr esa sensación de inmersión y a la vez de extrañeza de ese mundo que está ahí pero que no nos paramos a contemplar, puede llegar a ser cansina. Seguir a Cayce en un continuo deambular por países, aeropuertos, tiendas, restaurantes, cafeterías, franquicias, calles, hoteles, haciendo cosas como comprarse sandwiches o cortarse el pelo no sería de extrañar que crispase a muchos lectores. La misma Cayce no es un personaje demasiado interesante, ni con demasiado carisma, repitiendo jugada con aquel Case (case, casey = caja, estuche, entre otras acepciones), un personaje baúl, casi vacío como si fuera la pieza ausente en el rompecabezas de la novela, el hueco en un mundo que les resulta ajeno. Por eso mismo los intentos de darle profundidad, como el recuerdo de ese padre muerto en el 11/S, que revolotea insistentemente por la novela no acaban de cuajar. El resto de personajes resultan igualmente faltos de carisma, de cierta locura que los hiciera más interesantes, al contrario de lo que ocurría con los personajes de la trilogía del Sprawl, que quizá parecían sacados de un pulp barato pero resultaban más divertidos. Paradójicamente el personaje más interesante es el autor del Metraje que no aparece en ningún momento. Por otro lado el estilo continúa abundando en una alta densidad de información típica de este estilo termita, pero ahora despojado de la lírica de sus primeras novelas, consciente Gibson de que ya es innecesaria. Ahora es el estilo de un concienzudo observador, eficaz y preciso, lejos ya de aquel estilo mágico que condensaba el misterio y la melancolía de un futuro devastado.

Así, liberada de todo ropaje nostálgico por un futuro que ya no existe, el aunténtico poder de la ciencia ficción queda al desnudo; una útil herramienta para analizar el presente, la realidad que nos rodea y, por supuesto, en que situación queda la condición humana enmedio de todo este mogollón. Que esta declaración de intenciones la haga Gibson escribiendo una novela de "literatura general", fuera de las colecciones de la ciencia ficción, debería hacernos pensar sobre cuál sería el futuro más deseable para el género.

28 julio 2005

La música de las esferas



Vía la bruttolista me entero que en la página web de la NASA (sí, ese tipo de páginas que todo el mundo almacena en favoritos pero que nadie visita) acaban de colgar el sonido de las emisiones de radio de Saturno, tal y como fueron captadas en el 2002 por la misión Cassini-Huygens al gigante gaseoso. Dichas emisiones se producen por auroras boreales en los polos del planeta, fenómenos muy similares a los producidos en la Tierra.

Siendo Saturno mi planeta del Sistema Solar favorito (sí, tengo planetas favoritos, ¿qué pasa?), no he podido sino lanzarme a escuchar la música de las esferas soñada (e incluso esbozada) por Kepler en su Harmonices Mundi (perdón, tuve una infancia marcada por el "Cosmos" de Carl Sagan). Y vaya, uno esperaba que Saturno sonara como un amenazador coro de Arcángeles o, por lo menos, como Esplendor Geométrico con estática de fondo. Pero no, las emisiones de radio están más cerca de un experimento de la prehistoria de la música ambient que de otra cosa.

Pero lo que es más curioso, escuchando a Saturno (o sus emisiones de radio más exactamente) lo primero que me ha venido al cabezón ha sido el theremin y las melodías de electrónica primitiva que acompañaban las imágenes del clásico "Planeta prohibido". Es decir, Saturno suena talmente a película de ciencia ficción de los años cincuenta, para más inri. Así que no puedo evitar preguntarme... si tradicionalmente ha sido la imaginería popular la que ha dado forma a las visiones de iluminados, santos, eremitas y fanáticos del fenómeno OVNI, ¿no estaremos dando forma a todo el universo que nos rodea, sin darnos cuenta del engaño por la confianza fanática que depositamos en nuestras máquinas?.

Sea como fuere, aunque los extraterrestres al final sean verdes, cabezones y con antenas (o peor aún, como E.T.), el intenso sentido de la maravilla imaginando como debe ser flotar en la órbita de Saturno acompañado de su música, no me lo va a quitar nadie.

20 julio 2005

La música de las fábricas abandonadas



Hace unas semanas bajamos a Madrid durante un par de días por motivos familiares y, ya que estábamos, darnos un homenaje metiéndonos entre pecho y espalda unas bravas con oreja, grasientas como sólo las saben hacer en el Callejón del Gato (y luego postre y café al lado, en la cafetería Suiza de la Plaza de Santa Ana). El caso es que, para no sentir que vivimos exclusivamente para darle gusto al estómago, buscamos una excusa cultural con la que ganarnos la bendición de nuestras conciencias y atiborrarnos sin remordimientos de castizas guarreridas de comer.

Así que, Guia del Ocio en pantalla arrastré a la sufrida con la milonga de la cena a la exposición fotográfica de Berdn & Hilla Becher que se celebraba (y aún se celebra hasta el 7 de agosto) en la Gran via (Centro de Arte de la Fundación Terrorfónica). Y como ya habrán adivinado los más espabilados después de ver la foto de arriba, B&H se dedican exlusivamente a inmortalizar edificios industriales abandonados; altos hornos, minas, depósitos de agua, pozos, silos..., ruinas del futuro amenazadas por el desguace y el óxido. Una atrevida idea para el panorama artístico de finales de los cincuenta, originada durante la infancia de Bernd (cómo no) en la ciudad minera alemana de Siegen, que se vio lentamente desguazada en un proceso temprano de reconversión industrial.

Uno no gana para rarezas pero no puedo evitarlo, me tiraría horas vagando por lugares abandonados; las fábricas, las naves industriales, los depósitos cubiertos de carteles anunciando circos del invierno, las estaciones de tren del fin del mundo. Son lugares sin tiempo, donde todo termina, que nos permiten vislumbrar el presente desde un futuro inmutable e indiferente, a la vez que sirven de mapa de nuestro paisaje interior. Son como esas plataformas de lanzamiento de cohetes roídas por el óxido o esos hoteles de piscinas vacías de los relatos de Ballard; ideogramas de un alfabeto que parece creado exclusivamente para codificar el lenguaje de la memoria y la melancolía. Además, como lector de ciencia ficción, estas ruinas que legamos al futuro me recuerdan los paisajes de la inmensa ciudadela de Nessus de Gene Wolfe o el Viriconium de Harrison, lugares extraños, mágicos y misteriosos.

En las fotografías de B&H, los edificios aparecen desnudos ante el ojo, en blanco y negro, sobriamente expuestos como en el catálogo comercial de una subasta de desechos inmobiliarios. Combinados tanto en cuadrículas o, como en las impresionantes instantáneas de altos hornos, en una única fotografía de una bestia furiosa y dormida, la sencillez en la presentación agudiza aún más esa sensación de estar ante las silenciosas ruinas de un futuro que ya no nos recuerda.

En fin, que si pasan por la amada capital, échenle un vistazo, es gratis y merece la pena. Y el Centro de Arte con su Museo de las Telecomunicaciones también es interesante. Y si no están tan locos como para andar por Madrid en pleno julio-agosto, pueden hacer una sencilla búsqueda en el Imágenes de Google para degustar diversas muestras del arte de esta pareja (pongan "Bernd Becher" simplemente). Y si les quedan ganas aún hay más locos de las fábricas abandonadas como Industrial Night And Magic sobre una Europa industrial (y su mano de obra) que desaparece (no se pierdan el tour nocturno en la planta de Zollverein). O el más lírico Alexey Tikhonov (ese barco varado en las tripas de una fábrica desguazada es irresistible). Por no hablar de Abandoned Places. Porque si algo bueno tiene internet es que, por muy rara que sea tu obsesión, siempre encuentras a alguien que la comparte.



Actualización

Heiko Hebig de Industrial Night And Magic enlaza las fantásticas fotografías de Alexey Tikhonov via este su blog. Nada más comentarles que Heiko también mantiene un blog con estupendas fotografías de maquinaria en vías de extinción que merece mucho la pena para quien guste de estas cosas.

15 julio 2005

Lecturas saloneras (II)


Narciso Bello, un bon vivant.

Vale, sí, volvemos a las andadas; un porrón de días sin actualizar. Y es que el traslado de mi medio y hábitat natural (Madrid) y posterior injerto aquí (León) me está sentando fatal.

Inmerso en la apatía veraniega no hago más que recordar veranos con doce años leyendo sin parar y merendando bocadillos de salchichón con mantequilla (puagh, algún día escribiré algo sobre comida y libros). Cuando cuatro meses de vacaciones eran una gran balsa atiborrada de libros y tebeos bajando perezosamente por el río Yann. Ahora sin embargo es la gran meseta de Leng, pedregosa e inhóspita donde un mago con una máscara de seda amarilla me tiene atrapado, hechizado, apático, hastiado y aburrido, incapaz de hacer nada. Coño, que estoy muy vago.

En fin, basta de lirismo que me estoy empezando a dar un poquito de asco. Cinco lecturas tebeísticas a ratos perdidos (el desayuno y el váter, entre tareas domésticas, dan para mucho si se sabe uno administrar).



Cycloman de Charles Berberian y Gregory Mardon. Ponent Mon

Berberian, guionista de "El señor Jean" entre otras cosas, se divierte con su afición a los superhéroes insertando respetuosamente la idiosincrasia de los tebeos de género en un ambiente que mantiene las constantes de su obra. Emile, un pringadete rozando la treintena que se dedica a opositar (o sea, a no hacer nada con una buena excusa) y a quien le aterra el compromiso con su novia/amiga, encuentra por casualidad un armadura superpoderosa. A partir de ahí desarrolla una comedia superhéroica-costumbrista con interesantes ideas (ese traje inmenso por dentro que se convierte en una especie de mecha japonés o esos típicos momentos Peter Parker vistos desde una óptica de tebeo francés). Correctamente resuelto, mi problema no acabo de entrar en este tebeo porque el tema de los veintimuchoañeros reticentes al compromiso que lo superan, al fin se hacen mayores y maduran (en este caso gracias a un traje de superhéroe, irónicamente todo lo contrario que ocurre con los superhéroes americanos que gracias a su condición se pueden permitir no crecer jamás) no me interesa demasiado aunque reconozco que no es más que un prejuicio personal (lo siento, madurar como lo entiende Dupuy es rendirse). El dibujo de Mardon, parecido a Peteers o un Dupuy sucio no me ha gustado demasiado. Aún así se deja leer, eso sí, casi tres talegos de los de antes




Buscadores de tesoros/Babel de David B. Sinsen tido

Obra mainstream (entendiendo mainstream al estilo francés de tebeo de aventuras de toda la vida) del gran David B., el autor francés que me tiene totalmente encandilado con su "La ascensión del gran mal". En este caso David varía de registro pero manteniendo sus obsesiones ya conocidas en "La ascensión..."; los cuentos y leyendas, el ambiente onírico, la fantasía desbordante... En este caso se nos narra una aventura protagonizada por un grupo de "héroes" (en un movimiento no demasiado lejano a la Liga de Caballeros Extraordinarios de Moore) en el Bagdad de las Mil y Una Noches. Tomando como punto de partida la maravillosa historia de "El profeta velado" publicada en el "Nosotros no somos los muertos", David retuerce la estructura habitual de folletín de aventuras en un laberíntico y extraño relato a ritmo de narración popular. Lástima que, como viene siendo habitual, este volumen sirve básicamente para presentar personajes y plantear el conflicto. El dibujo de David es tan estupendo como siempre en la composición y esos claroscuros tan rotundos, uno de los pocos dibujantes que no hace cine de los pobres, las historias que cuenta David, tal y como las plantea, sólo pueden contarse en historieta. Lástima que el color no sea de lo más apropiado, incluso lo hubiera preferido en B/N.

Además Sinsen tido nos ofrece "Babel", una recopilación de caras b de "La ascensión del gran mal" enfocado en la obsesión de David con los relatos bélicos y la mitología popular. Despliegue deslumbrante de composiciones abigarradas, laberínticas y surrealistas en un sugerente bitono rojo. Necesario para todo lector/admirador de "La ascensión del gran mal".



La serpiente roja de Hideshi Hino. La Cúpula.

Al rebufo del cine oriental de terror y después del supongo exitosa publicación de maestros del espanto japonés como Maruo o Ito, La Cúpula nos obsequia ahora con otro de los autores de terror más importantes de su país, Hideshi Hino.

Dando por sentado el precedente de Ito y Maruo uno espera que Hino se mueva en las mismas coordenadas de los anteriores; un dibujo preciosista ilustrando detalladas escenas delicadamente repugnantes, enfermizas y turbadoras. Nada más lejos de la realidad, el dibujo de Hino es tosco y crudo, una especie de Tatsumi pero más básico aún. Y sus historias (al menos ésta) aún más demenciales que las de Maruo o Ito. Pero a su vez mucho más poéticas y pertubadoras, que resuenan durante mucho tiempo en lugares de la memoria que creía ocultos.

La historia se cuenta desde el punto de vista de un niño que vive con su familia (una familia, que, siendo suaves podríamos calificar de "disfuncional") en una casa tradicional japonesa inmersa en la nada y la negrura, como si de un Titus Groan oriental se tratara. Poco a poco Hino va relatándonos las rarezas de la familia mientras el tono de teatro grotesco va subiendo poco a poco en un brutal crescendo como un contenido acceso de ira hasta que el tebeo se convierte en un grito desquiciado entre coágulos de sangre. Y cuando te tiene ya medio mareado por la furia desatada, la historia se derrama en un estanque de extraña placidez onírica hasta su desconcertante final.

Este tebeo es como penetrar en los terrores profundos de un trastornado, en un Edward Gorey japonés a lo bruto. De lo más bestia que he leído en bastante tiempo (y he leído cosas muy, muy bestias). Ah, no se pierdan el epílogo donde Hino nos relata con todo lujo de detalles como el médico le sometió a una humillante inspección rectal bajo la atenta mirada entre risitas de la enfermera, si esto no les ha convencido para comprarse este tebeo, nada lo hará. Estos japoneses están locos.




X-Statix: "De entre los muertos" de Peter Milligan y Michael Allred. Panini

Venga, pues tras tanta cultura europea, tanta cosa rara y tanta polla, una de superhéroes, como debe ser. Ah, vaya, que esto son superhéroes para listillos... En fin, siguen las aventuras de los estáticos, esta vez con el polémico y censurado arco argumental en el que Lady Di se une al grupo de estrellas mediáticas.

A pesar de que he leído en algún foro que esta serie ya se repite demasiado, yo diría que se avanza sin moverse del sitio (jeje). Es decir, el tono de la serie es muy claro y no va a dar cambios radicales ahora. En mi caso estoy encantado del abandono del culebrón mutante de coña (la revisitación irónica del romance Cíclope-Jean Grey con Sensible y U-Go Girl como protagonistas en plan exploración de personajes me resultó francamente coñazo) para volver al cachondeo postmoderno alocado y demencial a lo Silver Age pero en listo. Vamos, que si el mundo fuera como tiene que ser este tebeo daría inicio a una gloriosa Plastic Age. En este caso me he divertido mucho con las aventuras de Lady Di y los X-statix en su vovevil mediático.

Lástima que el famoso personaje tuviera que ser cambiado al final por un híbrido entre Britney Spears y una princesa consorte presentadora de televisión, cosa que obliga a tener un previo conocimiento de la abortado proyecto para poder disfrutarlo completamente. Pero si visualizas a Lady Di la diversión está asegurada, sobre todo por las perlas que suelta por esa boquita. No va a cambiar tu vida pero es tan satisfactorio como atizarse un buen helado de chocolate. Ah, Allred muy bien y sin tramas fotográficas, mejor.




Sharazad de Sergio Toppi. Planeta

Esto son ya palabras mayores. Y aparte de disfrutar de un bellísimo álbum encima me descubre un mundo de historietistas italianos de los cuales apenas sabía de oídas (excepto un par de álbumes del maravilloso Dino Battaglia que andarán por alguna parte de la casa de mis padres). Porque no conocía el trabajo de Toppi (estas cosas llegados a una edad mejor reconocerlas y pasar de puntillas sobre el vergonzante hecho), y después de echarme este álbum a las pupilas me he dado cuenta de lo que nos hemos estado perdiendo.

En Sharazad, Toppi adapta diversos cuentos de las Mil y Una Noches (como el lector/a medio de la estación es un tipo culto, leído, alto, guapo, elegante y hasta mayéstatico, me ahorro recontar en que consisten). A pesar de ser una obra de encargo realizada en los años setenta, Toppi disfruta de toda libertad para experimentar con su abigarrado dibujo y la composición de página, logrando un resultado excepcional y hermosísimo (que seguro dejaron a Bill Sienkiewicz totalmente alucinado) donde los diversos aspectos de la historia se integran en bellas viñetas-página como metáforas de los elementos que componen el cuento, logrando una narración fluida como la de la propia Sharazad, un perfume embriagador de jazmin lunar una noche de verano en los jardines del Califa.

Lo dicho, una maravilla, en cuanto lo hojeéis lo compraréis sin ni siquiera mirar el precio. Seguro.

13 junio 2005

Lecturas saloneras (I)


Mi primer Saló.

Pues sí, ando como ustedes, rodeado de tebeos por todas partes, leyéndolos a toda velocidad para reseñarlos en el blog antes que nadie (sonrisilla malévola). Ya se sabe, todo sale en el Saló de Barcelona, una más de las absurdas tradiciones que hemos de soportar los aficionados a esto de los tebeos. ¿Se imaginan ustedes que en un fin de semana salieran trescientas novedades de música pop o estrenos cinematográficos o libros o...?. Así que las editoriales, sabiendo que somos cada vez menos, cada vez más viejos y con más dinero para gastar, hacen su agosto en pleno junio abarrotando el mercado en una política que para cualquier otro producto sería ridícula y hasta suicida. Pero en el mundo del tebeo la falta de lógica y de sentido común si me apuran, es el pan nuestro de cada día.

Y con esa vocación de servicio que dios me ha dado aquí estoy en la Estación, adquiriendo los tebeos más caros, lujosos y gafapastas, gastándome el dinero que no tengo para que ustedes sepan a qué atenerse a la hora de derrochar el suyo. Con lo que matamos dos pájaros de un tiro; con estos someros resúmenes podrán tirarse el pisto por ahí simulando que han leído unos tebeos a los que, de otra manera ni se habrían acercado y de paso se ahorran ustedes una pasta para comprarse las novedades Planeta-DC, que es lo que realmente les pone, so frikis. Pero en mi inmensa generosidad les doy permiso, el copyleft también está para estas cosas




La diosa sumergida de Miguel Calatayud. Dibbuks.

Miguel Calatayud es uno de los más desconocidos e influyentes autores de la historieta moderna española. Maestro indiscutible e influencia fundamental de la escuela valenciana y la línea clara ochentera por extensión (Daniel Torres, Mique Beltran, Sento...), hace tiempo que dejó la historieta para transitar por los más fructíferos campos de la ilustración, salvo alguna incursión parcial y puntual ("El pie frito") en el tebeo.

Y ahora Dibbuks nos obsequia con la reedición de "La diosa sumergida", su obra más famosa e inencontrable, serializada en la efímera revista de historietas "Rumbo Sur". Un clásico producto de la escuela valenciana que marca las coordenadas de los tebeos de línea clara española, es decir, obras estructuradas en torno la revisión irónica de los clásicos tebeos de Aventuras (así con mayúsculas, incluida la ciencia ficción) vestidas con un pulcro e impecable acabado formal heredero de Hergé, Jacobs o Swarte (siguiendo la tendencia que en aquella época marcaba el gran Chaland en Francia). En este caso se trata de una historia tratada como si fuesen las aventuras de un Tintín femenino postmoderno de cachondeo en busca de un fabuloso ídolo sumergido en el Caribe. Una trama donde no falta nada; el apuesto partenaire de la protagonista, el esbirro turco, el millonario árabe, la femme fatale, el marinero entrañable y borrachín... Cualquiera que haya leído "Cementerio de elefantes" de Chaland, "Opium", "Claudio Cueco" y el primer Rocco Vargas de Torres o el genial "Macao" de Mique Beltrán, sabrá de lo que hablo.

Tomando esa sencillísima trama como excusa, Calatayud despliega su hermosísimo grafismo como si fuera un George Grosz de línea clara al que le hubiera dado por hacer tebeos en los ochenta. El dominio de la composición de viñetas y, sobre todo, esos maravillosos colores, es deslumbrante y se impone sobre la historia, convirtiendo el álbum en un precioso objeto más para ser visto (y admirado) que leído. Y eso que hay diálogos bastante aprovechables.

Ah, no hubiera estado de más que por los tres talegos de nada que cuesta el álbum Dibbuks hubiera incluido un artículo sobre el autor y su época, para que el lector pueda situarse ante el álbum con alguna idea del momento y la circunstancia en la que originalmente fue publicado (como será la cosa que ni siquera se menciona que es una reedición). Vamos, lo mínimo que se hace en cualquier otro campo (literatura, música, por ejemplo) cuando se reedita una obra.




Buen tiempo de Joe Matt. La Cúpula.

Joe Matt es mi favorito de todos los historietistas "llorones" digooo, de esliceoflaif norteamericanos. Y precisamente me gusta por eso, porque Matt es un tipo que no se corta un pelo en sacar a la luz las pequeñas miserias de la vida, mostrándose como un tipo rastrero, mezquino y cabronazo en vez de presentarse como un incomprendido outsider de alma sensible. Pero a pesar de como se muestre el Matt personaje en sus tebeos, uno no puede dejar de cogerle simpatía e identificarse en ciertos momentos con él. Y es que bajo toda su desvergüenza Matt es un gran autor y "Peepshow" un tebeo divertidísimo con escenas emotivas muy hábilmente resueltas.

En cierto momento del devenir de "Peepshow", Matt interrumpió narración de su la impresentable rutina vital para ofrecernos este "Buen tiempo", un episodio de su infancia transcurrido en un fin de semana. Evidentemente Matt continúa en su línea de mostrarse a sí mismo de chaval como un crío egoísta, manipulador, chantajista, cobardica y sí, friki de los tebeos de supes (para vergüenza nuestra). Vamos, como un crío cualquiera de la calle pero algo más cabronazo. Así, bajo lo que aparentemente es un sencilla y divertida historia que relata un fin de semana en la vida de Matt, éste nos clava muy sutilmente los devenires más profundos de la infancia, las relaciones con los amigos, la familia y las pequeñas miserias de la infancia; las mentiras, el egoísmo, la crueldad con los demás... Matt es un gran narrador con un absoluto dominio de su ya depurado estilo cartoon y el tebeo se bebe en un pis pas dejando un estupendo sabor de boca. Y por ocho euros de ná.




El año que vimos nevar
de Fermín Solís. Astiberri.

Un tebeo directamente relacionado con el anterior. Este "El año que vimos nevar" sería la continuación de "Los días más largos" donde Fermín nos contaba diversos episodios de su infancia. Aquí continúa en la misma tónica, en ese estilo lejanamente emparentado con el pequeño Nicolás de Sempé y Goscinny pero sin llegar ni mucho menos a la genial obra de los dos franceses. En este caso, Solís nos ofrece sencillas anécdotas de la infancia, sin ninguna trascendencia ni tesis detrás, simplemente es la acumulación de batallitas de una niñez como la tuya o la mía, plagadas de referencias (como seas de la generación post-80 no vas a pillar ni una) narradas con una adecuada falta de pretensiones pero que resultan un pelo cansinas porque no se hilvanan alrededor de un motto reconocible. Y el dibujo de Fermín tampoco ayuda demasiado... En fin, correcto, agradable de leer para un tipo que se quedó atrapado en la infancia como yo, pero poco más.




Cinema Panopticum de Thomas Ott. La Cúpula.

Yo con la Cúpula cada día flipo más. Seguramente todo tiene su explicación pero a mi me tienen cazando moscas... A ver si no como se entiende que lo publicado de Ott en La Cúpula sea una historia serializada en El Víbora, dos cuadernillos cutres de la colección Brut y una historia guionizada por David B. en un especial y ahora, cinco años después, sacan sin comerlo ni beberlo un volumen a superlujo de tirada limitada que no sé muy bien a que viene, porque ni se corresponde a los criterios habituales de la editorial, ni se ha utilizado este formato con otras "estrellas" de la casa (estoy pensado en Burns, la opción más lógica). Estos criterios de publicación a mí es que me tienen perdidísimo...

En fin, este lujoso volumen es una especie de fix-up de historias cortas del autor suizo con su peculiar, atmosférico y efectivo dibujo hiperrealista de tinta blanca sobre fondo negro de texturas rayadas que recuerdan lejanamente a los grabados. Cinco inquietantes historias mudas que coinciden en buscar siempre el giro ingenioso y el punch final, que beben tanto de los tebeos de la EC como del Bradbury más terrorífico, Burns, el surrealismo o Kafka, autor con el que se bromea en la primera historia. Y como ocurre con las historias de terror de la EC quizá pueden provocar en algún lector el conocido síndrome del "pos bueno, pos fale, pos malegro"

El resultado es que, de nuevo el brillante grafismo de Ott se lleva la palma, quedando un precioso libro-objeto, como si fuera una actualización de luxe de la Biblioteca de Terror EC, cuyo mayor defecto es que se se lee en un pispas después de haber soltado diecinueve créditos de nada.




Fats Waller de Igort/Sampayo. Sinsen tido.

En cuanto vi este álbum en la tienda me lancé a por él sin mirar el precio (en toda mi inconsciencia) por dos motivos. Uno, que Fats Waller es uno de los más grandes músicos de jazz de la historia y el otro era Igort (lo siento, pero no me gusta nada Sampayo como guionista, ni Muñoz, ni su Alack Sinner, ni nada. Como me considero un culto, exquisito y fino lector de tebeos, éste es un hándicap que procuro llevar lo mejor que puedo, no me lo reprochen demasiado). Así que esperando una biografía del gran músico me llevé un ligero chasco, "Fats Waller" no es exactamente eso.

Utilizando las canciones de Fats como hilo, Sampayo engarza diversas historias de gente normal sobre el gran fresco de la Europa de presegunda guerra mundial. Un pintor compra un traje a cambio de un retrato, dos gemelos austríacos enamorados de la misma mujer se enrolan en las Brigadas Internacionales de la guerra civil española, un espía italiano es enviado a asesinar a un aristócrata inglés relacionado con los nazis. Y la misma historia de Waller, un genio agobiado por las deudas contraídas con sus matrimonios anteriores, obligado a componer doce canciones al día a cambio de ciento veinte dólares, la tensa relación del arte y el comercio.

El resultado es un álbum irregular y algo disperso en el guión que no acaba de centrarse en un punto donde golpear, en el que de vez en cuando Sampayo nos tiene que ir recordando de qué trata en diversos textos de apoyo (pondría las páginas donde aparecen dichos textos pero este álbum es tan exquisitamente artístico que han prescindido de poner los números de página y, como comprenderán, paso de ir contándolos). Incluso al final Sampayo nos ofrece un breve texto sobre el álbum, quizá inseguro de que el lector no haya captado lo que quería contar. Por otro lado Igort no defrauda, es un dibujante espléndido, elegante y limpísimo, diáfano en la narrativa y la composición, empleando una paleta de colores amarronados, delicada, sutil y preciosa, incluso mejorando su sensacional trabajo anterior, "5, el número perfecto".

Continuará...

08 junio 2005

No Future


Ejem...

Bueno...

Decíamos...

Hace algún tiempo el compañero Llosef tuvo el buen gusto de linkarnos en Estación de nieblas una página de transporte retrofuturista, la elegante Transportation Futuristics donde ustedes podrán encontrar todas aquellas visionarias soluciones para el transporte de masas que, por estar demasiado adelantadas a su tiempo o por incomprensión del resto de humanos todavía demasiado anclados al cerebro reptiliano, no llegaron a buen puerto. Y eso que algunos de ellos harían las delicias del alcalde Gallardón o Florentino Pérez y otros insignes magnates de la construcción. Imagínense sino las obras necesarias para tener esos monorraíles gigantes recorriendo todo Madrid de arriba a abajo. Sólo ciudades a la vanguardia como Springfield, gracias a visionarios como Homer Simpson, tuvieron la valentía de adoptar mi medio de transporte favorito, el monorraíl (que ya no se ven ni en los parques de atracciones).

Madrid 2012

En esta línea de futuro visionario es imprescindible el enlace Tales of the Future Past.

Esta página es una mina. Aquí podremos encontrar desde la casa futura con ese supercool "Bachelor Pad" o pisito de soltero, hasta las pesadillas arquitectónicas a los que puede llegar un arquitecto famoso totalmente pagado de sí mismo y absolutamente alejado de la realidad (seguro que el Ruedo de la M-30 madrileña o las Torres KIO también eran la leche sobre el papel). Fascinante asimismo la vida de Elektro (y Sparko, su mascota), el robot estrella de la Westinghouse y su triste final como electro-star con problemas de adicción y escándalos sexuales. En fin, exploren, exploren, porque tienen para horas y horas de trabajo zascandileando por internete como debe ser en vez de cumplir con sus aburridas y absurdas tareas.

Picadero del futuro

Pero ya más en serio, me fascina el retrofuturismo (una de mis series favoritas de dibujos eran "Los Supersónicos", fue traumático que llegara el año 2000 y no se pareciera en nada a lo que vivía la familia Jetson). Y sobre todo me fascina como soñaban en el pasado lo que iba a ser la vida futura; ordenada, limpia, pulcra, perfecta, todos comiendo pastillitas y excretando en váteres al vacío o algo así. En resumen, una pesadilla generada por empollones en fase anal o con síndrome de Cenicienta. Quizá intuían que el futuro sería un lugar vulgar y ramplón, y acertaron en que era más divertido imaginarlo que vivirlo.

Pero estéticamente son fascinantes, parece que los ingenieros, más que seguir un estricto método científico, encontraban su inspiración de las películas, los pulps y los tebeos a la buena de dios. No sé con cual quedarme, si con "El contínuo de Gernsback" de los años veinte y sus geométricas urbanizaciones fasciofuturistas de rascacielos, autogiros, dirigibles y dictáfonos. O los cincuenta y su sueño motorizado, transitando por autopistas eternas como si circularan por la Arcadia (nadie pensó en el pequeño detalle del petróleo, ni siquiera la cf). Y los sesenta y setenta, con esos hogares futuristas pop, entre la Naranja Mecánica y una de Esteso y Pajares, todo bien regado con Peppermint Frappé. Lástima que la crisis del petróleo y el Vietnam en los setenta diera al traste con todo el alegre optimismo a la hora de imaginar el futuro en la cultura popular. Aunque la estética Blade Runner ya es absolutamente retro como un vídeo de Sigue Sigue Sputnik, ambos desde ya obras maestras del retrofuturismo ochentas. Informática de ocho bits, plexiglás y neones, mmmmm...

Quinientos litros a los cien kilómetros

Lo que me temo es como quedaremos nosotros, hombres de un siglo tan importante en el campo del retrofuturismo como es el XXI, ¿se imaginan ustedes que pensarán en el 2096 de los anuncios de telefonía y cacharrería electrónica que son los que ahora moldean la imagen del futuro en la imaginería popular?. Tal y como lo imaginamos ahora, el porvenir es un cruce entre el Ikea, la zona industrial de Alcobendas, un centro comercial y la sección de imagen y sonido de El Corte Inglés. Qué rollo, ¿no?.

13 abril 2005

Demasiado viejo para el cyberpunk...


Uno de los subgéneros literarios favoritos en esta casa es el cyberpunk, ese movimiento del que todo escritor con dos dedos de frente acabó renegando pero del que muchos se atribuían parte en la paternidad. El género que comenzó como el estallido de una hipernova de cromo y neón para acabar convertido en la folklórica imagen de una tipa calificándose de cyberpunk haciendo el ganso por los más exquisitos programas de telebasura con tuercas pegadas en la cabeza. En fin, el típico proceso que sufren todos los movimientos artísticos medianamente de vanguardia, después de la muerte siempre viene la parodia y ya hablando de España pues el vodevil chusco.

Pero lo que importa, los escritores. ¿Qué hicieron cuando las constelaciones de cromo barato se enfriaron y los neones de desvanecían en el horizonte como los fantasmas de un futuro que nunca se cumpliría?. Pues seguir escribiendo, claro. Y como dos de los últimos tochitos que me he leído son de dos de los más prestigiosos y casi inéditos figurones del movimiento, esta introducción me viene de perlas para hablar de ellos.

A menudo y por eso de no calentarse la cabeza, la crítica especializada identifica a Rudy Rucker como el Phil Dick del cyberpunk. A pesar de lo facilón de la etiqueta no anda desencaminada del todo, Rucker ha pasado por períodos vitales tan lamentables como los del divino pirado y, literariamente, guarda muchos puntos en común; estilo desmañado, estructura inexistente, protagonistas que suelen ser el propio escritor ligeramente disfrazado, transrealismo, paranoia... Sin embargo, Rucker es un riguroso científico matemático (por ejemplo, el interesado puede buscar su "La cuarta dimensión" un libro de divulgación científica publicado por Salvat, curiosamente la otra obra traducida en castellano de Rucker aparte de "Software") que últimamente andaba aporreando un teclado para ganarse la vida como programador de juegos. Especialmente dotado para la divulgación y poseedor de una imaginación desquiciada, mezcla de escritor hard y Phil Dick, la experiencia de leer a Rucker, es, como afirma John Shirley "tomar drogas sin los efectos secundarios".

Después de grandes triunfos como "White Light", la trilogía de "Software" o "Master of Space and Time", Rucker, con la vida ya más asentada como programador, publicó, a mediados de los noventa "Hacker and the Ants", la novela que nos ocupa.

"The Hacker and the Ants" (1994) es una divertida comedia sobre Jerzy Rugby, un hacker (entendiendo "hacker" como un programador profesional, no un pirata informático como entienden en la tele) recién divorciado que trabaja en la confección de robots caseros en Silicon Valley. Mediante realidad virtual, Jerzy programa las librerías de códigos que conforman el software IA de los robotitos. Un día recibe en su escritorio virtual vía email una hormiguita (también virtual, claro. Por cierto, ¿hay algún sinónimo para esta palabreja de marras?). Dicha hormiguita se escapa a la red y ya la tenemos liada. A partir de aquí se desarrolla una comedia enloquecida al estilo de "Un me siento rejuvenecer" de Hawks pero cambiando al entrañable científico casero que te descubre el elixir de la vida en el sótano de su casa por el más moderno programador informático.

El resultado es una divertida comedia de las tribulaciones de un programador en Silicon Valley que ha sufrido un caso extremo de mobbing, desmañadamente escrita pero muy fácil de leer, en la que brillan como siempre las capacidades didácticas de Rucker explicándonos el fascinante mundo de la ofimática virtual del futuro, la robótica, las hormigas y lo que se tercie. Extremadamente interesante es la imagen que da del mundo de las compañias de software donde el pirateo entre empresas o el puteo a los empleados está a la orden del día. O esas alucinadas suyas (aunque aquí escasean), como la fantástica cabalgata a lomos de una hormiga virtual gigante. Lamentablemente cuando nos relata las virtudes de este mundo virtual da la sensación de que nos habla de una tecnología que hace cinco minutos acabó en la vía muerta formando parte de ese tipo de cacharros que parece nos van a convertir el futuro en un lugar maravilloso y que luego acababan en las páginas de retrofuturismo de broma. En el debe apuntar la inexistente estructura de la novela al estilo dickiano, que se convierte en un ir y venir de Jerzy; liga con una señorita, visita a los niños, intenta cepillarse a otra, venga para arriba y para abajo como un pollo sin cabeza. O la introducción de personajes que aportan la información adecuada para precipitar la acción y que el protagonista logre solventar el misterio. Asimismo el final flojea, convirtiéndose en una apología de la institución familiar con los niños ayudando a papá a cargarse los malos que parece sacada de una película de Disney. Aunque el personaje central, ese Jerzy cuya profesión de programador le hace creer que pertenece a la escogida secta de la Gran Misión Tecnológica Robótica, una especie de Gran Obra que justifica sus decisiones vitales mientras el resto de su vida es un desastre, le da un giro irónico a ese final un poquito bochornoso. En fin, se deja y como introducción al particular mundo de Rucker es una buena opción, pero a falta de leer algo suyo más reciente constato que se está haciendo viejo, o el mundo editorial norteamericano impermeable a obras como las que solía facturar al principio de su carrera va amansándole progresivamente. O ambas cosas.

Y si Rucker está mayor, qué podemos decir de John Shirley, un tipo que escribió "Eclipse", el thriller de cf más violentamente político que me he podido echar a la cara y cuya última novela es la adaptación de la peli de "Constantine" (por supuesto, ya publicada en España). Pues Shirley, aparte de mantener varios frentes abiertos (escritor de terror, adaptador de engendros fílmicos para ganarse las lentejas, guionista de cine y televisión) mantiene una carrera de escritor de cf más o menos presentable. Y uno de sus últimas novelas; "...And The Angel With Television Eyes" (2001) podemos tomarle el pulso a su estado de forma.

Max Whitman es un mediocre actor que logró un éxito efímero en la gran pantalla en un film de espada y brujería mientras sobrevive actuando (o poniendo la cara) en un culebrón hospitalario televisivo. Pero ahora Max, que se hace viejo, los papeles decentes escasean y se le está empezando a pasar por la cabeza actuar en el teatro; Ricardo III nada menos. Pero mientras se emperra en arruinar su carrera comercial en contra de la opinión de su pareja y mánager, Max comienza a sufrir visiones, y se encuentra en los momentos más inoportunos interpretando al principe Lord Greymark soltando unos diálogos que ríete tú de Aragorn o Gandalf... Hasta, que, en una convención de frikis de la cifi (jeje), un tal Carstairs, contacta con Whitman para intentar revelarle la terrible verdad...

Shirley, como había explorado en obras anteriores, hurga en la cultura popular como generadora de mitos y material con el que alimentar la novela de fantasía. En este caso echa mano de los juegos de rol online, internet, los tebeos de superhéroes o el fantasy más caposo para crear una especie de realismo mágico neoyorkino que juega con la idea de mundos paralelos habitados por espíritus (plasmagnomes) que, o nos observan o nos odian y están deseando cepillarse a los putos humanos que nos los estamos cargando (involuntariamente) con polución electrónica, nuestra basura cultural.

La historia resulta ágil, entretenida, que guarda sus mejores momentos hacia la segunda mitad de la novela, cuando Max y Carstairs comienzan su particular descenso a los infiernos poblados de los plasmagnomes, esos seres espirituales que para manifestarse en nuestra realidad se revisten con desechos de nuestro detritus tecnológico y cultural; un astronauta gigantesco con yelmo, una Madonna fabricada con material hinchable arrastrada por ángeles como helicópteros, un tipo que tiene por cabeza una gran bola de espejo, adicto a la distorsión de una guitarra eléctrica y, por supuesto, un ángel con ojos de televisión. Es en la descripción de estos seres donde brilla el fuerte de Shirley, su potente y perturbada imaginación (en eso y en los títulos de los capítulos, impagables todos ellos). Lástima que no haya cuidado la endeble trama que sostiene la historia, que podría figurar en cualquier tebeo basura de superhéroes, como si el concepto de la exploración de la cultura popular y su retroalimentación en la fantasía contemporanea, así como el desfile de freaks hubieran aplastado bajo su peso un argumento cuya resolución final es hasta risible por simplona y que parece sacada de un peinado de la caspa pop más friki. En fin, es ágil, no aburre en absoluto y se deja leer, pero entre esto y "Los que reptan" para mí que Shirley lleva demasiado tiempo trabajando para el cine y la tv, porque se encuentra en coordenadas muy, muy, pero que muy lejanas, de las magníficas "A Splendid Chaos" o la trilogía de Eclipse.

Cinco novelas de 2023