24 enero 2006

La Cultura, muerte y resurrección de la space opera (II).

II. Las novelas

Pensad en Flebas (Consider Phlebas)

La novela que da comienzo presentándonos a su protagonista cubierto de mierda hasta el cuello (literalmente) como si fuera una sutil metáfora de lo que le espera. Y a partir de ahí las cosas no hacen sino empeorar…

En este primer título de la serie Banks emplea el patrón clásico de la novela de aventuras espaciales que seguro les suena. Una gran guerra cósmica entre dos fuerzas enfrentadas: La Cultura (humanoides buenos) contra los Idiranos (unos bichos fanáticos). Inmersos en este clásico escenario spaceoperístico seguimos las aventuras de un agente secreto, Horza, un humanoide capaz de cambiar de forma que trabaja para los Idiranos y que con la ayuda de unos mercenarios intenta recuperar una Mente perdida de la Cultura con la que conseguir alguna ventaja en la guerra. La primera en la frente; Banks se molesta en crear toda una civilización utópica y en el libro de presentación la vemos a través de los ojos del enemigo.

Pensad en Flebas podría ser el ideal platónico de la novela de aventuras galácticas que explota alegre y desvergonzadamente todos los tópicos del género; si vas a hacer una space opera hazlo a lo grande y con todas las consecuencias. Banks te da todo lo que esperas y más, espectáculo sin límites de presupuesto y cuanto más grande, mejor; barcos gigantes, batallas de naves dentro de naves de kilómetros de largo, grandes dosis de exotismo á la Vance, destrucción masiva a todos los niveles... Aventuras, diversión, humor perverso, incluso un toque macarra a lo "travesura de chicos". Es tan divertida como tener diez años y pasarse una noche con los amigotes en un hipermercado de juguetes (con pastelería) para acabar rompiéndolos todos, tan divertida que seguro que tiene carretadas de defectos de los que soy incapaz de darme cuenta cuando la leo porque estoy demasiado ocupado pasándomelo en grande. Es la película de aventuras en el espacio que siempre quisiste ver. Pero…

Como ya veremos, los títulos de la serie de La Cultura no están puestos al buen tuntún y en este caso menos. Pensad en Flebas (Consider Phlebas en el original), pertenece a un verso de The Wasteland [1], la famosa obra de T.S. Yeats sobre el desastre de la I Guerra Mundial (entre otras cosas), lo que nos da una pista de por donde van a ir los tiros, nunca mejor dicho. Flebas era un orgulloso marino fenicio que acabó por morir ahogado muy joven, un símbolo de la fugacidad de lo que ahora es altivo, vigoroso y bello. Al acabar la novela reconoceremos a Flebas en la civilización Idirana, la misma Cultura o en nosotros mismos y en el ruido y la furia que vamos dejando a nuestro paso en un universo indiferente (en el epílogo, después de apabullarnos con las mastodónticas cifras de la guerra Iridiana, se nos aclara que fue una guerra breve y de poca importancia en el orden cósmico de las cosas).

Este tema de la futilidad se repite a escala más pequeña en la historia de Horza, la historia de una lucha desesperada por llevar a cabo una misión por puros principios, luchando por lo que uno cree (porque Horza está en el bando de los “malos”, pero es un "malo" con firmes principios). Hasta el punto de sacrificar aquellos a quienes ama. Y al final, esa misión se revela inútil, sin sentido, incluso absurda. Uno de los finales más emotivos que he leído y que te deja helado en el sitio, porque Banks, después de habernos entretenido con baratijas y golosinas, descarga el golpe brutal que venía preparando astutamente, frustrando todo lo que el aficionado a la space opera espera. Sí, nos lo hemos pasado muy bien con los juguetes, pero al final la realidad está ahí, tozuda, imparable como un tren de millones de toneladas de acero lanzado a toda velocidad contra nuestra cara, triturando los sueños de una infancia que al final se revelan falsos y desoladores. Porque Pensad en Flebas es una canción de amor a la space opera pero también un epitafio para comenzar de nuevo.


El jugador (The Player of Games)

Una vez liquidado el trámite de hacer tábula rasa con la space opera, Banks ya es libre para comenzar con su particular visión del subgénero. Así que, después de haber contemplado la Cultura desde fuera nos sumergimos plenamente en ella, tratando un tema muy querido por Banks; los juegos. En concreto las estructuras políticas y económicas, las relaciones sociales y de poder contempladas como un conjunto de reglas que podrían considerarse como el juego definitivo y supremo.

El jugador más grande de la Cultura, Jernau Gurgeh, aburrido de su éxito y sufriendo cierta alienación respecto a sus contemporáneos, es invitado por Contacto a participar en un torneo de Azad, el juego nacional del Imperio de Azad, un juego tan complejo como la vida misma, que vendría a ser un Civilization [2] a lo bestia y que uno no tiene muy claro si es el Imperio el que ha creado el juego o si es el juego el que da forma al Imperio como la coincidencia de nombres indica. El ganador de dicho juego se convertiría en Emperador, vamos, como las elecciones pero más divertido. Así, seguimos a un Gurgeh a través de sucesivas partidas-enfrentamientos, asistimos a los tejemanejes de la Cultura y vamos descubriendo las sucesivas manipulaciones que sufre Gurgeh y nosotros mismos como lectores hasta el apoteósico final. Y nunca tenemos claro quién es el Jugador del título; si Gurgeh, el dron que le acompaña, Contacto o el mismo Banks.

En esta novela Banks "echa el freno" a las habituales aventuras desenfrenadas de otras novelas y nos ofrece quizá el título más sólido de la serie y el que constituye la favorita para la mayoría de los fans. Huye de fuegos artificiales, tanto de parafernalia spaceoperística y espectáculo como de estructura y forma, y el argumento enseguida adquiere una dirección muy clara (al contrario de lo que sucedía en Pensad en Flebas, construida a base de varias mini-aventuras hilvanadas alrededor de un leve mcguffin [3]). Por supuesto, es adictiva, divertidísima, brillante y derrocha imaginación, incluso alberga toques de crítica social; Banks enfrenta de algún modo a su Cultura (la utopía colectivista) contra un Azad reflejo de los valores de la Inglaterra thatcheriana vigente en la época de redacción de la novela, en un literario y curioso ejercicio de ajuste de cuentas político.

Definitivamente ésta es la mejor novela para iniciarse en la serie de la Cultura si no quieres o no puedes leerlas cronológicamente. Si no te gusta El jugador no te va a gustar ninguna.


El uso de las armas (Use of Weapons)

Esta es una de esas novelas que son la pesadilla de un crítico con escrúpulos, ese tipo de obras que albergan en su interior un secreto que va desenrollándose lentamente, alrededor del cual orbita toda el argumento que queda condicionado completamente y que, por supuesto no se puede contar, porque la estructura narrativa es como recorrer un laberinto con esa sorpresa esperando a la salida.

El uso de las armas trata sobre eso mismo; las armas, todo tipo de armas, desde su mismo protagonista, Cheradenine Zakalwe, un mercenario empleado (más bien "usado", ¿lo cogen?) por Circunstancias Especiales, hasta una silla, pasando por un destructor, una riada, un dron o palabras que pueden hacer más daño que un misil cuchillo. Es la novela más compleja de la serie con la excepción de Excesión. Su estructura es de una cuidada y cerebral construcción que ya de por sí acaba con un Prólogo que da nuevo significado a todo lo que habíamos leído hasta entonces.

En la estructura narrativa se van alternando dos historias que en un principio no tienen mucho que ver entre sí hasta que no ha transcurrido buena parte del libro; una principal que va de presente a futuro en el tiempo narrativo protagonizada por Dziet Sma, una componente de Circunstancias Especiales cuya misión es encontrar a Cheradenine Zakalwe, antiguo mercenario al servicio de la Cultura actualmente en paradero desconocido, con el objeto de que convenza a Tsoldrin Beychae, un político antiguo amigo de Cheradenine para que vuelva a la actividad y así evitar una guerra civil en el sistema Voerenhutz (este es quizá el talón de Aquiles de la novela, un mcguffin tan flojo que queda demasiado claro que importa un bledo). Intercalada con esta trama Banks despliega otra, que va remontando la corriente temporal narrativa de presente a pasado y que nos relata diversos episodios bélicos sufridos por Cheradenine, cansado y aburrido de la guerra, de las intrigas y manipulaciones de CE y de la vida misma, a la vez que nos va iluminando sobre su pasado, su familia y el horror que le produce la visión de una simple silla...

Ambas líneas argumentales colisionan en un momento cumbre; la resolución del misterio de la silla, no apto para estómagos débiles. Es la piedra maestra que sostiene la novela, que da la verdadera dimensión del personaje de Cheradenine. Además, dos codas finales rematan la historia, dejando abierta la interpretación de la novela: como la historia de Cheradenine puede o no afectar a Sma y si el mismo Cheradenine queda libre o no de la carga de su pasado.

Una curiosidad; este libro estaba escrito a mediados de los setenta pero resultaba aún más complejo. Ken McLeod lo leyó y le sugirió a Banks esta estructura, situando la sorpresa al final y no a mitad de la novela como Banks tenía pensado. Me hubiera gustado leer lo que Banks define como "una estructura imposible de comprender a no ser que seas capaz de pensar en seis dimensiones".

(continuará...)

··· ··· ···

[1] En concreto, los versos donde aparece el título de la novela son éstos:

Gentile or Jew
O you who turn the wheel and look to windward,
Consider Phlebas, who was once handsome and tall as you.

[2] Civilization es el clásico juego de estrategia creado por el legendario programador Sid Meier para PC (creo que originalmente era un juego de tablero) que consiste en, tal y como dice el título, establecer tu civilización desde la primera chabola hasta llegar a las estrellas, administrando tus recursos militares, económicos, políticos y científicos en constante competición con otras civilizaciones a las que hay que machacar sin piedad. Es altamente adictivo (a quien no le han dado las siete de la mañana bombardeando termonuclearmente a sus odiados enemigos) y directamente, una obra de arte. Banks es fanático del Civilization II en concreto, aunque supongo que a estas alturas habrá actualizado a la última versión, Civilization IV.

[3] Un mcguffin es un recurso de argumento utilizado para hacer avanzar la trama y que no tiene demasiada importancia en el devenir de la misma, porque podría ser intercambiable; tanto encontrar un tesoro como salvar a una princesa o tirar un anillito a un volcán.

19 enero 2006

La Cultura, muerte y resurrección de la space opera (I).

Hace algún tiempo, en la extinta web de Cyberdark se preparaba un artículo de portada sobre la nueva space opera británica que empezaba a desembarcar en el panorama editorial de entonces: Iain M. Banks, Alastair Reynolds, Ken Macleod… Como servidora iba tirándose el pisto por los foros sacando pecho de que me había leído la serie de la Cultura de Iain M. Banks completita y en espiquinglis, Nacho, el sufrido coordinador de los artículos de portada de Cyberdark, me dio la oportunidad de escribir una guía de lectura sobre dicha serie para el especial (y de paso divertirme muchísimo releyendo, repensando, investigando, plagiando y escribiendo sobre una de mis sagas de ciencia ficción favoritas).

Lamentablemente, la página cerró y dicho especial quedó en el aire. A pesar de los esfuerzos de Nacho para que el artículo no se perdiera y pudiera aparecer en alguno de los herederos que el estallido de la nova naranja había creado, (incluso movió el texto para que saliera en alguna revista impresa), la cosa no pudo ser. Releído ahora me decido a colgarlo aquí con la convicción de que no es un artículo demasiado horrible (aunque no he podido evitar reescribirlo en parte), alberga un par de reflexiones que no están desacertadas del todo y puede ser de interés para el fan de la serie en particular o la space opera en general. Lástima que las primeras novelas estén descatalogadas sólo encontrables en el mercado de segunda mano, esperemos que La Factoría, que continúa insistiendo con Banks, logre editar completa la serie al fin.



I. Introducción

Normalmente cuando el lector ajeno a la ciencia ficción contempla, lee o escucha alguna referencia al género, seguro que lo primero que se le viene a la cabeza son batallas entre naves espaciales, imposibles haces de láser resplandeciendo en el vacío y fanfarrias imperiales de fondo. Podemos explicarles pacientemente que la cf es mucho más que eso, podemos hablar de las ucronías, las distopías, el hard, el soft, la niú güeif, el saiberpún y lo que haga falta, pero en el subconsciente colectivo del resto de la humanidad no fandomita en lo primero que piensa cuando piensa en cf es en La guerra de las galaxias. O sea, en la space opera. Y es que la denostada space opera es, para qué nos vamos a engañar, epítome y estigma pulp, el género emblemático, el desiderátum ya de la cf, con sus desenfrenadas aventuras espaciales, sus escenarios deslumbrantes y su melodrama épico. Y sobre todo es el lugar donde se destila el sentido de la maravilla en su estado más puro, esa sensación adictiva que nos convirtió en aficionados a la mayoría y que nos hace volver una y otra vez a las estanterías donde pone “ciencia ficción”. En fin, una más de esas aficiones que se vienen arrastrando desde la infancia.


Iain M. Banks era uno de estos aficionados, criado entre lecturas de Heinlein, Vance y Bester, hasta que en 1974 decide emular a sus ídolos pergueñando las las aventuras de Zakalwe, la figura trágica de un mercenario socarrón y cabronazo contratado por “los buenos” para limpiar atascos en las cloacas de la alta política intergaláctica. Banks, a la hora de dotar de un transfondo político y social a la parte contratante, decidió por enfocar el asunto desde una óptica de izquierdas, retorciendo los elementos característicos de la space opera con el objeto de llevarlos al terreno de sus preocupaciones como escritor. Optó por darle una vuelta de tuerca a la tendencia clásica de contemplar el futuro distante de la space opera como una proyección simplista del mundo tal y como era en la época. Así que, en vez de crear un universo poblado de recios cadetes espaciales de nombres anglosajones al servicio de Federaciones o Repúblicas de carácter inequívocamente norteamericano, tendríamos uno lleno de anarco-hedonistas de nombres exóticos y retorcidos que vivirían en la Utopía, la civilización ideal en el que le gustaría vivir; La Cultura. Renovando de paso la space opera, en la que inocula dolorosas dosis de realidad mediante esa inyección letal llamada Pensad en Flebas, bofetada que despierta dolorosamente a los más infantilizados fans del subgénero de un dulce sueño de aventuras irresponsables. Y una vez cometido el crimen sólo queda aprovechar el cadáver como fértil humus de donde extraer nueva vitalidad para que la space opera creciera fuerte y vigorosa de nuevo, con cosas que decir más allá del mero entretenimiento escapista.

¿Y qué es la Cultura?. En el fondo, la Cultura no es sino otra variante del sueño maquinista. O sea, cómo usar la tecnología y los recursos sin fin que ofrece el espacio para crear una sociedad anarquista, igualitaria y colectivista en la que no exista la explotación de humanos o máquinas por otros humanos o máquinas. En la Cultura todo es libre (y gratis), las Máquinas (en este caso las Mentes, unas IAs autoconscientes y con status de ciudadanos libres) se encargan de cubrir todas las necesidades de sus habitantes administrando un sistema económico perfectamente planificado en una situación casi de simbiosis con los ciudadanos humanos. Y según vas leyendo las novelas de la serie te vas dando cuenta de que son precisamente las máquinas las que toman las decisiones y manejan el cotarro mientras los humanos viven inmersos una fiesta infinita. Pero una fiesta a lo grande, donde se nace perfeccionado genéticamente, la población habita naves inmensas de kilómetros de largo o inmensas estructuras que orbitan en el espacio (los, ejem, orbitales) y que proporcionan millones de kilómetros útiles sin tener que estar atados a un planeta, cosa vista como un poco pasada de moda y de civilizaciones atrasadas. Una civilización en la que puedes llegar a vivir más de cuatrocientos años con todos los placeres a tu alcance, todo tipo de drogas son generadas por las glándulas de tu propio cuerpo o puedes pasarte la vida en mundos virtuales virtual donde hacer reales tus fantasías por extrañas que sean. Donde puedes cambiar de sexo o aspecto cuando y como quieras. Incluso de la que puedes marcharte si ya te ha aburrido. Y en el que no existen las leyes, en caso de haber cometido algún delito de sangre, se te deja de invitar a las fiestas (vergüenza gravísima para un habitante de la Cultura). En definitiva, una sociedad que permite la total libertad a sus habitantes para escoger su vida. Irónicamente esta Dictadura del Robotariado quizá sea la razón por la cual el resultado es algo muy cercano a la Utopía, una civilización racional y humana en vez de una distopía de pesadilla, que es lo que ocurre cuando los seres humanos ponemos en marcha sociedades ideales.

De modo que los habitantes de la Cultura llevan una vida mimada. Pero eso no quiere decir que no existan conflictos ni zonas oscuras como iremos viendo según la serie avance y nuestra percepción de la Cultura evolucione. Una de las fuerzas fundamentales que mueven a la Cultura como sociedad son las Buenas Acciones (la otra es la pura diversión). Tal y como se explica en Pensad en Flebas, un sentimiento mezcla de mesianismo y culpabilidad por el bienestar del que goza, impulsa a la Cultura a tutelar civilizaciones inferiores (extrapolación de un sentimiento/neurosis muy típico de la sociedad occidental y el pensamiento progresista actual). Mediante Contacto, la agencia encargada de estos asuntos, se mantiene una influencia discreta y, en principio, benéfica, sobre diversas sociedades “atrasadas”. Influencia que, como va descubriendo el lector, incluye técnicas de eficacia contrastada tales como la manipulación, las mentiras, el chantaje y el asesinato de masas si hace falta (de ahí la afirmación del propio Banks acerca de que los conflictos en la serie de La Cultura son, predominantemente, más de tipo ético que meras crisis de supervivencia). Y para moverse por estas cloacas de la alta política interplanetaria existe Circunstancias Especiales, los servicios secretos de Contacto. Y si no fuera por Circunstancias Especiales no habría libros sobre la Cultura. Ni tendrían la mitad de gracia, claro está.

Así que sobre este esplendoroso escenario galáctico se desarrollan las historias de la Cultura, donde, a pesar de todo, tienen más importancia las cosas que les ocurren a las personas que los acontecimientos a escala cósmica. Porque Banks tiene muy claro que las grandes historias las protagonizan esas mismas personas, aunque lleguen a los cuatrocientos años de edad o tengan forma de maletín y floten en el aire. De esto se trata en la serie de la Cultura, de personas. Y de los libros, de los que hablaremos en el siguiente capítulo.

16 enero 2006

Tebeos que me convirtieron en lo que soy: Adiós Palomar mío...



Iniciamos sección aleatoria (que durará hasta que me dé un aire y me tire otros cuatro meses sin actualizar) para hablar de esos tebeos que me han convertido en el desastre vital que soy. Tebeos que me obsesionaron durante temporadas enteras, que leía y releía hasta casi desintegrarlos en épocas chungas o divertidas. O en tardes de plomo donde encontraba en esos tebeos un extraño consuelo, o disfrutados durante infinitos veranos infantiles que parecían no acabar nunca. No son tebeos que escoja por su calidad, algunos son muy buenos, otros no tanto, otros serán detestables. Sin embargo significan mucho para mí, y eso, que contribuyeron a (de)formarme irremediablemente.

"Palomar, donde los hombres son hombres y las mujeres necesitan sentido del humor"
- Carmen

Y comenzamos con la monumental Palomar de Gilbert (alias Beto) Hernández, aprovechando la reciente edición en castellano del tocho de quinientas páginas editado el año pasado por Fantagraphics que recopilaba la obra magna de Beto publicada en Love and Rockets.

Love and Rockets (la revista) es algo así como La Biblia del cómic independiente al que definió durante muchos años y que fue imitada hasta la saciedad (amos, como le pasa a Chris Ware ahora). Escrita y dirigida a pachas por los Hermanos Hernández (Beto y Jaime, con una breve colaboración de Mario) aunaban espíritu punk y callejero, estética fifties, ciencia ficción pulp (al principio), una considerable herencia chicana, amor por Gabriel García Márquez y un considerable bajage de lecturas tebeísticas, desde Kirby hasta Crumb pasando por Kurtzman o los tebeos de Archie y Daniel el Travieso. Enviadas las primeras muestras a Gary Groth, el irascible mandamás de la editorial Fantagraphics y The Comics Journal, la revista de crítica (algo así como el azote y pesadilla elitista de los superhéroes en USA), éste decidió publicarles el tebeo, que cimentó, el posterior desarrollo de la editorial (bueno, más bien cimentó la dirección artística, que el dinero lo ponían los beneficios que Fantagraphics obtenía y obtiene de los comix porno). Sacando de paso al underground USA de la resaca que arrastraba desde mediados de los setenta, a la vez que ejerciendo la ya comentada influencia decisiva en el underground posterior que todo el mundo pasó a llamar indie* (como apunte destacar que el misímisimo Daniel Clowes comenzó a publicar bajo la égida de Jaime Hernández).

Después de unos primeros números en los que Beto se entretenía con una insustancial aventura de cf serie B (BEM) y Jaime arrancaba con sus Mechanix, divertido culebrón punk de ciencia ficción, la cosa empezó a tomar forma. Beto inauguraba su grandiosa saga palomariana con Sopa de Gran Pena donde comienza el tebeo-río coral sobre el pueblo mexicano imaginario de Palomar y sus habitantes, ese Macondo personal de Beto donde se desarrollan anécdotas e historias de una infancia que supondríamos cierta si no supieramos que los Hernández se criaron en los suburbios de L.A. Jaime me gustaba a rabiar y un lector de L&R post-adolescente que no se enamorara de Maggie o Hopey es que no tenía sangre en las venas ni gota del romanticismo memo-pajeril que se ha de tener a esa edad donde idealizas a todas las mujeres. Pero lo de Palomar era algo especial.
Mucha gente no le encuentra la cacareada genialidad a Beto, cosa comprensible si recordamos que, de su obra, lo único encontrable por aquí hasta hace poco han sido sus indigestas Río Veneno y Be bop a Luba, dos prestigiosísimos y premiados mazacotes que cuestan Dios y ayuda leerse, extrema barroquización de su estilo, que auna el realismo mágico con el culebrón sudamericano, el melodrama méjicano de Emilio Fernández (Luba, el personaje casi central de la serie parece moldeada sobre los rasgos de una Sofía Loren que interpretara un personaje de María Félix) y hasta la denuncia social, un batiburrillo que hasta entonces no se había visto en un tebeo. Su dibujo caricaturesco no ayuda precisamente (encima comparte revista con uno de los mejores dibujantes del planeta, su hermano Jaime). Torpe y desmañado en los peores momentos, llega a eficaz en los mejores, siendo su fuerte la expresividad de sus personajes y el dinamismo que a veces imprime a la narración. A favor tiene la teoría de la chica fea pero simpática: se lee muy bien. No voy a decir que sea un gran narrador técnicamente hablando, prescinde de toda virguería y experimentación y es hasta pedestre a ratos. Pero es un gran contador de historias valga la contradicción, sus tebeos son muy sencillos de leer, hasta el punto que llega un momento en que su dibujo se convierte en invisible, no hay nada entre los personajes y nosotros y parece que, más que leer sobre sus vidas, las estamos espiando.

Pero a pesar de todos estas pegas quien se acerque a Palomar entenderá que la fama de Beto no es cuestión de ciencia infusa ni conspiración de una élite de snobs, su magia está al alcance de cualquiera. Leyendo estas maravillosas, ligeras, poéticas, divertidísimas y adictivas primeras historietas uno se da cuenta fácilmente donde reside su fuerza creativa, la que da impulso a sus historias; los personajes. Beto, como los buenos folletinistas o libretistas de culebrón, es un auténtico maestro en el tratamiento de personajes, dotado con una habilidad especial para convertirlos en seres con vida propia, de una personalidad muy definida. Llegas a pensar que cuando cierras el tebeo ellos siguen adelante con sus vidas. Son esos personajes a los que no puedes evitar coger un cariño especial, tener tus favoritos, preocuparte por lo que les pasa, por lo que sienten y por su destino. Y si lograr esto no es magia creativa, no se ya lo que es. Y los niños de los tebeos de Beto son los mejores niños del mundo mundial.

Y esto es más o menos lo que sentía yo después de descubrir a Beto en "El Víbora". En una época difícil, de esa soledad casi absoluta que se siente cuando uno está rodeado de gente con la que se ha dado cuenta que ya no tiene nada en común, mi único alivio entonces era leer y leer sobre otras vidas, hasta que me atreviera a decidirme sobre la mía. Cuántas veces me habré releído mi historia favorita de Beto de entre muchas historias maravillosas, la fantástica e incomparable Por el amor de Carmen. O aquel Human Diastrophism otro momento cumbre, sensacional historia de crímenes perpetrados por un psicópata en Palomar, potente reflexión sobre el arte, el amor y la muerte en un ambiente agobiante, sudoroso, extraño y oscuro. Es también la historia mejor dibujada de Beto, que hasta se permite experimentar un poquito con la narración y el dibujo. Y de un final absolutamente mágico, surrealista, tristísimo. No recuerdo cuánto tiempo me quedé contemplando aquella página final, las cenizas de Tonantzín convertidas en nieve tibia cayendo sobre Palomar.

Me gustaba pasar las tardes del sábado rebuscando como un loco por el triángulo de las Bermudas de las tiendas de tebeos aquellas Historias completas de El Víbora para devorarlos de camino a casa en el 147, mí linea de autobús favorita (sí también tengo líneas de autobús favoritas. La 9 desde la Prospe hasta Sevilla también mola bastante). Eran unos tebeos que todavía conservo amarronados y desgastados de tanto leerlos y dejarlos (sin mucho éxito la verdad). Recuerdo no poder resistir la tentación de comprar tebeos sueltos del Love & Rockets americano que veía de vez en cuando (en aquella época no había internete y a mí lo del Previews me sonaba a chino), incapaz de soportar el ansia de saber que pasaría con mis personajes favoritos, a los que veía envejecer lentamente a saltos, mientras la trama se alimentaba de otros intérpretes y otras historias que ya apenas podía comprender. Era tal mi fanatismo por Beto que me atizé Cien años de soledad de un tirón únicamente por Palomar y aquel charlón de Heraclio poniendo la obra de García Márquez por las nubes.

Lamentablemente, a partir de Human Diastrophism, llegó la decadencia. Como si se hubiera vaciado, Beto se empeña en rizar el rizo, enredando sus historias para acabar enfangando al lector en culebrones apenas legibles. Culebrones tan pasados de rosca como Río Veneno, llenos de mujeres que se metían picos entre los dedos de los pies, tetonas con pollas gigantes y argumentos cada vez más espesos y liosos, como si se tratase de una una especie de vuelta de tuerca a los tópicos de culebrón llevados al extremo (una cosa como lo de Sin City de Miller y el género negro pero todavía más coñazo). La siguiente miniserie Be-bop a Luba ya ni la pude acabar de leer. Y confieso que no quiero acercarme a la obra de Beto posterior al cierre del primer volumen de Love and Rockets.

Y ahora sería el momento ideal para insertar un momento nostálgico sobre ese Palomar en la memoria y blablablabla. Pues no, porque recién releídos ahora los dos volúmenes de Palomar, aparte de ser un bonito recuerdo de una época triste (quizá uno de los pocos recuerdos bonitos de entonces), continúa manteniéndose como un tebeo vigoroso, lleno de ganas de vivir, de sufrimiento, de alegría, de personajes intensos y palpitantes, un tebeo sobre nosotros. Y que me sigue diciendo muchas cosas sobre el amor, la vida y las relaciones humanas muy distintas a las de aquellas primeras lecturas, pero que siento todavía más reales y verdaderas que las de entonces, porque ahora son las mías. Por el amor de Carmen se lo juro.

Palomar, volúmenes I y II.- Beto Hernández. La Cúpula, rústica, b/n.
Río Veneno.- Beto Hernández. La Cúpula, rústica, b/n.


* Esto de indie es abreviatura de "independiente", vamos, hecho al margen de las discográficas, productoras fílmicas o editoras de tebeos más importantes y masivas. Yo odio la puta palabreja de marras, que a estas alturas no es más que una etiqueta más para la oportuna comercialización a un segmento de público muy definido de lo que en un tiempo era arriesgado e incluso subversivo; el paso definitivo en la domesticación de lo que era el underground (sí, sí, ya sé que hay muchas excepciones, pero...). Y no me mencionen lo de alternativo que entonces sí que me enciendo...

12 enero 2006

La oficina siniestra



Hacía tiempo ya que no me pasaba por aquí, tanto que casi ni me acordaba de la contraseña. En fin, esto es por si aún queda alguien allá fuera...

Si en algo han supuesto una revolución (pequeña, claro) los malvados programas peer to peer es que nos posibilitan una forma nueva de ver televisión. Ahora que ya por fin han dividido la tele en dos, la morralla que es gratis para la chusma sin recursos y la de pago para la élite donde uno ya puede ver las películas, series y documentales que le echen, surge una tercera vía para los pringadetes que nos movemos entre la chusma y la élite; internet.

Sumamos a esto el renacer de las series de televisión (USA y británicas claro, porque seguir tirando de Esteso y Pajares como hacen Los Serrano, Aída o El Comisario pues...) y ya puede usted cómodamente en casa programarse a gusto la semanita. Va a su foro de p2p favorito y ahí tiene recién calentitos el último episodio de Perdidos, de Roma, de Spaced, de lo que haga falta, hasta de clásicos como El prisionero o aquella miniserie basada en el Tinker, Tailor, Soldier, Spy de Le Carré y protagonizada por Alec Guiness que tan feliz me ha hecho revisar. Y con subtítulos creados por abnegados fans (aunque haya alguno más voluntarioso que otra cosa como los perpetradores de los subtítulos de Roma. Aunque viendo el doblaje no sabe uno a qué quedarse...). En fin, todo lo necesario para convertir a la caja tonta en algo útil, placentero, hasta divertido.

El caso es que ya cualquiera está a lo último que ha sacao la HBO, la FOX o la BBC, toma globalización guapa. Ya podemos hacernos los listos recomendando esa serie tandeputamadre que no ha visto nadie, es un cachondeo, un sindiós, un caos en suma en el que no voy a ser menos, vaya que no. Así que como un buen advenedizo yo también les recomiendo mi serie de la temporada; The Office, de la BBC (muy por encima de Roma, con perdón de Spaced, pero por debajo de Perdidos, la serie que ejerce una extraña fascinación en mí. Pero como Perdidos se la sabe de memoria todo el mundo pues mejor se informan en alguno de los múltiples foros surgidos al calor de la serie).

Pero primero divaguemos un rato. Ya sabrán los más veteranos, las comedias británicas eran series reinas, prestigiosas y con marchamo de calidad de la tele en los setenta (Un hombre en casa, Los Roper, Auge y caída de Reginald Perrin, Éstas no son las noticias de las nueve, etc, etc. Bueno, también estaba Benny Hill) hasta que Bill Cosby y las series americanas impusieron su ley. Un breve florecimiento en los ochenta de mano de los canales autonómicos y Canal + (Alló, Alló, Sí, primer ministro, Enano Rojo, The Young Ones, B´stard, La pareja basura y varias que se me olvidan) del que sólo sobrevivió el repetitivo Mr. Bean, que también ha acabado desapareciendo ante el empuje de la floreciente y pujante industria española de las series de humor más fino (risas enlatadas).(*)

Así que en justa contrapartida por quitarnos los fondos europeos de compensación, lo del cheque británico y lo de Trafalgar, poco a poco las teles españolas dejaron de emitir las series que se iban produciendo en la Pérfida Albión. En España producto español, como está mandao. Gracias a dios, como decía antes, el p2p ha remediado la situación y ya pueden disfrutar ustedes de lo mejorcito de la industria inglesa en cuanto a series, como la susodicha The Office de marras.

The Office continúa la venerable tradición de series británicas de humor de toda la vida pero con un envoltorio moderno, con aspecto de documental cámara al hombro en plan Dogma95 (algo bueno tenía que salir de Von Trier y su panda, ¿no?). No hace falta aclarar que la acción se sitúa en una pequeña mediana empresa papelera inglesa de una ciudad también mediana y gris. Un escenario agradecidísimo para la comedia como sabrá cualquiera que haya fichado alguna vez en su vida (que se lo digan a los de Camera Café), pero también para el drama y la amargura. Así, el primer episodio, la tradicional presentación de personajes, descoloca un poco, el final es abrupto, duro, de mal rollo, como de chiste muerto. Pero la visión de los demás episodios no deja lugar a dudas, la serie sigue los parámetros de la comedia británica de siempre; sarcasmo, humor negro, asco vital, sátira salvaje y unos cuidados personajes donde descansa la trama de cada episodio.

Así, el personaje principal, David Brent, es el típico jefe que quiere parecer enrolladete y gracioso y no es más que un cabronazo con preocupantes ramalazos de infantilismo, egoísta y con urgente necesidad de una vida al margen del curro. Un personaje maravillosamente interpretado por Rick Gervais, digno heredero del enorme Señor Roper. Su mano derecha es Gareth, un pelota cretino ex-soldado amante de las armas, con ínfulas de jefe e incapaz de relacionarse con las chicas que también nos retrotrae al gran Arnold Rimer, el holograma de Enano Rojo, pero con un toque de mal rollo. Y el vértice del armazón es Tim, el punto de vista del espectador, un comercial que aún mantiene la cordura pero que va quemándose poco a poco, como una mecha lenta, en un puesto de trabajo aburrido, deshumanizado y estúpido pero que, por mucho que lo pretenda, nunca tendrá la valentía de abandonar.

La plantilla se completa con la secretaria, la becaria, el etetero (currante de ETT), los ejecutivos idiotas y demás fauna que pulula por esas oficinas de Dios, moviéndose en un ambiente triste y cutre como sólo Inglaterra puede ofrecer (y lo sé porque lo he vivido); del curro al pub, del pub a casa, de casa al curro, presos de una mansa desesperación. En fin como balance quedan dos temporadas y un especial Navidad, numerosos premios y la primera serie extranjera que entró a competir en los Globos de Oro americanos. Pero esto como que nos la suda, ¿no?. Eso sí, tengan cuidado que rula por ahí una versión americana que a lo mejor no esta mal pero que no es lo mismo sin ese acentillo británico tan entrañable. Y próximanente nueva serie de los creadores de The Office con Rick Gervais al frente; Extras.


(*) Uno comprende en toda su crudeza el principio de entropía (o sea, que todo va a peor irremediablemente) cuando repasa la evolución de las series de humor de la tele... Teníamos a Los Roper y nos pusieron Benny Hill. Cuando ya hasta nos molaba Benny Hill llegó Bill Cosby. Cuando ya babeábamos lobotomizados frente a series de familias americanas o amigos americanos con loft llegó Farmacia de guardia. Cuando resignadamente sufríamos las series españolas entre sonrisas cansinas de mansa desesperación llegaron las directamente oligofrénicas como Médico de familia. Y ya cuando andábamos a punto de cortarnos las venas nos clavan Los Serrano, ¿qué será lo próximo?.

25 agosto 2005

Mi nombre es Roco Vargas



Como seguramente habrán leído ya en La cárcel de papel, mañana sale en el coleccionable de cómic de El País el maravilloso álbum de Daniel Torres, La estrella lejana. Y aunque no me gusta repetir temas tratados en otros blogs, sobre todo si son tan seguidos como La cárcel, con La estrella... me gustaría hacer una excepción.

La estrella lejana es el cuarto y último de los álbumes clásicos de Las aventuras siderales de Roco Vargas, antes de su retorno de hace unos años, retorno innecesario para el personaje (puesto que su historia ya está totalmente contada y resuelta al final de La estrella lejana) y del que no me voy a ocupar aquí.

La serie se inicia en 1984 con Tritón, un álbum donde Torres se encuentra todavía bajo la influencia total de Miguel Calatayud en lo gráfico pero que sigue la escuela del tebeo de aventuras de toda la vida en lo narrativo. La historia no es más que un pastiche posmoderno de cachondeo a costa de la ciencia ficción más clásica de los años treinta, (el malo es un oriental del espacio que se llama Mung, no les digo más). Predominando el interés gráfico, el álbum, ligero y de divertidos diálogos, es como tomarse un martini con media sonrisa y la ceja levantada y no presagia en absoluto la evolución que llegaría después. En esta historia, Roco se nos presenta como un aventurero espacial retirado con los rasgos de Clark Gable que lleva una doble vida regentando el exclusivo club Mongo y escribiendo pulp de ciencia ficción bajo el seudónimo de Armando Mistral. Incluso tiene un mayordomo negr..., digooo, verde y marciano para más señas. La acción transcurre en un sistema solar de broma habitado por mercurianos, venusianos, marcianos..., en un ejercicio de revisión irónica de la cf de los años veinte y treinta, desde, por supuesto el Flash Gordon de Raymond, hasta los seriales de Buck Rogers pasando por la space opera de Van Vogt e, incluso, Burroughs (el de Tarzán, no el otro) bañado todo en la estética retrofuturista del Fritz Lang de Metrópolis o La mujer en la luna y los arquitectos locos de las vanguardias de los años veinte.




Posteriormente llegarían El misterio de susurro y Saxxon. Lo primero que sorprende en El misterio de susurro es la evolución gráfica de Torres, ya totalmente alejado del maestro Calatayud. Abandonando el rotring por el pincel, este tebeo ya pertenece al estilo más reconocible de Torres; línea clara y rotunda de maneras más "clásicas" (al estilo Jacobs, para entendernos) al servicio de una trepidante historia de ciencia ficción, aventuras exóticas y espionaje en la que aún pervive el uso irónico de los elementos de la novela popular (ese detective pulp noir que aparece) y, por supuesto, plagada de sentido del humor. Pero donde se nota ya cierto cambio de tono, más "serio" como nubes que presagiaran tormenta. Tormenta que se desata con furia en Saxxon, la segunda parte de Misterio... donde los acontecimientos ya apelan al interior de Roco como personaje, a su pasado y sus emociones. Cambio radical respecto al primer álbum en el que no era más que un cliché irónico con el que jugar a la descontextualización pop. Y en el apoteósico y demoledor final nos damos cuenta que ahora hay tragedia, la muerte y la desolación aparecen y el juego lúdico postmoderno referencial se abandona absolutamente para contarnos algo que realmente importa, que afecta a los protagonistas y, por supuesto, al lector.

Y por fin La estrella lejana. Este álbum, es sin duda uno de mis tebeos españoles favoritos de todos los tiempos, parece hecho por y para los que arrastramos una pasión por la ciencia ficción y las historietas desde la infancia como ese Vargas chaval, contemplando lleno de maravilla y asombro las estrellas mientras aferra un tebeo de Flash Gordon. Un relato crepuscular donde se revisa el pasado aventurero de Roco en un enorme flashback que abarca todos los hechos que le han convertido en quien es. Maravillosamente dibujado por un Torres pletórico, impecable, de un acabado inhumanamente perfecto y extremadamente esteticista de maravillosos colores planos a lo Chaland (esos diseños arquitectónicos de ciudades, naves, robots y demás parafernalia retrofuturista son deliciosos). Pero que a pesar de esa pulcritud formal logra emocionar, tiñendo las páginas de una profunda nostalgia y tristeza por un universo perdido, un mundo de aventuras que no volverá jamás, un pasado idealizado, cristalizado en las novelas, tebeos y películas de la infancia. Y terminado el viaje, Roco, un poco como nosotros al crecer, se alza como un personaje por fin tridimensional, en el otro extremo de aquel cliché irónico del principio. Ahora ya no es ese Flash Gordon con el rostro de Clark Gable, ni Armando Mistral el escritor y bon vivant, ni un aventurero sideral. Ahora es, simplemente, Roco Vargas, un hombre.

Blablablablablabla, bah, palabrería. Que es una maravilla, coñe. Y por unos miserables cinco euros de nada, a quien no se lo compre le retiro la palabra. Hala.




22 agosto 2005

Poder, corrupción y mentiras

Da la casualidad que las dos últimas novelas que he leído tratan sobre el tema favorito del Dr. Muerte; el poder. A falta de leerme alguna obra definitiva sobre el tema, tipo El príncipe de Maquiavelo, El camino de Escrivá de Balaguer o alguno de Aznar, me conformo con morralla de género. El poder visto por la ciencia ficción desde dos perspectivas e intenciones muy diferentes, ambas estimables. Aquí van.

Los tejedores de cabellos - Andreas Eschbach
Bibliópolis. Rústica, 224 pag, 17.95€

Excelente fix-up (conjunto de relatos que forman una historia más grande) sobre un imperio galáctico gobernado con mano de adamantium por un cuasi-divino e inmortal Emperador mediante un milenario lavado de cerebro religioso y social basado en la tradición que marca a fuego la fe de los súbditos en su infalible e inmutable Imperator como si fuese la imagen viva del poder absoluto hecho carne. Añádase a todo esto unas gotas de misterioso y legendario distanciamiento a la oriental y ya tiene el perfecto sistema despótico con el que usted siempre había soñado para sus partidas al Civilization. Pero en una de las galaxias más remotas y olvidadas de la mano del Conducator, los habitantes de un planeta desértico tejen alfombras de cabellos a cantidades industriales enviadas posteriormente a decorar el palacio del amado Duce.

Vaya por delante que éste es uno de los libros que más he disfrutado últimamente. El escritor alemán Andreas Eschbach demuestra de nuevo la eficacia de la ciencia ficción como herramienta para analizar el mundo que nos rodea, en este caso, como si se tratara de una expansión cósmica en cuatro dimensiones de 1984, el poder absoluto, el mecanismo que lo mantiene y alimenta, su carácter mutable pero eterno y, sobre todo, la gente corriente y moliente que lo sufrimos. Y lo que es, en mi opinión, más interesante, a la hora de tratar un tema "profundo", Eschbach no renuncia a lo materiales más "de derribo" de la ciencia ficción, trabajando con esa cacharrería que mantiene al género fuera del parnaso de la cultura oficial. No faltan aquí ni el Emperador Galáctico, ni los rebeldes que pretenden derrocar al Imperio, ni las naves, ni los portales interestelares, ni las batallas espaciales, ni el planeta sumido en una especie de medioevo de corte fantástico. Y sobre todo, esa potente metáfora que es el tapiz de cabellos, un objeto hermoso que cuesta una vida fabricar y cuyo destino final nadie conoce.

Así, Eschbach, teje un intrincado tapiz (lo siento, no he podido evitarlo) en el que, con una sutileza y habilidad pasmosas, te consigue interesar lo mismo por las pequeñas historias de los personajes que pululan ese mundo desértico que por los asuntos de alta política imperial, donde el personaje central es el Poder mismo, los mecanismos que lo mantienen y eternizan, y su tendencia a la autoperpetuación, como si dicho poder fuera un ente vivo con capacidad de decisión propia. Y, sobre todo, un retrato de nosotros, pobres pringaos que sufrimos dicho poder, como lo sostenemos sin nisiquiera ponerlo en duda y, como, al final, cuando desaparece todo en lo que hemos creído no queda nadie a quien culpar, nadie que devuelva esos años perdidos, entregados ciegamente a una mentira. No es tampoco difícil reconocer en los relatos de Eschbach un reflejo de la historia reciente de Alemania en particular y el bloque soviético en general. Y todo esto en poco más de doscientas páginas (en serio).

Típica novela "de las que hacen afición", se lo puedes dejar a cualquier lector ajeno a la cf sin miedo alguno. Escrito con un estilo terso sin estridencias formales que recuerda a la mejor Úrsula K. LeGuin, el misterio de las alfombras resulta extremadamente intrigante y sabiamente dosificado como para hacer avanzar la intriga siempre un poquito en cada cuento, convirtiendo el libro en un entretenidísimo pasapáginas. Logrando de paso la piedra filosofal de la cf; una novela conectada a la realidad, donde hay ciencia y literatura, incluso evasión y entretenimiento.

Lamentablemente leo por el foro de Bibliópolis que esta obra no ha tenido el éxito que merece, quizá sea hora de plantearse que ciertos libros no deberían limitarse a las colecciones de género.



Incordie a Jack Barron - Norman Spinrad
La Factoría. Rústica, 352 pag, 18.95 €

Esta novela plantea una cuestión interesante; ¿hay que considerar siempre las obras artística en el contexto histórico en el que nacieron para valorarlas en su justa medida o que una novela fuera de dicho contexto no funcione como debería significa que es un producto con fecha de caducidad, coyuntural y, por tanto, no válido, salvo como precursora?.

En un futuro cercano Incordie a Jack Barron, una versión televisiva del programa radiofónico de toda la vida en el que la gente llama para desahogarse, es el programa televisivo más tramposo, sensacionalista, manipulador y, por todo lo anterior, más visto de EEUU. Conducido por Jack Barron, antiguo activista hippie desencantado y reciclado en presentador de éxito (gran acierto de Spinrad que predice con precisión la carrera mediática, la entrega al poder, de muchos de los prebostes de la contracultura), que, por una llamada casual a su programa cruza su camino con Benedict Howards, presidente de la fundación para La Inmortalidad Humana, cuya línea principal de negocio son los programas de criogenización para quien pueda permitírselo en cuanto entre en vigor la nueva ley que permita congelar millonarios. Ley de criogenizazión que, compra de diversos senadores mediante, está a punto de ser aprobada en el Congreso de EEUU.

Incordie... es una furiosa historia sobre la farsa de la democracia; el resacoso despertar de unos norteamericanos post-Dallas ante la cruda realidad de un sistema político de aspecto impecable pero sostenido por una intrincada red de cloacas, intereses privados y mangoneos varios donde los representantes del pueblo representan de todo menos al pueblo, manipulados por los fuerzas del capitalismo y la economía donde reside el auténtico poder, el que cuenta de verdad. Mientras, los televotantes recibimos como alimento espiritual para formarnos nuestro propio criterio una papilla previamente digerida por medios teledirigidos que construyen una realidad falsa posteriormente regurgitada con el objeto de hacernos pensar en la dirección que convenga en cada momento.

Y ahí radica el dilema del principio, porque a la hora de leer Incordie a Jack Barron (originalmente publicada en 1969) uno no puede evitar la sensación de que le están contando algo que ha superado la realidad de la novela con creces, que tristemente sabemos (y aceptamos resignados) de sobra y que hemos leído o visto en otras ocasiones pero mejor contado de lo que lo hace Spinrad aquí (p.ej la estupenda Network de Sidney Lumet que no me extrañaría que estuviese fuertemente influenciada por esta novela).

A ratos Spinrad parece que escribe con más energía y mala leche que cabeza, está tan cabreado que no se molesta con sutilezas. En cierto momento da la sensación de estar leyendo una novela estructurada como un tebeo de superhéroes de los sesenta. Enfrenta personajes más grandes que la vida; Barron como un Batman (o mejor aún, un The Question) prodigiosamente inteligente e ingenioso cuya única arma es su programa de televisión contra un desquiciado Lex Luthor-Benedict Howards con batalla final (dialéctica) incluida. Cosa ésta que no es en absoluto mala, e incluso probablemente deliberada (a finales de los sesenta los tebeos Marvel eran muy populares en ambientes universitarios y contraculturales, no se me olvida aquel personaje de Gaseosa de ácido lisérgico que se colocaba con tebeos del Dr. Extraño de Ditko).

Este uso de elementos de la cultura popular como símbolos que apelan al inconsciente (no es difícil ver en Barron otra versión del "héroe de las mil caras") suele funcionar perfectamente, pero el resultado me chirriaba. Una historia como la que plantea Spinrad quizá necesitara el enfoque más sutil y complejo de un DeLillo por ejemplo. Además, esta falta de sutileza en la estructura narrativa contrasta con un trabajado tratamiento de personajes. Ésta es una novela en la que sus habitantes son lo que hablan y lo que piensan en contraposición a como actúan, lengua de doble filo. Y piensan pero muchísimo. Lamentablemente, a veces, estas reflexiones han envejecido mal como las charlones hippies de Sarah o son tan "de tebeo" que no se los salta ni un Stan Lee ("¡¡¡os mataré, os mataré a todos!!!", monologuea Benedict en más de una ocasión, no es de extrañar que acabe en el asilo de Arkham...). Eso sí, los diálogos son divertidísimos y tremendamente ágiles, de lo mejor de la novela.

Pero debajo la rabia y la mala ostia y las ganas de provocar y agitar conciencias, Spinrad desliza un tema tan o más interesante como el planteado incialmente y es el de la integridad (tema imporante si tenemos en cuenta que la novela se escribió en los años dorados del hippismo y la contracultura). ¿Todos los ideales tienen un precio?, ¿hasta que punto cerrarías los ojos ante la brutalidad, la crueldad y la injusticia sólo para lograr aquello que deseas?. De ahí la novela extrae suficiente energía como para remontar el vuelo y elevarse a partir de su segunda mitad, rompiendo la fecha de caducidad. A lo que tenemos que sumar como valor estimable su capacidad visionaria, más que en el análisis de la dinámica de la relación política-poder económico-medios de comunicación de masas, su acertada intuición del duro despertar que le esperaba a los USA en los setenta y, por extensión, del impacto que la pérdida de la inocencia provocaría en el inconsciente colectivo norteamericano. Vaya, que al final tampoco pude evitar caer en el relativismo.

Punto y aparte es la penosa traducción y edición, es evidente que nadie se ha leído el borrador del traductor, publicándose tal cual. Arbitrarias notas a pie de página que la mayoría de veces resultan innecesarias, dejando sin aclarar otros detalles más importantes (p.ej, no se explica que el National Enquirer es un periódico sensacionalista. O la alusión, sin aclarar, al sorprendente resultado de la pugna electoral Dewey vs Truman de 1948). Y el epílogo de Michael Moorcock es delirante, entre las toneladas de errores destaca como el cuento de Harlan Ellison, "Arrepiéntete Arlequin, dijo el señor Tick Tock", se convierte, por ciencia infusa, en tres novelas; Repent, Arlequin y Said the Tick Tock Man. En fin..., puedo llegar a comprender que me cobren más de tres mil pesetas por un libro pero que por lo menos se edite como dios manda.


Por cierto,
habrán notado que ya no hay barra de navegación de Blogger en la parte superior de la bitácora (en caso contrario mirar p´arriba). No, no es ningún tipo de veleidad estética o sólo por joder. Sencillamente, Blogger ha recuperado la entrañable tradición del chivateo añadiendo un simpático botón de Flag en su barra, con el objeto de que los navegantes fácilmente escandalizables informen a la propia Blogger sobre bitácoras cuyo contenido puedan resultar ofensivos para las buenas costumbres. Me fastidia hacerlo porque Blogger nos proporciona a los internautas un servicio gratis tremendamente útil, pero ya tuve suficientes chivatos en el cole. Y quizá así obliguemos a Blogger a retirar el botón de marras. Si quieren saber más sobre esto y su solución, en HijoTonto tienen todas las respuestas.

11 agosto 2005

Lecturas saloneras (III)

Nueva entrega del coleccionable "lecturas del saló" que a este paso va a acabar en diciembre (y ya estoy comprando unas cuantas novedades que no son del salón, dios, que agobio...). Les dejo entretenidos con otra tanda de reseñas mientras ando por Santiago poniéndome morao de albariño, ribeiro, lacón, pulpo, empanada, tigres, vieiras, chorizo, queso, langostinos...



Manuel no está solo - Rodrigo.
Sinsen tido. Cartoné. b/n. 140 páginas. 20€.

¿Quién podría decir que la historia de un romance entre dos señores barbudos podría resultar tan bonito?. Pues sí, este tebeo, en el que Rodrigo relata una breve relación con su amigo Manolo durante el Madrid de los ochenta, es uno de los tebeos más hermosos que me he podido echar a la cara este verano (y van unos cuantos).

Reedición de las historietas publicadas en La Luna de Madrid, una revista moderna de la época, Manuel... es la crónica de la breve historia de amor truncada entre Rodrigo y Manuel en el trasfondo de un Madrid delicioso, ideal y mágico como nunca había visto antes. Una ciudad pletórica, embriagada por el subidón amoroso de Rodrigo cuya vida gira en torno a la presencia/ausencia de Manuel, donde las salas de cine se convierten en autobuses nocturnos, en paseos por la Gran Vía una noche de primavera, en volar sobre el Paseo de Recoletos. Y los recursos utilizados para reflejar las emociones mudas de Rodrigo, de la euforia del amor a la amargura de la decepción y, finalmente, la aceptación y la metáfora del dolor, son de una precisión extraordinaria, creando un relato fluido de una textura cremosa y trazo detallista, realmente bonito. Relato en el que la experimentación gráfica es, en absoluto, gratuita, evidenciando un trabajo intelectual previo, una reflexión sobre la obra y cómo llevarla a cabo que no está al alcance de cualquiera. Visualmente deslumbrante (a pesar de algún detalle ochentero) y de una delicada emotividad como sólo tienen las historias pequeñas y cotidianas, Manuel... es una de las joyas secretas del tebeo español.

El volumen se complementa con varias historietas cortas publicadas en diversos medios y una bonito epílogo de Manuel no está solo. Eso sí, edición de superluxe muy cara. Y aparecen escenas explícitas de sexo homosexual entre señores muy peludos, así que no digan que no les avisé...



Carlitos Fax (Los libros de Mister K #1) - Albert Monteys
El jueves. Rústica. Color. 64 pag. 9.90€.

Albert Monteys era mi favorito del colectivo de La Penya en aquel seminal Mondo Lirondo y el que más prometía en mi opinión. Impresión confirmada por su trayectoria posterior buscando una manera de ganarse las lentejas en el difícil mundo de la historieta renumerada. Con su trabajo en El Jueves, Monteys (junto con Fontdevila) demostró ser un modelo de inteligencia y saber adaptarse al mercado sin dejar de hacer estupendos trabajos. Coautor con el otro mostro (Fontdevila) de la estupenda serie Para tí que eres joven y en solitario, Tato, Monteys se atreve con el tebeo infantil para la revista Mister K (también editada por El Jueves, en un acertado intento, en cuanto a intenciones, de recuperar la cantera del tebeo, el público infantil) con un personaje creado para la ocasión, Carlitos Fax, cuyas historietas se recopilan aquí.

Carlitos Fax es un homenaje absoluto a la manera de hacer tebeos de Bruguera; escogiendo como personaje a una máquina de fax, que pasa a ser periodista en el convulso siglo XXX (argumento me recuerda a otro tebeo muy brugueriano, el divertidísimo Perico Carambola de Folch/Gallardo), Monteys pergueña divertidas historias de tres páginas que recuerdan inmediatamente al método de la mítica editorial catalana: narración fluidísima tremendamente dinámica y sabiamente eficaz sin excesivos alardes formales (esos personajes expresivos hasta el delirio que siempre aparecen deambulando como en un teatrillo), el tratamiento humorístico de cuestiones de nuestra vida cotidiana hábilmente re-contextualizados y un sentido del humor al que no le falta la mala leche. Toques retrofuturistas a lo Futurama redondean la fórmula de cómo hacer un tebeo comercial ("para chavales de 0 a 99 años" como rezaba el Tio Vivo) con talento y acierto aunque no con la brillantez de otros trabajos suyos (el mismo Para tí que eres joven o aquel Calavera Lunar). Ahora sólo falta que los de Mister K recopilen lo de Carlös (Chechu se caga de miedo), que está bien chulo.



WildC.A.T.S. Battery Park - Joe Casey/Sean Phillips/Steve Dillon
Planeta. Rústica. 224 pag. Color. 16.95€

Andaba rondándome por la cabeza pillarme algo de los Wildcats de Joe Casey puesto que había leído supercalifragilísticas reseñas de su trabajo en la serie, concretamente sobre el arco argumental Serial Boxes, en el que Casey entraba como un elefante en una cacharrería poniendo la serie (y sus personajes) patas arriba llevándolos más allá del punto de no retorno. En éstas que Planeta publica Battery Park recopilatorio que contiene los números inmediatamente posteriores a Serial Boxes, así que me pareció un momento tan bueno como cualquier otro como para subirme al carro.

Y de verdad que quería que me gustase, pero ha resultado una decepción gordísima. No dudo que Serial Boxes fuera un gran tebeo, pero demostrando aquello de que es más fácil derribar que construir, Casey es incapaz de dar atractivo a la nueva reorganización de Wildcats. Abusando de una estructura abarrotada de clichés vistos hasta la saciedad en otros tebeos de supes "para adultos", "serios" o "realistas" y, sobre todo, en series de televisión moernas tipo 24, el tebeo me ha resultado tremendamente aburrido. Hasta me da pereza contarles de que va, simplemente decirles que está casi totalmente dedicado al personaje de Cole, un típico tipo duro que se tira interminables páginas peleando con el FBI, metido en una rutinaria historia de drogas y, lo más importante, tonteando con Zealot, su ex-piba a la que creía muerta, todavía más dura y zumbada que él. Este par de dos, de dos..., este par, decía, toman un café, se dan de ostias con unas tías que pasan por allí, follan, se dan más ostias... Y no precisamente en ese orden. El clímax del volumen es una insulsa revisión del argumento "traidor en nuestras filas" (joer, si que son pupas en este grupo, primero Tao y ahora esto). Aunque por lo menos sale un malo que ha aprendido algo de Bill Gates en cuanto a cómo hay que conquistar el mundo (me lo imagino en un curso de reciclaje para supervillanos impartido por un Lex Luthor que diera clase delante de una pizarra en la que pusiera; "ES LA ECONOMÍA, ESTÚPIDOS"). Y el final, recuperando a una Voodoo desahuciada sin piernas, le da una nueva dimensión al concepto deus ex-machina (a falta que baje un ángel en el último momento para arreglarlo todo como en los clásicos, Casey utiliza a un daemonita). En fin un fiasco en toda regla del que sólo se salva el gran Sean Phillips.



El lado amargo - Santiago Valenzuela
Astiberri. Rústica. 96 pag. Color y b/n. 15€.

Segundo recopilatorio de historias cortas de Santiago Valenzuela en unos meses y ya podemos afirmar que sí, que a pesar de algunos detractores, Valenzuela triunfa y gusta y sus seguidores ya son legión. Y yo encantado de la vida.

En este nuevo álbum Valenzuela utiliza la misma técnica de fix up (relatos engarzados por un hilo conductor que acaban formando un todo uniforme) que ya empleó en Sociedad Limitadísima con el objeto de unificar aún más la obra. En este caso nos ofrece una selección las historias publicadas en TOS y otros fanzines, relatando el descenso a los infiernos de la marginalidad intelectual de Julio César Cienfuegos, el editor del combativo fanzine "El regreso de los ultramarinos". Misántropo en perenne exilio interior, profundamente triste y fino estilista en el satisfactorio arte de la paja mental y la verborrea, nuestro héroe caído vendría a ser un improbable cruce entre Fernando Pessoa, Diógenes y Jose María García. Julio César despotrica contra todo lo que se pone a tiro sin dejar títere con cabeza; la vida, la muerte, tú, yo, la gente, los taxistas, las urbanizaciones, el consumismo, la tele, la literatura, el pensamiento, el cine, los intelectuales de pacotilla, la psicología y lo que haga falta, haciendo lo único que se puede hacer; descojonarse de todo ello desde el lado más amargo y pesimista (especialmente brillantes "Una temporadilla en el infierno", "Aquí me quedo" y "Hay un método en su locura"). Gráficamente el álbum es irregular, mezclándose historias primerizas más titubeantes, con otras recientes que poseen todas las características del clásico estilo Valenzuela; caricatura feísta, surrealismo, horror vacui y arquitectura desquiciada.

Eso sí, Valenzuela no se ha cortado un pelo y parece que con la intención de crispar a esos detractores que le reprochan sus kilométricos y abigarrados bocadillos, aquí nos clava unos discursos que son de lo más espeso que le he leído hasta el momento (quizá este tebeo hubiera sido menos agotador publicado en un formato más grande) y es muy probable que la mayoría se los salte para ir directamente a las historias en sí. Pero si tienen la paciencia de leérselos encontrarán algunas de las más certeras reflexiones (siempre con la sana intención de carcajearse) sobre nuestra sociedad y los desgraciados que pululamos por ella. Antes de quedar totalmente exhaustos por la verborrea, claro.



Feria de monstruos - Bruce Jones/Berni Wrightson
Planeta. Cartone. 64 paginas. b/n. 7.95€

En esta fiebre de reediciones que ya cae de todo, Planeta aprovecha la reedición de este álbum por Image en USA para obsequiarnos con un clásico de la era Toutain, el Feria de monstruos de Jones y Wrightson, un tebeo de terror que era lo más cuando era chaval y me pillaba el Creepy.

Inspirado tanto en los tebeos EC como en el clásico Freaks de Tod Browning e incluso el folletín romántico, Jones construye la historia sobre una brutal venganza, el castigo y la culpa, que debería ser obligatorio en una escuela de guionistas, trampas incluidas (y son unas trampas para cazar brontosaurios por lo menos). Pero que funciona como un reloj gracias a la férrea estructura del guión, lo descarnado de la historia y, sobre todo, el brillante trabajo de Wrightson, depurando y estilizando al mítico ilustrador de los tebeos de terror EC, Graham Ingels, luciendo pletórico de fuerza en b/n (la anterior edición era a color) y extraordinariamente detallista e imaginativo en el retrato de lo grotesco.



Claus y Simón, los reyes de la evasión - Santi Arcas/Daniel Acuña
Glenat. Cartoné. 48 pag. Color. 12€

Nuevo álbum de las creaciones de Santi Arcas y Daniel Acuña, después de dos (o tres, no recuerdo) Bruts publicados por La Cúpula en los que sus personajes, el payaso Claus y el dinosaurio Simón, se desenvolvían en el Hollywood de los años 30 en tono de comedia. Dos tebeos que sin impactarme especialmente dejaban buen sabor de boca y donde destacaba en brillante trabajo de Acuña, un dibujante a medio camino entre Adam Hughes, Kevin Nowlan y Neal Adams, que le daba sopas con honda a la mayoría de dibujeros de superhéroes de hoy en día.

Y por sorpresa me encuentro en la librería con un álbum a todo color publicado por Glenat con una nueva aventura de estos personajes con la que Arcas & Acuña debutaron en el mercado francés. El planteamiento es muy sencillo; Claus y Simón malviven en un Japón "alternativo" actuando en teatros de mala muerte hasta que son contratados para debutar en Cosmo City como especialistas de escapismo al estilo Houdini pero del futuro. Todo va como la seda hasta que las mafias del espectáculo entran el la vida de la pareja.

Este es, claramente, un tebeo de dibujante. El trabajo de Acuña es soberbio, en este caso aplicando un color que recuerda lejanamente a Corben y, sobre todo, a Liberatore. En el mundo de Acuña todo tiene un aspecto estupendo, desde las calles de Orient City directamente extraídas de un Neuromante que hubiera sido ambientado en el Shangay de los años 30, hasta el paraíso retrofuturista de Cosmo City. Un mundo que parece conectado a la cultura popular del momento, desde el manga hasta tebeos como Terminal City; policías cabezones que parecen sacados del Dr. Slump, animales parlantes, descomunales peces-nave, preciosos zeppelines, monos escapistas... Y, por supuesto, las despampanantes señoritas que dibuja Acuña... Lástima, que el argumento no esté a la altura. No es que sea horrible ni mucho menos, es puro entretenimiento con toques de humor, pero en el que los recursos para construir la historia suenan a algo ya visto/leído y no me ha acabado de convencer. En fin, como dice mi madre; "es que comes con los ojos".


Y una última recomendación, en la colección de tebeos del periódico el Mundo han salido dos joyas que, al leerlas, me han puesto los pelos de punta de nostalgia (a punto he estado de hacerme un bocata de salchichón con mantequilla para acompañar la lectura). Una es 13 Rue del Percebe (nº5, 27 de junio), que juraría recopila todas las planchas de la que era mi favorita de las creaciones de Ibáñez. Más allá de la nostalgia me ha encantado y me ha permitido redescubrir al Ibáñez del principio (el de "las narices afiladas" como escribía Álex De la Iglesia), de una mala leche muy cabrona y divertida.

Y el otro es el Superlópez, con dos entregas (nºs 9 y 15, publicados el 6 y 20 de julio respectivamente) en las que se encuentran clásicos como La semana más larga, Los cabecicubos o El señor de los chupetes, tres de mis historias favoritas del personaje. Que deciros, seguro que las habéis leído todos en uno u otro momento de vuestra infancia. Pues que se mantienen igual de frescas y divertidas, una absoluta delicia. Y Los cabecicubos es el mejor y más divertido análisis del auge de los fascismos que he leído. Hala, acabo de hacer estallar el boutadómetro.

Todavía podéis encargar los tomitos a vuestro quiosquero de confianza, sale por unos tres euros cada volumen y encima sin el molesto periódico. Yo no me lo pensaría.

Cinco novelas de 2023