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la estación fantasma

16 marzo 2005

Días de colacao y rosas



Como buen infeliz que soy añoro continuamente la infancia, esa época de felicidad luminosa, de juegos, libros y tebeos en la cual el tiempo no pasaba y todo era nuevo y distinto y maravilloso. Tengo la absoluta convicción de que mi vida se fue al garete en cuanto adquirí algo que se asemejaba remotamente al uso de razón. Y si tuviera tres deseos, serían volver a los cuatro años, volver a los cuatro años y volver a los cuatro años. Pero sin tener que ir al cole.

El puto colegio, sí, fuente de infelicidad y traumas diversos en mi plácida vida infantil. Yo me lo tomaba como el burro y la zanahoria (el burro era yo, pero eso ya se lo habrán imaginado), estudiaba para sacar buenas notas y que mis padres me dejaran vaguear en paz los tres meses y medio de vacaciones (tres meses de vacaciones..., ¿entienden ahora porqué lo echo de menos?). Por lo demás me importaba un bledo. Ahora que lo pienso ésta ha sido mi actitud habitual respecto a las responsabilidades de la vida en general. Mmm, me empiezo a explicar muchas cosas...

El caso es que al ir haciéndome mayor y pasar por los sucesivos estados de larva de instituto, gusano de universidad y, finalmente, capullo de oficina, me he ido dando cuenta de que mi aversión a la benemérita y doctísima institución del cole estaba basada en razones fundadas. Al fin y al cabo, la enseñanza tal y como se entendía cuando yo iba al colegio no era más que una medida preparación para la mediocridad adulta. Allí aprendías a asumir la escala de valores que mantienen el sistema en marcha, uséase; a competir con tus semejantes, a acatar sin chistar la autoridad por absurdas que sean sus decisiones, a interiorizar la rutina, el aburrimiento, el hastío y la leve depresión como estado vital cotidiano y normal. A ser disciplinado en el peor sentido de la palabra, a respetar las jerarquías, a abarrotarte de datos absurdos que te permitirán adquirir las mínimas habilidades técnicas para ejercer medianamente tu futuro puesto en la cadena de montaje o delante del ordenador (yo es que tenía clases que consistían en copiar lecciones enteras dictadas por el profesor para luego vomitarlas en forma de examen) y a pensar lo mismo que el resto del rebaño por miedo a sufrir sistemáticamente un pasillo de collejas todas las mañanas. O una aguadilla en la taza del váter. Suelto esta desquiciada boutade con perdón de los abnegados profesionales de la enseñanza que me lean, por supuesto. Y seguro que la cosa ha cambiado mucho.

Pero este apocalíptico panorama no tiene por qué ser así. En la luminosa película francesa "Ser y tener" de Nicolas Philibert, se demuestra que puede lograrse un sistema educativo muy distinto a aquellas infernales clases suburbiales de mi infancia. Que hay lugares donde los chavales no son bestias surgidas del octavo círculo del averno y la profesión de maestro es respetada y ejercida por gente cuya vocación de enseñar no se desgasta por el duro día a día sino que se renueva por las satisfacciones recibidas. Donde la educación no es sólo abarrotarte la cabeza de Cultura, sino que es mucho más, es aprender a pensar por ti mismo, a guiarte en la vida según tu criterio propio basado en la valiosa experiencia de todos los que pasaron por aquí antes que tú.



"Ser y Tener" es un delicioso docudrama (me recordó vagamente a "La noche americana" de Truffaut, pero cambiando la figura del director de cine por la de maestro de escuela) que se ocupa de seguir durante un año lectivo la vida de un colegio rural de educación primaria en aula única, donde un maestro da clase a una docena de chavales de diversas edades. Asistimos a las clases del profesor López sin un desarrollo dramático especial, simplemente siguiendo su rutina diaria; los dictados, los rudimentos de la escritura, como enseña a leer a los más pequeños, como corrigen entre todos los resultados... Como todo maestro debe ser un buen psicólogo, se ocupa de los problemas de los chicos y como afectan a su aprendizaje. Solucionando los roces entre ellos mediante el diálogo, razonando y tratándoles como personas capaces de entender las cosas si se les trata como seres pensantes y no como adultos bajitos medio retrasados. Ganándose de paso el respeto y el afecto de los alumnos.



La película es una absoluta lección de emotividad y sencillez a partes iguales. La cámara se convierte en un elemento invisible, enseguida desaparece la barrera entre nosotros y el aula haciéndonos partícipes en el devenir diario. Hay momentos en que parece que estás robando momentos preciosos de la vida de los chicos, el ejemplo más emotivo es cuando el profesor les comunica que se retirará después de un ejercer un par de cursos más. Entonces se hace el silencio y los críos se enfrentan a algo tan crucial como es el cambio, algo que será fundamental en sus vidas. O las conversaciones del maestro con los críos, como les prepara para el cambio de colegio, aconsejándoles sobre lo que les espera en el futuro. También es muy enternecedor ver a los chicos más pequeños relacionándose entre ellos, hacer trastadas, pelearse, reirse, como reaccionan ante la vida que empieza a desplegarse ante ellos con asombro y emoción. Y el final, no por esperado es menos emotivo; la despedida de los chavales y el rostro del maestro a las puertas del verano es de las imágenes más conmovedoras, por la verdad que desprende, que he visto últimamente en la pantalla.

En fin, una maravilla, de esas películas que dan pena que se acaben. Quizá peca de mostrar una situación en exceso quimérica, incluso ilusa (claro, con doce alumnos por aula ya se puede...) pero es tan bonita que no importa, porque esta clase ideal debería servirnos para avanzar en la dirección correcta. Así que ya la estáis buscando todos. Sobre todo si dais clases, que os vais a emocionar mucho y os recordará por qué os dedicáis la enseñanza cuando flaqueé la vocación. Que sé de buena tinta que algún maestro está leyendo esto...